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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
Es posible que la idea se le ocurriera antes que a nadie al ingeniero y arquitecto Aristóbulos a finales del siglo IV a. de C. En su afán de cantar las proezas de Alejandro Magno, le pareció importante fijar los límites de tan dilatado imperio tomando como balizas monumentos extraordinarios, los más bellos ejemplos de la capacidad humana. Pero habría que esperar dos siglos para que Antipater de Sidón fijara en siete el número de construcciones que el ser humano debía admirar. ¿Por qué siete? Veamos…
Para algunos, es indudable que el número era considerado mágico en la antigüedad, de modo que esa cifra, sólo divisible por sí misma y por la unidad, entrañaba misterio suficiente. Y aunque en siglos posteriores otros eruditos quisieron modificar el listado incluyendo en el mismo el Coliseo de Roma o la Gran Muralla china, siempre que hablamos de las Siete Maravillas del Mundo tenemos en mente la alineación de gala de tiempos grecorromanos: las Pirámides de Egipto, los Jardines Colgantes de Babilonia, la estatua de Zeus en Olimpia, el Artemisión de Éfeso, el mausoleo de Halicarnaso, el Coloso de Rodas, y el Faro de Alejandría. Ahora que el mundo contemporáneo ha elegido un nuevo listado, son muy pocos los que se preocupan de conocer las seis maravillas perdidas del mundo antiguo, puesto que de ellas sólo podemos abrir la boca incrédulos ante las Pirámides de Gizeh. Los Jardines Colgantes de Babilonia Dos historias de amor extraordinarias se tejen alrededor de la construcción de esta desaparecida maravilla. Una de ellas se viste de la bruma de la leyenda; la otra, tal vez del brillo de la historia. Diodoro de Sicilia y el escritor Ctesias atribuyen la construcción de esos jardines a una mujer extraordinaria, casi una diosa. El nombre de la dama era Semíramis, y su biografía no puede dejarnos indiferente. Al parecer, era hija de la diosa Derceto y de un mortal llamado Caístro. Fue abandonada a su suerte al nacer y unas palomas le dieron calor hasta que unos pastores la encontraron y la criaron. Mucho tiempo después el funcionario real Ones realizó un inventario de los bienes del reino y encontró a Semíramis, que se había convertido en una mujer de belleza deslumbrante. Poco después, se casaron. No pasó demasiado tiempo hasta que el rey Nino emprendió una guerra contra la región de Bactrinia, en Asia. Ones y su esposa iban en la expedición y, dicen, fue ella la que diseñó el plan para tomar una ciudad inexpugnable. El rey quedó prendado de aquella mujer y pidió a Ones que se la concediese a cambio de la propia hermana del monarca. Ones, cuentan las fuentes, se suicidó para no tener que ceder. Como reina, sería ella la que impulsó la construcción de estos jardines, según la versión. Se dice incluso que años después, cuando su propio hijo conspiró contra ella, Semíramis desapareció. Se convirtió en paloma y subió al cielo, lo cual nos trae recuerdos del futuro: ecos del cristianismo aún por venir en aquellos siglos. Sin embargo, no parece que haya pruebas históricas que sostengan esta biografía, por lo que otras fuentes, como Beroso o Eusebio, se decantan por Nabuconodosor II como artífice de esta obra, aunque también hay una historia de amor detrás. En efecto, se cuenta que el rey acometió la empresa de construir el mayor jardín jamás visto –15.000 m2– distribuidos en terrazas sostenidas por columnas y gruesos muros sólo por aplacar la tristeza que se había apoderado de su esposa Amytis, hija del monarca meda Astyganes. La reina anhelaba el verdor de su tierra y el rey trató de complacerla de este modo. Al parecer, los Jardines Colgantes formaban una montaña artificial de más de 100 por 200 metros hecha a base de terrazas, y se situaban no lejos del río Éufrates. En aquella montaña el arbolado era tan espeso y la riqueza decorativa vegetal tan impactante, que