Última actualización 01/10/2007@00:00:00 GMT+1
Del cielo caen con frecuencia elementos inverosímiles y también se observan luces de origen desconocido. Igualmente sorprendentes son determinados fuegos espontáneos y otros muchos hechos que la ciencia todavía no ha podido explicar y que siguen considerándose «malditos».
Por Isabela Herranz
Para la ciencia, sucesos como la combustión humana espontánea, la levitación, las explosiones imposibles y las coincidencias anormales ‘no suceden’. No encajan en las reglas que la ciencia reconoce y, para muchos científicos, lo que no se conoce simplemente no es posible. Sin embargo, tales cosas, aparentemente, suceden». Las palabras que anteceden, del investigador británico Peter Brookesmith, no pueden ser más clarificadoras en relación con el tema que vamos a discutir en este artículo: «hechos malditos»–también llamados condenados– que burlan el escepticismo de la ciencia. Ocurren una y otra vez, como las lluvias de peces o los bloques de hielo que caen de un cielo limpio.
Hace un siglo no era posible obtener publicaciones que trataran acerca de «hechos malditos». Si en la actualidad se les concede atención, se debe en gran medida a la obra del mayor compilador y divulgador de tales sucesos: el estadounidense Charles Fort, quien se interesó por todos los aspectos de lo anómalo, lo raro y lo inexplicado, que tanto fascinan hoy en día a muchas personas. En sus obras recogió datos sobre objetos volantes no identificados; los descubrimientos de América antes de Cristóbal Colón; las luces en la Luna; los estigmas; las lluvias de piedras, sangre o animales del cielo; las personas con habilidades paranormales; los niños–lobo; las teleportaciones y vuelos de objetos; visiones; levitaciones y otros «milagros».
Algunos de estos hechos malditos han sido parcial o totalmente «recuperados» por la ciencia, pero otros muchos permanecen al margen de la ortodoxia científica. Parcialmente inspirado por Fort, el escritor americano William R. Corliss inició en los años sesenta su propia documentación de anomalías científicas y concluyó que la investigación de Fort era «exacta, aunque limitada», ya que muchas anomalías geofísicas y hechos malditos ni siquiera habían sido registrados por Fort. Sobre unas y otros vamos a tratar en este artículo.
LLUVIAS ANÓMALAS
Entre los hechos malditos que más curiosidad y desconcierto causan todavía se encuentran las lluvias anómalas, que incluyen las caídas de ranas, peces, sangre, paja, arena, frutas, cruces, legumbres, gran variedad de organismos marinos y hasta serpientes de diferentes tipos.
Tales lluvias han sido consideradas auténticos portentos en épocas pasadas y algunas se documentaron en los llamados Libros de prodigios, muy populares durante el Renacimiento europeo. Charles Fort los recuperó modernamente y añadió algunos más, como las caídas de trozos gigantes de hielo (megacriometeoros), un fenómeno casi desconocido antes de la era aeronáutica. Éstos suelen formarse en condiciones atmosféricas raras. No son los típicos granizos, ni hielo de los aviones –agua residual o fugas–, ni tampoco producto de los procesos de congelación a gran altitud.
Hay referencias al fenómeno desde al menos mediados del siglo XIX, pero el número de megacriometeoros aumentó de forma espectacular a partir de 1950. Se han registrado unos 100 sucesos de este tipo en todos los continentes. Muchos meteorólogos y científicos lo atribuyen al cambio climático, aunque otros lo niegan. Cualquiera que sea su origen, lo cierto es que suponen un peligro potencial para personas, animales, aviones, coches, etcétera. En lo que llevamos de año se han registrado ya una veintena de ellos entre Europa y EE UU.
Otro fenómeno extraño registrado durante los meses de julio y septiembre de 2001 fue la lluvia roja que cayó en diferentes zonas de Kerala (India). Tras analizarla, Louis Godfrey y A. Santhosh Kumar llegaron a la conclusión de que su origen era producto de fragmentos de cometas que se desintegraron en la atmósfera. Pero lo más increíble han sido los descubrimientos sobre la naturaleza de las partículas: bajo microscopio parecen células biológicas, pero no muestran la presencia de ADN, molécula genética presente en todos los organismos vivos de la Tierra. Su ausencia podría representar una forma de vida diferente, procedente del espacio exterior.
El origen de otras lluvias anómalas se ha explicado por mecanismos meteorológicos reconocidos, como los torbellinos o las trombas de agua. Sin embargo, otras no encajan en ninguna categoría y precisan explicaciones revolucionarias. William R. Corliss, que ha estudiado los fenómenos luminosos anómalos y el material que cae del cielo, ha sugerido en su obra Unusual Natural Phenomena (1983) lo siguiente: «Quizá las tormentas violentas crean conductos entre la Tierra y el espacio, transportando polvo, desechos de poco peso, incluso bacterias y formas simples de vida. (…) La atmósfera y magnetosfera, que una vez se creyó que protegían la superficie de la Tierra de la meteorología del espacio, parecen tener agujeros que permiten un ‘tráfico’ en dos direcciones». De dichos «agujeros» han caído infinidad de objetos en las últimas décadas.
