Última actualización 01/09/2007@00:00:00 GMT+1
583 muertos fue el dramático saldo que el destino se cobróhace treinta años sobre la pista del aeropuerto de Los Rodeos. El incomprensible choque de dos 747 aquel 27 de marzo marcó para siempre la historia de la aviación comercial, abriendo un capítulo en el que las coincidencias, las premoniciones, las apariciones y las leyendas urbanas ocupan un lugar nada desdeñable.
La efeméride del treinta aniversario del accidente de Los Rodeos conmemorada el pasado 27 de marzo en Tenerife centralizó, tras años de incompresible indiferencia, el interés de los medios de comunicación en los pormenores de la tragedia. De manera anecdótica y casi nunca precisa, en estos meses han ido goteando las referencias a la fenomenología extraña que se ha ido escribiendo en letra pequeña a lo largo de estos años, asistiendo con ello a un proceso en el que la pura leyenda o ficción se ha hecho indistinguible de los episodios documentados de mayor credibilidad. Nuestra investigación de los hechos comenzó hace quince años, cinco lustros en los que no hemos perdido de vista cualquier dato o indicio que arrojará luz sobre las causas del accidente y, obviamente, sobre la autenticidad de los fenómenos extraños que planean sobre el mismo.
La mayor tragedia aérea
En la cima de la montaña de Mesa Mota, en La Laguna, se erige una escalera de caracol de metal a modo de recuerdo de las 583 personas que perecieron en el accidente. Desde allí se divisa a la perfección el escenario de los hechos, la pista que en la tarde de aquel domingo 27 de marzo de 1977 se vio colapsada mientras las instalaciones del aeropuerto aparecían atestadas de pasajeros. Sobre las cinco de la tarde los aviones hacían cola en pista para despegar. La causa de la inusual saturación aérea que los técnicos de Los Rodeos se vieron obligados a solventar había que buscarla en Gran Canaria, en cuyo aeropuerto hacía explosión a la una del mediodía un artefacto de relojería compuesto por metralla, que mutiló a la dependienta de una floristería. La autoría del atentado sería atribuida al MPAIC –Movimiento para la Autodeterminación e Independencia de las Islas Canarias–, que lo negó. Una llamada telefónica anónima informaba sobre la colocación de otra bomba, por lo que las autoridades se vieron obligadas a desviar la totalidad del tráfico aéreo a Tenerife, provocando una sobrecarga en Los Rodeos cuyas dramáticas consecuencias apenas se podían imaginar.
Aunque la niebla es habitual en Los Rodeos, poco antes de la tragedia un espeso manto que apenas brindaba visibilidad una decena de metros cubrió la pista del aeropuerto. Este aspecto había sido crucial, puesto que desde la propia torre no se presenció el accidente, escuchándose tan sólo las explosiones. Es comprensible por tanto que en aquellos momentos las indicaciones de los controladores aéreos fueran de vital importancia, dada la escasa y en ocasiones nula visibilidad. El 747 de las Líneas Reales Holandesas –KLM– comenzó a rodar por la pista con el fin de iniciar las maniobras de despegue. A bordó viajaban un total de 229 pasajeros procedentes de Amsterdam, más 15 tripulantes. Con tres minutos de diferencia otro jumbo 747, perteneciente a la compañía Pan Am, con 382 pasajeros a bordo y 15 tripulantes, se desplazaba por la pista hasta la zona de salida. (continúa)
José Gregorio González