superaron a ojos de los antiguos a otras muchas maravillas que la ciudad de Babilonia atesoraba, caso de la Puerta de Isthar o el templo de Marduk, por mencionar tan sólo un par de ejemplos de los muchos posibles. Zeus en Olimpia Olimpia aún estremece. Es cierto que los siglos y la acción humana han destruido el recinto sagrado, pero ni el tiempo ni los hombres pueden acabar con un lugar de poder, y Olimpia lo es. Por eso los lugareños adoraban a la Tierra, una deidad femenina que luego se encarnó en Hera, para la cual se construyó un templo, un Hereion dórico. El esposo divino de Hera era Zeus, y en un principio careció de templo en el lugar. Sin embargo, cuando los juegos atléticos que desde tiempos oscuros celebraban los habitantes de la comarca alcanzaron fama internacional a partir del año 776 a. de C., se dispuso que el soberano de dioses y de hombres tuviera su propio templo. El encargo de la obra recayó en el arquitecto local Libón y se trabajó en el templo durante quince años (470-456 a. de C.). Una vez finalizada la obra, se pensó en el mejor escultor griego para crear la más bella talla del dios que jamás se hubiera soñado. Ese escultor era Fideas, nacido en 500 a. de C. en Atenas y autor de obras de extraordinaria belleza como la Atenea Promarchos o la Atenea Parthenos, cuyas alturas alcanzaron los 15 y 12 metros respectivamente. El maestro, autor también de relieves en el Partenón, entre otros trabajos, había sido acusado de robo injustamente. El encargo de la estatua de Olimpia fue un modo de vengarse de los atenienses y sacó lo mejor de sí mismo para dar vida a un gigante de 13 metros de altura subido en un pedestal de 5. Su esqueleto era de madera hueca, pero sus formas exteriores nacieron gracias al marfil y al oro. Gracias al escritor Pausanias conocemos algo más de esta obra de la que tiempo después Epicteto dijo que no se podía vivir sin haberla visto. El gigante era bellísimo, majestuoso. Sus ropas y calzado eran de oro fino y su manto mostraba exquisitos adornos florales y animales. Su mano derecha sostenía una pequeña estatua de la Victoria crisoelefantina, mientras que en la izquierda ostentaba un báculo rematado por un águila. Zeus se sentaba sobre un trono de oro de 70 m2 decorado con toda la magnificencia imaginable. Aquella obra era tan apabullante como delicada, de modo que precisaba baños de aceite para que el marfil no se ajase. Siglos después el emperador Calígula trató de llevarla a Roma sin conseguirlo, pero sí tuvo, desgraciadamente, éxito Teodosio II y logró transportarla a Constantinopla donde, según algunas versiones, fue destruida por un incendio. A mí, en cambio, me seduce más le teoría que algunos han esgrimido: ante el temor de que el fuego la devorara, hubo voluntarios que la arrojaron al mar, donde aguarda a ser descubierta. El Artemisión de Éfeso La tradición cristiana sitúa en Éfeso la llamada “dormición” de la Virgen María, adonde habría llegado acompañada del apóstol Juan. Y eso tiene gracia. Realmente, mucha gracia, porque Éfeso, como ahora se explicará, había conocido desde tiempos infinitamente más antiguos una devoción inusitada por la divinidad de la fertilidad o diosa nutricia. Eso era así prácticamente desde que el jonio Androclos fundara este enclave, que llegó a ser extraordinariamente poderoso económicamente, en 1044 a. de C. Por entonces nadie sospechaba que existiría la madre de Jesús ni, lógicamente, el culto cristiano hacia una Virgen. Ciudad dominada por distintos imperios, Éfeso pasó a la historia grecorromana por ser la sede de un deslumbrante templo construido en honor de esa deidad femenina, señora de la naturaleza, a la que los griegos llamaron Artemisa, la diosa eternamente virgen y bella. Se representó la figura de esa diosa nutricia esculpida en oro, aunque algunas versiones proponen como soporte un aerolito, lo que aún me parece más fascinante, puesto que los parajes donde hay