Por ejemplo, en septiembre de 1945 la revista Doubt recogía una lluvia de judías en San Luis (Missuri). Al parecer, una viejecita había llamado a la Oficina del Tiempo para preguntar si había llegado el fin del mundo. También cayeron judías blancas en una granizada sobre Van Nuys (California) en 1958; judías y guisantes en Blackstone (Virginia) en 1962; semillas en Savannah (Georgia) en 1958; judías en Joao Pessoa (Brasil) en 1971, etc. Además de legumbres, también se han producido lluvias de cereales: arroz en algunas zonas de Mandalay (Burma) en 1952; trigo en Evans (Colorado) en 1982; melocotones en Shreveport (Luisiana) en 1961.
También se han recogido numerosos informes en las últimas décadas que hablan de lluvias de criaturas marinas, como cangrejos, anguilas, estrellas de mar y almejas. Así, por ejemplo, en Laidley (Queensland, Australia) cayeron cangrejos en 1930 a ochenta kilómetros del mar y estrellas de mar en Saint Cloud (Minnesota) en 1985.
Se ha especulado que estas lluvias desconcertantes puedan deberse a tornados que arrastran a su paso objetos y animales y luego los descargan a muchos kilómetros de distancia. La explicación resulta factible, pero no justifica muchas otras caídas de objetos extraños o sustancias que han llovido del cielo, en ocasiones en circunstancias misteriosas. La teoría del torbellino es demasiado simplista para explicar muchos de ellos.
RAYOS GLOBULARES
Mientras la mayoría de los fenómenos meteorológicos extraños ya no presentan demasiados interrogantes a los científicos, no ocurre así con algunos fenómenos geofísicos luminosos, entre los que destacan los rayos globulares (ball-lighting), durante mucho tiempo rechazados por los expertos como imposibles.
Los principios básicos de los rayos globulares son todavía un misterio. Sin embargo, se cuentan por miles los casos registrados en las últimas décadas durante las tormentas, si bien no siempre se asocian con ellas. Las teorías avanzadas sugieren que estos «globos» están formados por plasma o materias gaseosas combustibles, como ocurre con las luces de los terremotos, las luces de las montañas o los fuegos fatuos. Pero a diferencia de éstos, el rayo globular se describe como una entidad única, de gran luminosidad y movilidad. Su diámetro oscila entre los centímetros y el metro y medio, aunque en la mayor parte de las observaciones tiene unos diez centímetros. Puede ser rojo, blanco-azulado, amarillo e incluso malva o verde, y su duración aproximada es de unos diez segundos, aunque a veces dura más de diez minutos. Puede trasladarse con toda libertad, en ocasiones contra el viento, y penetrar en las casas atravesando la materia sólida y emergiendo de nuevo globular y luminoso. Unas veces se desvanece silenciosamente y otras estalla, dejando un rastro de azufre. No siempre actúa de forma destructiva, pero a veces hiere o mata a personas y animales, derrite metales y causa graves desperfectos.
El siguiente ejemplo da una idea de su poder destructor: en julio de 1992, durante una tormenta en Amsterdam, una persona que estaba en el salón de su casa con el balcón abierto sufrió un impacto en la frente que lo tiró al suelo. El artefacto que lo golpeó había sido una esfera brillante de color verde que la víctima había visto instantes después de la caída de un rayo en las cercanías. Las pruebas de resonancia magnética que le efectuaron poco después revelaron daños en un lado del lóbulo frontal del cerebro. Son tantos los casos de rayos globulares registrados en las últimas décadas, que los científicos han podido averiguar que no siempre dañan. Pero en ocasiones su energía es tan poderosa que produce desperfectos considerables en cosas o hiere a las personas.
RUEDAS DE LUZ
El fenómeno de los mares con inmensas franjas y ruedas de luz espectral suscita también grandes interrogantes. No sorprende que Charles Fort lo recogiera en su listado de hechos malditos. Durante siglos, estas franjas luminosas se consideraron un cuento de los marinos, pero desde la II Guerra Mundial muchos barcos dieron noticia del mismo. Dichas franjas se han observado sobre todo en el Océano Índico, cerca del Golfo Pérsico. Las explicaciones avanzadas apuntan que se trata de bioluminiscencia marina estimulada por fuerzas naturales, o que se deben a las ondas de sonido que emanan de las perturbaciones submarinas.
Sin embargo, ¿qué combinación de ondas sísmicas puede estimular tantos cientos de ruedas fosforescentes y giratorias? Resulta increíble también que estos despliegues luminosos se hayan visto por encima de la superficie del agua. La interacción del radar con la fosforescencia marina es otra posible explicación, aunque el fenómeno se había registrado mucho antes del invento del radar. Otra explicación, acaso la más sugestiva, es que se trata de un fenómeno autogenerado, provocado por la conciencia colectiva de los organismos marinos.
