Última actualización 01/08/2007@00:00:00 GMT+1
Directamente relacionado con la consideración de la figura del rey como personaje sagrado, surgió a partir del siglo X en Europa un curioso fenómeno conocido como “toque de reyes”, según el cual se creía que algunos soberanos eran capaces de “curar” enfermedades mediante la imposición de manos. Un episodio tan fascinante como desconocido de la historia que recuperamos para los lectores…
El carácter divino de la figura regia fue una constante en todas las civilizaciones y pueblos de la antigüedad, desde Egipto a Babilonia, pasando más tarde por Japón o las civilizaciones precolombinas, y sería asimilado en Occidente con la llegada de la monarquía visigoda al poder, perdurando hasta bien entrado el siglo XIX. Esta visión del soberano como personaje sagrado fue la que permitió en gran medida su legitimación en el poder y la que explica los privilegios y prerrogativas de las que gozaron los monarcas en todas las épocas. Sueños premonitorios, milagros, capacidad para provocar fenómenos meteorológicos –como hacer llover– fueron atribuidos a estos personajes alejados del común de los mortales y que alcanzaron incluso, en ocasiones, la gloria de los altares, como es el caso del rey inglés Eduardo el Confesor, o Luis IX de Francia.
En relación directa con este carácter sagrado, surgió en Francia, alrededor del año 1000, una curiosa ceremonia ritual de índole sobrenatural –que acabaría extendiéndose por media Europa– que consistía en que el monarca, dotado de un “don” de curación que sólo podía justificarse por ese talante sacro, imponía sus manos sobre sus súbditos enfermos que, según las crónicas –evidentemente partidistas y propagandísticas–, sanaban gracias al poder supuestamente curativo de su señor. Sería tras la implantación de la ceremonia de unción en Occidente, gracias a la cual los monarcas se convertían en “ungidos de Dios” y por tanto en personajes sagrados e intocables, cuando el rito del toque real se implantó como una forma de legitimar aún más la figura divina del rey. No obstante, y aunque sería en la Edad Media cuando alcanzaría un mayor auge, ya se encuentran referencias a este “don” taumatúrgico de la realeza en algunos textos de la antigüedad. Por ejemplo, Plutarco, en su obra Pirro, cuenta que este rey poseía el poder de curar nada menos que en los dedos de los pies.
La “especialización” del don curativo
Aunque en un principio es posible que los reyes “curasen” mediante imposición de manos todo tipo de dolencias, con el paso del tiempo y la definitiva implantación del ritual, éstos se especializaron en la curación de las llamadas escrófulas o lamparones, términos por los que popularmente se conoce a la adenitis tuberculosa, una inflamación de los ganglios linfáticos provocados por los bacilos de la tuberculosis, dolencia que probablemente “escogieron” los monarcas o sus asesores debido, como señala el profesor José M. Reverte Coma, a su cronicidad y tendencia a la remisión espontánea de sus síntomas, lo que no haría difícil a los monarcas hacer creer a sus súbditos en la existencia de un poder curativo por medios mágicos.
Los ganglios que más fácilmente atacaba la tuberculosis –en un tiempo en el que la salubridad y la higiene dejaban mucho que desear–, eran los situados en el cuello, que cuando no se trataban correctamente producían supuraciones que afectaban también a la cara, y daban al enfermo un aspecto muy desagradable. Sin embargo, con el término “escrófulas” se designó a un variado grupo de enfermedades que por aquel entonces se desconocían, y que se creía sólo podían ser erradicadas por la intercesión “divina” del rey.
Aunque éstas eran un mal raramente mortal, provocaban auténtico pánico en el hombre medieval. En Francia, estas inflamaciones ganglionarias fueron conocidas popularmente como mal du roi –“mal del rey”–, y en Inglaterra como King’s
Evil. Precisamente fue en estos dos países donde dicha práctica ritual tuvo una mayor profusión, muy por encima de España, país en el que a pesar de que la monarquía también se consideraba sagrada, parece ser que los reyes raras veces curaron enfermedades, salvo excepciones –ver recuadro–.