piedras caídas del cielo –Jerusalén, La Meca…– son enclaves de un poder fenomenal. La imagen de la diosa se caracterizaba por tener una infinidad de pechos que se mostraban al creyente mientras su cabeza se tocaba con un gorro cilíndrico. Mediado el siglo VI a. de C. el rey Creso de Lidia decidió que era insuficiente para la gloria de la diosa el templo donde se la rendía culto y comenzó a gestarse un proyecto que tardó en ser realidad casi un siglo. Se encargó el diseño del Artemisión a los arquitectos cretenses Chersifrón y Metagenes, su hijo. Y ellos fueron los que pergeñaron la idea de una obra colosal: más de 115 metros de largo por 55 de ancho, con tres hileras de gigantescas columnas jónicas en las fachadas y otras dos filas de 21 columnas de casi 20 metros de altura en los laterales. Después, el fiel entraba en una nave sin techo donde estaba el altar y la estatua de la diosa. El monumental templo fue objeto de peregrinación desde ese momento y su poder económico fue enorme. Sin embargo, al hablar del Artemisión lo correcto es hacerlo de dos obras que se sucedieron, puesto que este primer templo fue pasto de las llamas en la noche del 21 de julio de 356 a. de C., cuando un pastor demente llamado Erostratos, decidió que provocarlo haría de él un hombre inmortal. Sobre el solar de aquella excelsa obra los devotos de la diosa se apresuraron a construir otro Artemisión igualmente impactante en el que durante más de cien años trabajaron los mejores artistas del momento. El resultado fue el esperado: un templo colosal de 131 metros por 78 provisto de 127 columnas de 20 metros de altura. Sin embargo, su suerte fue la misma que la de su antecesor, puesto que los godos lo incendiaron en 262. En cuanto al culto a la diosa, el martillo del catolicismo que fue Teodosio el Grande, cuyo paso por el mundo fue de los más perjudiciales para la cultura que recuerde, terminó por extinguirlo. El Mausoleo de Halicarnaso Pocas personas saben que la palabra mausoleo, generalmente utilizada para referirse a un monumento funerario de empaque, en realidad procede del nombre del personaje que nos va a ocupar en las próximas líneas: Mausolo. ¿Quién fue y por qué su tumba fue una de las siete maravillas de la antigüedad? Debemos viajar hasta la costa egea de Turquía para encontrar la ciudad de Halicarnaso. Hasta el año 377 a. de C. en que subió al trono Mausolo, la capital de Caria, como se llamaba aquella región, había sido Mylasa, pero Mausolo decidió instalar su trono de sátrapa bajo el control del imperio persa de Artajerjes Ochos en Halicarnaso. Mausolo estaba casado con su propia hermana, Artemisa II, y gobernó con más o menos dificultades hasta su muerte en 353 a. de C. Hay versiones, como la ofrecida por Vitrubio, que afirman que cuando sintió próxima su muerte ordenó el diseño de una tumba sin igual, asombrosa. Otros autores, como Plinio el Viejo, atribuyen esa decisión no al rey, sino a su viuda. Sea como fuere, la tumba de Mausolo estaba destinada a convertirse en un referente histórico. Sátiros y Piteos fueron los arquitectos, mientras que entre los escultores que la decoraron figuran nombres insignes como Escopas y Leocares. La descripción del monumento que aporta Plinio el Viejo nos deja pasmados. El perímetro del complejo alcanzaba los 125 metros y su altura rozaba los 40. La tumba contaba con un basamento de efectos cinematográficos decorado con motivos de centauros y amazonas. Sobre él se izaban en busca del cielo 36 columnas gigantescas que debían soportar el peso de un descomunal entablamento, y todo ello sazonado con estatuas, lo que hacía del lugar más un templo que una tumba. Al parecer, la soberbia estructura estaría coronada por una pirámide de forma rectangular formada gracias a 24 peldaños en cuya cumbre había una cuadriga. ¿Dónde ocultaron los restos de Mausolo? Pues en la cámara subterránea que se diseñó al efecto y que estaba copiosa y ricamente