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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
Si algún día se consigue algo parecido a la inmortalidad, no será porque logremos vivir mil años. Será gracias a que podamos extraer “nuestro yo” del cuerpo y, a partir de ahí, hacerlo funcionar de forma independiente. Puede parecer futurista, pero muchos investigadores ya están empeñados en conseguirlo.
Aquella noticia que emergió tímidamente a finales de agosto de 2005 pasó injustamente desapercibida. Quizá porque vivimos demasiado deprisa, porque reflexionamos poco, porque no se fomenta el espíritu crítico ante la información científica, por lo que sea… En cualquier caso, la realidad nos situaba sobre una de las grandes cuestiones a las que se enfrenta la humanidad. La protagonista de esta singular historia tiene un nombre de lo más complejo: Escherichia Coli. Fabricando bacterias artificiales ¿Qué es? En pocas palabras: un microbio del estómago humano, de forma circular, que gira y cae mientras devora la comida agitando sus colas de hilillos unas doscientas veces por segundo. ¿Y qué sabemos de este bichito? Conocemos cómo actúa y se mueve en diversas circunstancias gracias al completo estudio que se ha efectuado de mil de sus 4.288 genes. ¿Cómo se ha logrado averiguarlo? Gracias a la creación de modelos de simulación en ordenador efectuados en la Universidad de California con un 78% de fiabilidad. Pero ahora el reto es otro. El relevo lo ha tomado un biólogo de la Universidad de Alberta (Canadá) llamado Michael Ellison. Su objetivo es diseccionar por completo la función de todos los genes del Escherichia Coli para convertir las funciones de todos ellos en datos que puedan introducirse en un ordenador. Finalmente, una vez fabricados los genes del microbio se fusionarán y se creará un espacio tridimensional artificial hecho a su medida para conocer cómo actúa. El paso final es, en definitiva, crear un ser vivo virtual capaz de actuar del mismo modo que lo hace en su hábitat natural. La investigación será lenta. Primero, consiste en radiografiar hasta el último detalle, cada gen, al tiempo que se aguarda la existencia de un ordenador suficientemente capaz de albergar todos los datos. Cuando se introduzcan, lo que se habrá logrado es un réplica exacta de un ser vivo… pero artificial. Como fecha para conseguirlo, los expertos barajan el año 2015 como momento en el cual pueda disponerse del ordenador requerido y cinco años más para completar el experimento. Para que nos entendamos, es como si pudiéramos introducir el microbio en un CD y descargarlo dentro del disco duro de un ordenador. Vida artificial. Y a la vuelta de la esquina… Se abrirá entonces —a finales de la segunda década del siglo XXI— la puerta hacia un mundo similar al de la película Matrix, en donde un ser vivo no es más que un programa informático. Porque una vez que el hito se logre con los 4.288 genes de este bicho devorador de alimentos, nada impedirá que los científicos puedan hacer lo mismo con otros seres vivos de diez mil, veinte mil o treinta mil genes. O lo que es lo mismo: nada impedirá que el perfeccionamiento a lo largo de años o décadas de ese mecanismo sirva para duplicar el código genético de un ser humano y descargarlo en un ordenador. ¿Y qué significa todo esto? La respuesta es sencilla: ¡la inmortalidad! 2051: descargaremos nuestra conciencia en el disco duro Sin consideraciones de otro tipo, todo lo que somos está en nuestros genes: nuestras características físicas, los rasgos de nuestra personalidad, aptitudes, comportamientos, tendencias patológicas… Descifrar cómo actúan en cada uno de nosotros es un paso que ya está aquí. Gracias al desciframiento del genoma humano podemos empezar a imaginar que en nuestro código genético está el DNI de nuestro cuerpo y alma. Tanto es así que, según los expertos en prospectiva de la compañía British Telecom —que en septiembre de 2005 hicieron público un informe sobre los futuros avances sociales y técnicos—, entre los años 2013 y 2017 podremos ir al médico para solicitar un análisis genético personalizado. Cuando todo lo referido hasta este momento se lleve a cabo, podrá empezarse a valorar la posibilidad de descargar en el disco duro del ordenador los códigos genéticos de seres vivos más complejos que el Escherichia Coli. Precisamente, según el citado trabajo de British Telecom, hasta 2051 los avances en biogenética serán los que dominen el desarrollo técnico de la humanidad. Lo que prevén es que entonces podrán transferirse al ordenador los pensamientos, recuerdos y sentimientos de un ser humano, amén de los genes, con todas sus características y combinaciones. Así las cosas, en menos de medio siglo, todo lo que uno es, tanto en lo físico como en lo psicológico, bien sea innato o bien adquirido, podrá descargarse a un disco duro de un ordenador del mismo modo que compramos un CD de música y lo copiamos en nuestro PC. Es decir, para tener una copia de reserva para recurrir a él cuando se dañe o rompa el original. La única diferencia es que el CD de música es un objeto inanimado y nosotros no. Será como convertirnos en inmortales… El avance tecnológico y científico para hacer este “sueño” realidad no es una quimera. Ni siquiera es ciencia ficción, sino que se han sentado las bases teóricas y técnicas para que esta forma de lograr la inmortalidad pueda ponerse en práctica. Podremos morir y descargar a continuación nuestro disco duro en un cuerpo artificial. Podremos morir y descargar nuestro disco duro en una célula embrionaria para que nazca una réplica nuestra. Podremos morir y tener autonomía dentro de un universo virtual creado