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Sueños proféticos de los soberanos

Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
Uno de los aspectos más desconocidos y apasionantes relacionados con algunos grandes soberanos, que a su vez fue crucial en la evolución de su política y sirvió para su exaltación como personajes semidivinos y sagrados, fueron los denominados sueños premonitorios o proféticos que muchos de ellos dijeron experimentar, generalmente antes de la batalla…
Para consolidarse en el poder y legitimar el origen “sagrado” de su estirpe, muchos reyes recurrieron a la exaltación de los hechos “providenciales” a través de los denominados somnia imperii, experiencias oníricas que estos, según sus propagandistas, experimentaron cual si de profetas se tratara, demostrando de esta forma la “descendencia divina” de todo su linaje. No está claro a día de hoy si alguno de estos sueños premonitorios tuvo lugar realmente, aunque es evidente que el interés político planea por toda crónica o escrito que recoge tal evento. Es, sin embargo, muy interesante analizar estos supuestos hechos “sobrenaturales” para comprender la mentalidad de aquellos personajes que ostentaron el cetro y la corona a lo largo de los siglos y del mismo pueblo, que veneraba a sus reyes como si de auténticos dioses se tratara de uno a otro punto del planeta.

Como apunta Alicia Miguelez Cavero, de la Universidad de León, fue en Roma donde, al parecer, se sentaron las bases de este tipo particular de sueño, de carácter claramente político, como digo, que alcanzaría una gran trascendencia principalmente en los años de la Edad Media.

Al margen de la tradición bíblica, prolífica en éstos, la mayoría de los estudiosos coinciden en atribuir al general romano Sila la creación de este tipo de sueños para utilizarlos como forma de legitimación ante su pueblo, verdadera razón, más allá del elemento sobrenatural y providencialista, de que surgieran. Sin embargo, estas peculiares experiencias no fueron exclusivas de la República y el Imperio romanos, ni siquiera de Occidente, pues podemos encontrar ejemplos de ellas en las monarquías orientales y también en el mundo helenístico, de donde probablemente fue heredada esta forma de legitimación, a pesar de que no contamos con datos fiables para afirmarlo con rotundidad, como apuntaron ya investigadores como Marc Bloch o Jacques Le Goff.

Después de Sila, los sueños de reyes se convirtieron, en la mayoría de los casos, en un elemento imprescindible antes de una batalla –curioso para una situación que supuestamente se manifestaba por voluntad divina– y fueron utilizados por varios emperadores para justificar sus acciones políticas o las decisiones de índole militar, como una batalla o un asedio, principalmente en los años de inestabilidad y desmembración del Imperio Romano, cuando las luchas por el poder, los pronunciamientos, las revueltas y las traiciones estaban a la orden del día.

Constantino el Grande, el primero

Fue con el emperador romano Constantino cuando los somnia imperii alcanzaron su mayor relevancia. El soberano, que permitiría el libre culto de los cristianos en el Imperio, experimentó su primer “sueño” en el 310 d. de C., experiencia que utilizó para legitimar sus acciones tras la muerte del general Maximiliano.

Sin embargo, el más decisivo de sus somnia se produjo tres años después de experimentar el primero, en el año 313 d. de C., en vísperas de la batalla de Puente Milvio, en la que Constantino se enfrentaría a Majencio. Según las crónicas, en aquella visión onírica, el emperador vio una cruz, junto a las palabras In hoc signo vinces –“con este signo vencerás”–, que le llevaría a la victoria. Y así fue. Al parecer, aquel acontecimiento profético influyó en la posterior conversión de Constantino al cristianismo.

Con la llegada de Carlomagno al poder a finales del siglo VIII y su coronación como emperador en el 800, los carolingios pretendieron crear en Europa un imperio que emulase el antiguo esplendor romano, y para ello no había nada mejor, como apunta la citada Miguélez, que utilizar repetidamente los somnia imperii para “acreditar su condición de hombres inspirados por Dios en los actos llevados a cabo”. Ésta era la fórmula idónea para hacerse ver ante sus súbditos como verdaderos sucesores de Constantino –considerado durante la Edad Media el auténtico vencedor del paganismo–, principalmente a falta de una auténtica estirpe regia y sacra, ya que los carolingios, cuya dinastía comenzó con Pipino el Viejo y Arnulfo de Metz, ocupaban el puesto de mayordomos de palacio en la corte de los reyes merovingios, pero por sus venas no corría auténtica sangre real. Sería Pipino el Breve, padre de Carlomagno quien, tras destronar al rey merovingio Childerico III con el apoyo del Papa, se convirtió en rey de los francos.