decorada. Según parece, allí fueron a parar también los restos de su esposa Artemisa cuando falleció. Las cosas comenzaron a ir de mal en peor para el monumento con el paso de los siglos, pero especialmente atroz fue la llegada de los caballeros de Malta en el siglo XV, puesto que no dudaron en utilizar materiales de aquel tesoro arquitectónico para la construcción de una fortaleza, iniciando así un proceso depredador de los ricos mármoles que no se detuvo hasta que el gran mausoleo fue un puro recuerdo. Un equipo arqueológico danés realizó una serie de excavaciones a finales de la década de los sesenta del pasado siglo. Los trabajos se prolongaron durante la siguiente y el director de los mismos, Jeppesen, dio con la cámara sepulcral subterránea, cuyas medidas eran de 38,60 por 32,30 metros. Incluso, aparecieron los restos de un sarcófago. Tal vez era el del famoso Mausolo. El Coloso de Rodas En el año 408 a. de C. había tres grandes urbes en la isla de Rodas: Camiro, Lindos y Yáliso. Las tres decidieron fundar un nuevo enclave en la parte norte de la isla. Poco tardó la nueva población, Rodas, en superar económicamente a sus creadoras. Años más tarde, muerto Alejandro Magno, la ciudad se alió con el egipcio Ptolomeo, lo que la enfrentó inmediatamente con el macedonio Antígono. El sucesor de éste, Demetrio, era un general acostumbrado a la victoria y especialista en sitiar y doblegar ciudades. Demetrio tomó la decisión de conquistar Rodas, pero nada salió como había soñado. Los autores clásicos cuentan que construyó una colosal torre de asedio de 40 metros de altura y casi 118.000 kilos de peso. Ésta tenía nueve pisos y en cada uno de ellos dispuso una veintena de piezas de artillería. 3.400 hombres empujaron el ingenio hacia las murallas de Rodas. Mientras, en el interior de la ciudad los magníficos ingenieros que existían trataban de determinar qué hacer. Apareció entonces uno de ellos, Diognetos, que afirmó ser capaz de destruirlo si, a cambio, le concedían quedarse con la máquina enemiga. Cuando los gobernantes aceptaron sus condiciones, pidió solamente agua, estiércol y barro en abundancia. Abrió entonces una brecha en la muralla y arrojó aquella extraña munición, lo que provocó el atasco y hundimiento después de la fabulosa torre. En recuerdo de la victoria se encargó al artista Cares de Lindos una estatua en honor del dios Helios. Y así se gestó la idea del Coloso, una gigantesca estatua de esa deidad de 30 metros de altura que mostraba al dios desnudo y provisto de un arco y flechas. A pesar de que la imaginación popular lo presentó después con las piernas abiertas, parece seguro que éstas estaban unidas por razones obvias de seguridad. No hay descripciones fiables de cómo era el coloso, pero Filón de Bizancio ofrece datos sobre su construcción, que parece ser se hizo íntegramente de bronce a lo largo de doce años. No está claro si se fundió en una sola pieza o, como dice la fuente citada, el artista la iba haciendo en partes y, cuando se colocaba una de ellas, se rellenaba de tierra para trabajar en el siguiente tramo a nivel del suelo. Sí parece claro que dentro se colocaron enormes piedras que la mantuvieran fija. Fueron precisos 13.000 kilos de bronce y unos 300 de hierro para crear al Coloso, la maravilla del mundo antiguo que menos vida tuvo, pues a los 66 años de su inauguración un seísmo la rompió a la altura de las rodillas. Luego, jamás se reconstruyó porque, según los augurios, los dioses no lo veían con buenos ojos. El Faro de Alejandría Hablar del Faro de Alejandría obliga a mencionar a la propia ciudad donde éste estuvo ubicado. Y hablar de Alejandría es hacerlo de su impulsor, el gran Alejandro. Alejandro encargó el proyecto de aquella urbe maravillosa a su arquitecto Deinócrates de Rodas. El propósito era convertirla en la capital de su gigantesco imperio, y sin duda el resultado final estuvo a la altura esperada, puesto que