a efecto de perpetuarnos de algún modo. Podremos morir y trasplantarnos al cuerpo de otra persona, de un robot, de un ser biónico… Otra cosa bien distinta es que, aún existiendo la tecnología necesaria para hacer todo eso, la humanidad decida tomar ese camino habida cuenta de los enormes problemas que se generarían. También es cierto que lo narrado será realidad si no surgen barreras que los científicos no puedan superar, por ejemplo la imposibilidad de descifrar todas las propiedades de los genes de nuestro cuerpo en combinación con otros. Si bien parece cuestión de tiempo conocer cuáles son y cómo se comportan todas las vías y autopistas que unen los genes, con que sólo en uno de esos enlaces la ciencia quede atrapada en un callejón sin salida, las predicciones podrían retardarse años, décadas, siglos o, quién sabe, hasta siempre. Aunque parece cosa de locos, existe un amplio movimiento de personajes que desde el plano filosófico apoyan este tipo de iniciativas científicas. Me refiero a los llamados extropianos, una corriente de pensamiento que está encuadrada dentro del transhumanismo, que se originó a partir de los conceptos desarrollados por Julian Huxley en el año 1957: “La especie humana puede, si así quiere, trascenderse a sí misma, no sólo enteramente, un individuo aquí de una manera, otro individuo allá de otra, sino también su integridad, como humanidad”, escribió Huxley en su obra Nuevas botellas para el vino nuevo. A partir de entonces, el transhumanismo creció y se organizó como idea, defendiendo el progreso crítico siempre orientado hacia el progreso y bienestar. Para ellos, la actual etapa evolutiva del ser humano es transitoria. Defienden que después del hombre llegará el transhombre, puesto que de una forma u otra alcanzaremos la inmortalidad. Extropianos: los filósofos de la inmortalidad A raíz de los avances científicos de las últimas décadas, emergió una nueva rama de este movimiento que fue bautizada como extropianismo, corriente de pensamiento que se define así en sus principios: “Nuestra filosofía expresa una visión de la vida inspiradora y edificante, mientras permanece abierta a la revisión con arreglo a la ciencia, la razón y la búsqueda ilimitada en pos de la perfección. Desafiamos las limitaciones naturales y tradicionales que pesan sobre nuestras posibilidades. Defendemos el uso de la ciencia y la tecnología para erradicar las restricciones sobre la esperanza de vida, la inteligencia, la vitalidad personal y la libertad. Denunciamos que es absurdo mansamente aceptar los límites naturales acortando el plazo de vida”. Bien puede decirse que han logrado su objetivo, pese a los enormes debates filosóficos que han generado. De poco ha servido que uno de los pensadores políticos más determinantes del siglo XX haya alzado con energía su voz contra el transhumanismo. Me refiero al norteamericano Francis Fukuyama, asesor en materia de bioética de la Casa Blanca. En su opinión, esta corriente resulta peligrosa en todos sus extremos, pero quienes se definen como extropianos estiman que tras los miedos de Fukuyama se esconden argumentos religiosos del tipo “no se pueden contradecir los designios de la naturaleza” que hacen que envejezcamos y muramos. Dicen los extropianos que los críticos con su movimiento suelen acudir a expresiones manidas del tipo “si Dios no nos creó con alas es que no quería que fuésemos capaces de volar”. Pero tal argumento es fácil de rebatir hasta por un extropiano creyente, que respondería lo siguiente: “Dios sí quiere, de lo contrario no nos hubiera dotado de la inteligencia suficiente como para desarrollar una tecnología que pueda hacernos inmortales”. Los críticos también citan entre sus objeciones problemas que se derivarían de la inmortalidad –o en su defecto, de la extrema longevidad, puesto que todos los estudios que el autor ha consultado no dudan en situar la esperanza de vida en el futuro cercano en cien años–. Por ejemplo, estiman que se produciría una burbuja demográfica insostenible –o en su defecto, un envejecimiento muy notable de la población mundial–, pero los mismos extropianos aseguran que si llega el transhombre, “las cualidades físicas, intelectuales y emocionales se incrementarán” lo suficiente como para modificar los valores y principios actuales, pudiendo regular ese futuro en función del control demográfico. En realidad, al abordar este asunto no podemos pasar por encima de una cuestión más que vital y que engloba en sí misma una de las grandes incógnitas a las que el ser humano puede enfrentarse: ¿es nuestro “yo” sólo consecuencia de lo vivido y de nuestro código genético? A esa cuestión, epistemólogos, teólogos y científicos todavía no han podido ofrecer una respuesta definitiva. Me refiero a si en nosotros existe alma, espíritu o como lo queramos llamar. Si es así, esta suerte de búsqueda de la inmortalidad puede conducirnos a obtener una respuesta definitiva a tan trascendente cuestión. Porque cuando se produzca la primera descarga, si la copia no actúa, piensa y siente del mismo modo a como está previsto, querrá decir que ese “algo más” sí existe. De ser así, la copia ni siquiera resultaría factible, pues le faltaría una parte del combustible que sería fundamental. No deja de ser curioso que la búsqueda de la inmortalidad física nos conduzca a concluir que somos inmortales de espíritu… En conclusión: para el año 2051, la humanidad habrá descubierto que es inmortal, bien porque existe una “chispa divina” en nosotros o bien porque hayamos logrado vencer la mortalidad a la que estamos condenados por la naturaleza. Bruno Cardeñosa
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