El nacimiento del rito en Francia
Tradicionalmente se atribuye al rey merovingio Clodoveo (481-511 d. de C.) la primera curación de escrófulas mediante la imposición de manos, aunque parece ser que esta tradición sólo forma parte de la leyenda y de las intenciones propagandísticas de algunos cronistas francos como Esteban Forcatel, que escribió sobre el tema en un siglo tan lejano a los hechos como el XVI. A partir de entonces la literatura propagandística del origen divino del rey, en pleno periodo absolutista, haría el resto, encargándose de incorporar dicha leyenda al patrimonio galo, que lo convirtió en historia legítima. Más tarde la literatura añadió nuevos elementos a la biografía de Clodoveo, relacionando su “don” curativo con el misterio de la Santa Redoma.
El rito de la curación “milagrosa” parece ser, sin embargo, posterior en varios siglos a Clodoveo, aunque no se sabe a ciencia cierta, ante la falta de documentación fiable, con qué monarca se dio por primera vez. No parece que en tiempos de los merovingios ni más tarde con los carolingios, como apunta el gran historiador francés Marc Bloch, los soberanos realizaran este tipo de prodigios, ni siquiera el gran Carlomagno. Todos los indicios apuntan a que fue durante la dinastía de los Capetos cuando surgió el rito en Francia, dentro de la fuerte creencia en el carácter divino de los monarcas. Aunque en un principio parece que tal virtud fue un privilegio hereditario –y por tanto de nacimiento–, pronto se hizo común la creencia de que el rey adquiría el don precisamente tras ser consagrado –ungido y coronado–, como una forma de “justificar” que aquél por el que no corría la sangre real podía acceder también al trono, con el beneplácito de Dios.
Entre los símbolos habituales asociados a la liturgia de curación, se encontraba la señal de la cruz, que el monarca hacía sobre la frente de los escrofulosos una vez que había procedido a “curarles” mediante la imposición de manos, signo que fue habitual tanto en Inglaterra como en Francia hasta la llegada del protestantismo. Los monarcas normalmente también se confesaban antes de proceder a tocar a los enfermos, y recitaban oraciones –que variaron en distintas épocas– durante la ceremonia, lo que venía a reforzar su carácter de soberanos “sagrados”.
El primer monarca francés al que se atribuyó el poder de curar escrófulas, al margen de la leyenda, fue por lo que sabemos, Roberto Capeto, segundo representante de dicha dinastía, quien recibió el título real y la unción en 987. Para consagrarse en el poder, los carolingios ya habían recurrido a la unción, y de esta forma, Pipino el Breve imitó a los príncipes hebreos, con toda la carga simbólica que ello poseía; después, los Capetos, para legitimarse en el trono, hicieron uso del don taumatúrgico de curación, teniendo en cuenta la imagen de gran piedad que tenía Roberto ante sus súbditos y que le valió precisamente el sobrenombre de “el Piadoso”.
Después, todo siguió su curso natural hasta que la creencia en este poder se grabó en la conciencia profundamente supersticiosa de los hombres medievales. Lo cierto es que seguramente existió siempre una segunda intención de carácter político tras este rito –para ello, la enfermedad escogida, como ya he señalado, cuyos síntomas remitían en ocasiones espontáneamente, no podía ser más adecuada–.
En un principio los reyes ejercieron sus poderes taumatúrgicos más bien al azar, pero a medida que las monarquías occidentales se fueron organizando cada vez más y que el “toque de reyes” se fue implantando con mayor fuerza, se introdujo una disciplina en el “milagro real” que llevó a un registro del número de enfermos en los libros de cuentas y a una serie de formalizaciones gracias a las cuales hoy podemos tener una idea aproximada sobre el tema que probablemente se habría perdido para siempre de no haberse oficializado.
El éxito de algunos soberanos en esta materia fue sorprendente, y por ejemplo Felipe el Hermoso de Francia, aquél que sería responsable de la brutal persecución a los templarios, en los días destinados al tacto real durante su reinado era solicitado no sólo por sus súbditos: veía desfilar hasta él a enfermos italianos, españoles y de otras nacionalidades. Curiosamente, el rey francés Francisco I, cuando fue hecho prisionero por el español Carlos V tras la batalla de Pavía, vio cómo muchos escrofulosos se precipitaban hasta él rogándole que pusiera sus manos sobre ellos cuando desembarcó en la costa aragonesa, “don” que el César más poderoso del Renacimiento al parecer no poseyó jamás; tal era la fuerte creencia en los poderes sobrenaturales de los monarcas franceses, incluso en un siglo tan avanzado como el XVI.