Alejandría se estructuró de un modo moderno, con calles que, según las crónicas, llegaban a tener 30 metros de anchura. Una vez muerto Alejandro, la ciudad tuvo el honor de acoger su tumba después de que uno de los generales sucesores del emperador, Ptolomeo, trajera sus restos hasta Egipto. Alejandría tiene una deslumbrante historia más allá de su propio fundador. Su biblioteca y su faro se convirtieron en referencia de lo que el hombre es capaz de realizar, tanto para bien como para mal –destrucción de la venerable biblioteca–. Y en el caso concreto de su faro, además, nos encontramos con una de las Siete Maravillas del mundo antiguo. No obstante, no fue en tiempos de Alejandro cuando se construyó. La obra, diseño de Sóstratos de Cnido, fue encargo de Ptolomeo I Soler hacia el año 297 a. de C. Su ejecución, sin embargo, se demoró quince años, por lo que fue Ptolomeo II Filadelfos quien tuvo el honor de inaugurar el descomunal edificio. Sobre cómo era tenemos noticias abundantes, aunque las medidas varíen levemente entre los autores. Estrabón, Plinio o incluso Flavio Josefo y Julio César se refirieron a él en mayor o menor medida. Al parecer, se invirtió en la obra la friolera de 100 talentos, lo que autores como Federico Lara traducen a unos 2.500 kg de plata. En cuanto a sus dimensiones, como hemos indicado, varían entre las diferentes fuentes. Estrabón habla de un edificio de varios pisos unido a tierra firme a través de un dique. La obra, añade, estaba realizada en mármol blanco. Todos los textos citan su excelsa figura –“torre derecha y alta, recortada sobre el cielo”, escribió el poeta Poseidippos–, aunque discrepan sobre sus dimensiones. Existen diferentes descripciones, pero vamos a elegir solo algunas de ellas. En el siglo X el árabe al-Masudi escribió en su obra Praderas de oro que el gigante alcanzaba los 102 metros de altura, aunque, afirmó, en tiempos pretéritos había llegado hasta los 178. Lo describía, además, como un edificio compuesto por tres pisos diferentes. El primero era de planta cuadrada y construido con piedras blancas; el segundo, de forma octogonal y armado con yeso y piedra, y el tercero, circular y con un balcón por el que se podía deambular. Ibn Mohammed el-Balawi discrepó tiempo después sobre esas medidas al viajar hasta Alejandría. Provisto de un cordel, midió cada uno de los pisos y sus cálculos arrojaron los siguientes resultados: 60 metros el primer piso; 26 metros, el segundo, y 19 el tercero. Por tanto, escribió que la altura total del faro era de 105 metros. Flavio Josefo afirmó que la luz alcanzaba los 35 km de distancia. En el interior de la torre se acumulaban ingentes cantidades de madera para conseguir que el fuego de su cumbre fuera visto desde largas distancias, y es muy posible que durante el día se quemaran maderas resinosas capaces de provocar un humo suficientemente denso para guiar a los marineros. El paso del tiempo fue minando la salud del faro. La salinidad del lugar que ocupaba hirió su estructura debido a que careció de un mantenimiento. A ello se sumó la acción de algunos seísmos, y el resultado fue su destrucción, que algunas fuentes dicen que tuvo lugar el día 8 de agosto de 1303, y otras, en 1326. Mariano Fernández Urresti
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  • Las 6 maravillas perdidas

    Últimos comentarios de los lectores (2)

    3586 | Isauro Rubio - 20/12/2008 @ 15:50:42 (GMT+1)
    Excelente artículo... pero .... una imagen vale mas que mil palabras. En este caso un buen dibujo.
    406 | Hamlet sec. - 30/09/2007 @ 20:34:32 (GMT+1)
    EXCELENTE POR LA RECOPILACION DE DATOS PERO CREO QUE SERIA BUENO COMPLEMENTARLO CON UNAS ILUSTRACIONES PARA PODER HACER VOLAR UN POCO LA IMAGINACION Y ASI PODERLAS DAR A CONOCER A NUESTRA JUVENTUD PORQUE ENTRE MAS SENTIDOS TRABAJEN MAYOR ES LA CAPACIDAD DE APRENDIZAJE... HAMLET sec....
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