Carlomagno es uno de los mejores ejemplos de rey sagrado —o, mejor, sacralizado– medieval, que supo afianzar su poder no sólo a través de sus victorias militares, que fueron muchas, sino también haciendo creer a sus súbditos que era el salvador elegido por Dios para unificar Europa bajo el credo cristiano. Quiso recuperar, además, el antiguo esplendor del desaparecido Imperio Romano. Y nada mejor para ello que mostrarse ante su pueblo como un nuevo Constantino.

Como digo, al igual que éste, el emperador carolingio también experimentó o utilizó las experiencias oníricas como forma de afianzar su poder y justificar sus acciones. Al parecer fue el apóstol Santiago quien se apareció al nuevo césar germánico instándole a reconquistar los territorios ocupados por los musulmanes en España, gesta cuasi legendaria que, según las crónicas, costó la vida a uno de sus más valerosos caballeros y gran amigo del rey: Roldán.

Este sueño se recoge en el conocido como Codex Calixtinus, conservado en el archivo de la catedral de Santiago de Compostela.

Cuentan que Carlomagno vio en el cielo un camino de estrellas que tenía su punto de partida en el Mar de Frisia y que, extendiéndose entre Alemania e Italia, entre la Galia y Aquitania, pasaba por Gascuña, Vasconia y Navarra hasta Galicia, donde se ocultaba por aquel entonces, sin que nadie lo supiera, el cuerpo de Santiago. Fue entonces cuando se le apareció en sueños el apóstol, que hizo un llamamiento al emperador para que combatiera a los infieles musulmanes en España. Supuestamente, Santiago se apareció por tres veces al rey de los francos cuando aún no era emperador, quien, en el año 778, envió una expedición contra el norte de la península Ibérica que tomó Pamplona y llegó después hasta la plaza fuerte de Zaragoza, que fue sometida tras un largo asedio.

No obstante, la leyenda en torno a la figura de Carlomagno permaneció muchos siglos después de su muerte, y como ya he señalado, fue modelo de monarca sagrado a imitar por todo soberano católico. Muchas de las acciones que se le atribuyen forman parte únicamente de la leyenda y de la intencionalidad propagandística de convertirlo en prácticamente un santo –como sucedería más tarde con monarcas como Eduardo el Confesor o San Luis de Francia–, como, por ejemplo, la peregrinación que realizaría el monarca franco a Tierra Santa, donde, entre milagros varios y señales divinas, se consolidó como “salvador” de la cristiandad y rey profundamente piadoso; viaje que, por cierto, jamás llevó a cabo, pero que fue recogido en una crónica siglos después de su muerte. Sin embargo, a juicio de los propagandistas defensores de la realeza sagrada en general, y de la “santidad” de los carolingios en particular, cualquier rey encargado de defender la “verdadera fe” no debía dejar de conquistar Jerusalén de nuevo para los cristianos.

Siguiendo esta senda religiosa, los monarcas medievales no sólo tomaron a Constantino como modelo a seguir, sino a los reyes bíblicos que habían experimentado también sueños de tipo profético, entre ellos Salomón o Nabucodonosor. Esta identificación simbólica de los monarcas medievales con los bíblicos sobrepasa el plano meramente político –de identificación con los emperadores romanos– para “adentrarse en el plano religioso”, señala Miguelez.

Reyes españoles y sueños proféticos

La península Ibérica no fue una excepción en relación con estas experiencias oníricas. Existen varios ejemplos de reyes españoles que supuestamente las tuvieron. La Crónica Najerense narra cómo, en vísperas de la batalla, el rey García VI Navarra tuvo un sueño tras quedarse dormido en una cueva, en el que se le apareció nada menos que la Virgen María –ver recuadro–. Según el texto, gracias a esta aparición mariana, el monarca tuvo plena convicción de que saldría victorioso al día siguiente, lo que efectivamente sucedió. Como homenaje, García VI mandó construir un monasterio en honor de Nuestra Señora en el mismo lugar en el que había tenido lugar la revelación, el monasterio de Santa María la Real de Nájera, que sirvió de panteón a la dinastía navarra y que en el siglo XV fue sustituido por una iglesia gótica que aún se conserva.

Pero quizá el sueño profético más famoso sea el que experimentó el emperador leonés Alfonso VII en el año 1147, sueño recogido tardíamente, en el siglo XIII, por el cronista Lucas de Tuy. Según escribió, mientras el ejército de Alfonso VII se detenía en su marcha hacia Almería, en vísperas del levantamiento del cerco a la ciudad de Baeza, al rey se le apareció San Isidro, y gracias a su ayuda los cristianos ocuparon la misma. En homenaje a la victoria y en recuerdo a la prodigiosa revelación, se realizó el llamado Pendón de Baeza.

Con este tipo de visiones oníricas de tipo profético los reyes se convertían no sólo en responsables del poder temporal sino en auténticos “enviados” de Dios en la Tierra, cuya misión era salvaguardar la “verdadera fe”, es decir, el catolicismo.

Óscar Herradón Ameal
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