Durante algún tiempo, también en Francia, algunos reyes se pusieron bajo la protección de san Marculfo, un santo muy popular en la Edad Media y al que se atribuía nada menos que el don de sanar precisamente las escrófulas; de esta forma, el carácter sagrado de los soberanos resultó ser todavía más evidente.
El “toque de reyes” en Inglaterra
Hemos podido comprobar que el “toque de reyes” surgió en Francia en torno al año 1000; en Inglaterra, el otro gran país donde se daría con gran profusión esta práctica sobrenatural, surgiría aproximadamente un siglo después.
En las islas británicas fue al rey Lucius a quien se atribuyó por primera vez la curación de escrófulas, pero es muy probable que este monarca fuera simplemente un personaje mítico. Comúnmente se considera a Eduardo el Confesor (1002-1066 d. de C.), quien llegaría a alcanzar la gloria de los altares, como el primer rey que fundó el rito inglés de la curación mediante imposición de manos; no es, sin embargo, de extrañar, teniendo en cuenta los milagros que el pueblo inglés atribuía al santo egregio, todo un símbolo nacional de la realeza sagrada.
El rito en cifras
Pero al margen de la leyenda, y de que Eduardo el Confesor tocase en alguna ocasión las escrófulas, cosa que probablemente jamás sucedió, lo cierto es que tenemos registros de muchos reyes posteriores de Inglaterra que sí lo hicieron.
Eduardo I “bendijo” a 983 enfermos en el vigésimo octavo año de su reinado y tocó a 1.219 cuando llevaba treinta y dos años ocupando el trono; por su parte, Eduardo III Plantagenet realizó 136 curaciones, lo que nos indica el gran prestigio taumatúrgico de esta dinastía.
Carlos II de Inglaterra fue el soberano que más enfermos tocó: unas 100.000 personas –aunque desgraciadamente no tenemos datos sobre cuántas se “curaron”–. Sin embargo, algunos monarcas, como Jacobo I o Guillermo III se mostrarían escépticos ante el “toque”, aunque siguieron realizándolo por recomendación de sus consejeros. Cuentan las crónicas al respecto que el mismo Guillermo III, mientras un escrofuloso le imploraba que pusiera sus manos sobre él, pronunció la siguiente sentencia: “Dios te dé mejor salud y más sentido común”.
Hubo determinados momentos, en unos reinados más que en otros, en los que los monarcas no curaban a nadie, sumidos en otras preocupaciones –como guerras, invasiones o hambrunas–, quizás en momentos en los que su prestigio no necesitaba realzarse. No obstante, el ritual se siguió realizando en tiempos de Enrique VIII y de sus hijas María Tudor e Isabel I, y tanto una como la otra, católica y protestante, mantuvieron su uso como forma de legitimación de su poder.
El final del rito
El rito desaparecería prácticamente hacia el siglo XVIII, primero en Inglaterra y más tarde en Francia, aunque hasta tiempos muy recientes mucha gente del pueblo siguió creyendo en las virtudes taumatúrgicas de sus reyes, pese a que éstos ya no practicaran la imposición de manos, demostrándoles una veneración cuasi sagrada en unos tiempos en los que medicina y ciencia habían avanzado de forma sorprendente.
En Inglaterra el “toque de reyes” desapareció con la muerte de Ana I, quien meses antes, el 27 de abril de 1714, había impuesto sus manos sobre varios enfermos. En Francia el rito se desvanecería tras la ejecución de Luis XVI, durante la Revolución Francesa, quien el día de su coronación renovó el viejo ritual que había sido prohibido con Luis XV, cuando en 1739 su confesor le negó la comunión y por tanto el sagrado “toque real” por estar en concubinato –no obstante, antes de este suceso, en 1722, el día de su consagración, tocó a dos mil escrofulosos en el parque de Saint Remy, en Reims–.
En 1825, Carlos X, en plena Restauración, subió al trono, y el pueblo francés pidió que restableciera el antiguo rito. Aunque en un principio el soberano se negó a realizar aquello que creía una simple superstición, el 31 de mayo de 1825, mientras visitaba a unos enfermos en el Hospital de san Marcoul, se encontró con unos treinta escrofulosos que le imploraban que pusiera sus manos sobre ellos. La creencia en la virtud curativa y el poder sobrenatural del rey, aunque parezca increíble, había sobrevivido nada menos que hasta casi mediados de siglo XIX.
Óscar Herradón Ameal