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Hemeroteca :: 01/09/2007
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Lorenzo Fernández Bueno
Por Redacción
Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
Dos milenios dan para mucho, más aún cuando hablamos de la institución más influyente en el occidente terráqueo. La Iglesia Católica Apostólica de Roma, casi tan eterna como la propia ciudad en la que el 11 de febrero de 1929, tras los acuerdos de Letrán entre la Santa Sede e Italia, crearon su pequeño Estado-ciudad, ha sido constante argumento al que recurrir cuando de conjuras, conspiraciones, espionaje o secretos, muchos y variados, se trata. Y es que la imaginación se desata cuando atravesamos los largos pasillos de sus fastuosos museos, o accedemos a la Capilla Sixtina, sin duda alguna el corazón del cristianismo católico desde el que fluye con fuerza la sangre purpurada de los príncipes cardenalicios. La basílica es, además, un muestrario de fe, a veces grotesca a veces desmedida, donde momias, cuerpos incorruptos, muchos papas y un san Pedro barbado llave en mano nos recuerda que en este lugar, cuando el Espíritu Santo en forma de paloma es iluminado tras las columnas salomónicas de Bernini por el Sol de media tarde que se cuela por las enormes vidrieras –allí donde sólo el pontífice puede oficiar la Santa Misa–, pues eso, que nos recuerda que aquí estamos más cerca de esa salvación que prometen no ésta, si no todas las religiones, refugio en suma de los miedos atávicos que atormentan al ser humano: muerte, trascendencia, olvido… Sin embargo, un sólo instante de contemplación –no extática si no estática– nos hace ver que si bien aquí se vela por las almas de media humanidad, es evidente que los intereses espirituales de millones de personas no están reñidos con los bienes terrenales de aquellos que los representan. No es una crítica, que cada cuál ha de rendir sus cuentas llegado el momento; es un ejemplo de que para mantenerse en el candelero durante dos milenios es necesario amasar información –que como ya se sabe es el verdadero poder–, llegar allí donde nadie lo ha hecho, controlar las tendencias ideológicas y filosóficas de todos los tiempos, apartar de la circulación aquello que molesta y a aquellos que lo generan, huir de la destrucción y nunca de la conservación, aliarse con quienes controlan los hilos para poder manejarlos a antojo… y nunca dejar que tal volumen de saber se pierda o sea consultado, salvo por quienes obstentan la verdad, en este caso, como en otros tantos, su verdad, porque como ya advirtió uno de los padres de esta Iglesia, Clemente de Alejandría, para conservar el poder es fundamental que “no todas las verdades sean conocidas por todos los hombres”. Esa es la ventaja; ahí está ese poder. Nosotros, siempre con el respeto que cualquier creencia, religión o institución nos merece, abrimos en este número las puertas de unos archivos secretos que cada vez lo son menos, para ver qué ocultan, para escudriñar en sus estanterías y zambullirnos entre sus libros y manuscritos prohibidos, esos que fueron condenados por mostrar una visión diferente, por generar opinión y libre pensamiento en unas ocasiones, y optimismo y sonrisas en otras. Y es que como escribía Umberto Eco en El nombre de la rosa, la risa está prohibida porque si reímos perdemos el miedo a Dios, y el siguiente paso es dejar de creer en su omnipotencia. La creencia es el combustible que alimenta a esta institución, y la información, el motor que la hace fuerte. Lo demás son zarandajas… Lorenzo Fernández Bueno
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