Se sabe, por ejemplo, que en los Trópicos inmensas cantidades de luciérnagas se iluminan sincronizadamente, pero se desconoce si tal cooperación se produce entre los organismos marinos bioluminiscentes. Por último, ¿por qué el fenómeno se observa sobre todo en el Índico y no en otros otros mares del planeta? Todavía no hay ninguna respuesta a estas preguntas, pues al igual que otros muchos hechos malditos, éste no ha suscitado interés científico y apenas se ha estudiado con el rigor necesario.
FUEGOS ESPONTÁNEOS
Las muertes producidas por calor interno de origen misterioso son escasas, pero existen informes de cierta antigüedad. Como las causas se atribuyen «oficialmente» a fuegos causados por cigarrillos, no es posible saber cuántos casos se producen anualmente. Aunque sí son suficientes como para que el fenómeno merezca ser estudiado.
Los investigadores Janet y Colin Bord escribieron: «El misterio real de la combustión espontánea subyace en la palabra ‘espontánea’, ya que en la mayoría de los casos no se encuentra el origen del fuego a pesar de que se haya realizado una investigación a fondo».
En 1938, Eric Frank Russell registró en los periódicos diecinueve víctimas de combustión espontánea, seis de ellas hombres. Algunos de esos casos eran realmente desconcertantes, como el acaecido en Chelmsford (Inglaterra) a una mujer que, cuando estaba en medio de un salón de baile, ardió en llamas de un intenso color azul y en pocos minutos quedó reducida a una pequeña masa de ceniza negra.
EN BUSCA DE UNA EXPLICACIÓN
Los intentos efectuados para catalogar estas muertes a fin de descubrir sus causas han sido infructuosos. No obstante, se han recopilado algunos de sus aspectos más destacados: las víctimas más frecuentes de estos fuegos son ancianos, inválidos, indigentes y alcohólicos; la combustión espontánea humana acontece a aquellos que beben alcohol de forma excesiva; la combustión es a veces parcial, pero suele ser general; esta combustión no suele afectar a sustancias inflamables próximas o que estuvieran en contacto con el cuerpo quemado y el agua, en vez de apagarlo, vigoriza el fuego.
A diferencia de estos fuegos, que afectan sólo a las personas, existen otro tipo –los llamados espectrales– que supuestamente tienen alguna relación con la actividad poltergeist. Atacan a los edificios y su contenido y suelen destruirlos por completo. Son fuegos que parecen originarse en el aire, ya que habitualmente se ven llamas azules que crepitan y saltan. La mayoría de estos fuegos misteriosos se propagan a gran velocidad, pero no siempre afectan a la totalidad de la vivienda, sino sólo a cables de aparatos eléctricos, enchufes e interruptores, así como a electrodomésticos que se derriten por completo. No se deben a descargas repentinas de la corriente eléctrica porque se han producido a veces cuando la corriente estaba cortada.
Algunos de los relatos sobre estos fuegos hacen pensar que son atraídos por ciertas personas. Es famoso el caso, ocurrido a finales de los años veinte del pasado siglo, de una muchacha que vivía en Liberta (Islas Leeward), cuyas ropas solían arder de repente cuando estaba en casa o simplemente caminaba por la calle.
Por su propia naturaleza, muchos de los hechos que anteceden y otros «fenómenos forteanos», como los monstruos marinos o los OVNIs, son descartados por los científicos ortodoxos, pues no pueden reproducirse en laboratorio como otros fenómenos más habituales. Sin embargo, persisten en producirse pese a quien pese. Acaso son bromas que nos gasta el «Burlador Cósmico», precisamente por nuestra insistencia en no tomarlas en serio. Eso creía Charles Hoy Fort: «Se están burlando de nosotros», decía, entre divertido y trascendente.
El «descubridor» de misterios
Muchos de los fenómenos recopilados por Charles Fort han permitido desarrollar escuelas de pensamiento independientes: la ufología es un ejemplo de ello, así como la criptozoología, que genera informes de criaturas cuya existencia no siempre se ha confirmado.
A Fort también se le atribuye el descubrimiento de que los avistamientos de no identificados se producen en oleadas –incidencias repetidas de actividad OVNI en zonas localizadas–, como ejemplifican las series de avistamientos de naves misteriosas por toda América (1896-1897) y Gran Bretaña (1904-1905 y 1908-1909). En esas épocas, ninguna nave conocida podía alcanzar las velocidades de esos misteriosos objetos voladores, ni sus potentes luces. El trabajo de Fort en este campo preparó a los primeros ufólogos para el estudio de las oleadas de «meteoros como misiles», posteriormente denominados «cohetes fantasma», los cuales fueron avistados en el norte y oeste de Europa en 1946. Fort, además, fue el primero en explicar las apariciones y desapariciones humanas anómalas mediante la hipótesis de la abducción extraterrestre.