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Hemeroteca :: Edición del 01/11/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
Las piedras de Ica han suscitado encendidas polémicas entre escépticos y amantes del misterio. Algo que puede diluirse para siempre, tal y como hemos podido comprobar de primera mano al viajar hace unas semanas a Perú, y comprobar que la devastación, en este caso, también ha acabado con uno de los grandes enigmas mundiales…
Son las 18.40 de la tarde del 16 de agosto de 2007 y la gente pasea por las calles de Ica, Pisco y Chincha. Todo parece normal… hasta que algo ocurre; el mundo se balancea, los automóviles no pueden avanzar por las ondulaciones que realiza el terreno bajo ellos. Las primeras casas se desploman, ya que el adobe centenario no está preparado para este temblor. No sólo las casas caen al suelo; el gran hotel construido recientemente se derrumba como un castillo de naipes. Sus columnas metálicas, que debían estar rellenas de hormigón se encuentran vacías; sólo los alambres sostenían el edificio. El constructor sin embargo sí salió de la obra con los bolsillos llenos. La debacle y la desesperación toman las calles. La tragedia es terrible. La familia Gómez Gayo sale de su hogar para no sucumbir aplastados cuando de repente la casa del vecino se les viene encima en plena avenida, acabando de un plumazo con sus vidas. Al destino no se le puede engañar… El pánico toma la ciudad; son los dos minutos más largos de su existencia, según nos cuentan. No obstante aún quedaban más de setecientas réplicas del terremoto por llegar. Tras el seísmo la gran ola que depositó las barcas de los pescadores en plena plaza del pueblo –olas que hoy siguen levantando los botes del mar como nos ocurrió a nosotros–, a causa de las replicas diarias con 4 y 6 grados de la escala Richter. Es entonces cuando viene el “marazo”, como aquí lo llaman… El terremoto asoló esta zona del desierto peruano pobre en extremo. Aquí no hay nada; tras las casas de los pescadores que viven junto al mar sólo queda desierto. Un desierto que en su día habitaron las culturas de los paracas y los nazcas, gentes adelantadas a su tiempo que también sufrieron las inclemencias de esta región del globo terráqueo donde las placas tectónicas luchan por ocupar un lugar “a empujones”, esos mismos que nos hacen tambalear y muchas veces morir. Oficialmente el terremoto fue de 7.9 en la escala de Richter, aunque el pueblo se queja de que el seísmo tuvo una fuerza de 8.4, algo que resulta vano en estas lecturas tan tremendas –la escala de Richter califica el 9 como destrucción total, ya que el aumento de un número no significa que éste sea un punto más fuerte; un número equivale a que el terremoto es 32 veces más potente que el anterior–. Lo más importante, según cuentan los habitantes del lugar, es que si se declara un “magnitud 8”, por ley el gobierno tendría que ocuparse de la reconstrucción, no como ahora, que les dan prestamos sin intereses, prestamos para alguien que no tiene nada y que no podrán devolver. Las gentes ven un futuro en el que les embargarán las casas que construyeron con estas colaboraciones, y que no pueden pagar. Pero a las desgracias no debemos de olvidar que siempre se les une la codicia de los seres humanos, como los alcaldes que han sido destituidos por quedarse con la ayuda internacional. Y es que muchos de ellos que en los primeros días aparecían llorando ante las cámaras de televisión hoy flirtean con la prisión. Pero hay más… una anécdota curiosa es la historia de una señora encargada de distribución de ayuda que capturaron en la puerta de su casa en Lima descargando un camión en su domicilio. Su respuesta a los agentes de autoridad fue no menos esperpéntica: “es que no tenía dónde descargar el camión”. El propietario de un hotel junto a la playa nos cuenta sus impresiones: “primero vino el temblor que derribó la mayor parte de mi hotel. Bueno –pensó–, se acabó y repararemos lo roto. Pero de repente el mar retrocedió y una enorme ola vino, apenas dándome tiempo para huir al interior. Era el fin del mundo amigo”, me dijo compungido. Anécdotas aparte dentro de esta terrible situación que está viviendo la costa del Perú, hay algo que no podíamos olvidar en nuestro viaje: Ica y las míticas piedras del doctor Cabrera. ¿Qué habrá sido de ellas? En la ciudad de Ica Cuando entramos en la devastada urbe, las primeras sensaciones llevan a pensar que no ocurre nada. Sólo se ven algunos tejados caídos y muros con grietas donde entraría una mano sin problemas. Pero cuando giramos en dirección a la Plaza de Armas es como si el Armagedón hubiese ocurrido allí. Todas las casas están derruidas, las excavadoras no paran de remover escombros, y es como si el terremoto hubiese ocurrido hace escasos momentos. Los habitantes del pueblo llevan máscaras para poder respirar. El polvo en el aire en ocasiones impide la visión. Todo es desolación y destrucción. Cuando caminamos por las calles la gente nos mira… se aprecian las lágrimas. De pronto llegamos a la citada Plaza de Armas, donde se encuentra el museo del Doctor Cabrera, un lugar que desde 1966 ha levantado todas las polémicas imaginables. Estas piedras encontradas en el desierto de Ocucaje, en los alrededores de Ica, están labradas con imágenes de operaciones quirúrgicas milenarias, del hombre conviviendo con los dinosaurios, en lo que sería la historia del mundo paso a paso; eso sí, una historia desconocida y puede que absurda. La mayoría de los estudiosos afirman que éstas son un fraude. Empero, aquellas gentes que proporcionaban al doctor Cabrera los gliptolitos –como él las denominaba, en alusión a una humanidad pasada– que encontraban supuestamente en el desierto a cambio de unos soles, no eran gente culta y mucho menos sabían dibujar una operación o un animal prehistórico. Además estaba el trabajo de grabado de las duras piedras, algunas de ellas de un tamaño y peso descomunal. La Plaza de Armas está, como todo el pueblo, cubierta de tierra. Al fondo vemos el campanario de la iglesia que parece sostenerse –nunca mejor dicho– de milagro, entre unos trozos de adobe y cañas que lo mantienen en pie. El edificio del museo está cerrado y la casa se ve desde fuera bastante afectada. Así que como siempre que arribamos a este lugar llamamos telefónicamente a la amable anciana que cuida el centro para que nos abra. Extrañamente al otro lado del aparato nos responde una joven voz. Al preguntar la respuesta es lacónica: “la señora está herida tras el sismo”. Después de mil ruegos conseguimos que la joven accediera a abrirnos el museo, y al cabo de media hora estábamos entrando en el templo del doctor Cabrera. Las primera visión es dramática. Aquel lugar nunca fue un ejemplo de limpieza y orden, pero queda patente que asistimos al final de un sueño. La mayoría de las piedras están en el suelo; cayeron desde las frágiles estanterías que las sujetaban. Muchas están partidas por la mitad. No olvidemos que algunas pesan más de 100 kilos. La pena nos invade al observar este desastre. Hace menos de un año que visitamos este mismo lugar, siendo conscientes de que aquellos que regentan el museo buscaban dar a conocer la obra de Cabrera, con modestia; sin grandes alharacas pero con tremenda ilusión. De eso nada queda. Ahora todo está destrozado y embalan los restos en sacos de pienso. Protección Civil asegura que éste ya no es lugar seguro y puede derrumbarse en cualquier momento. Caminar entre los cascotes es harto difícil, no porque el suelo esté repleto de éstos, si no por el significado que estas piedras tuvieron décadas atrás, tienen y tendrán. Pero en ese futuro inminente ya no estarán, pues las hijas del doctor no están mostrando ningún interés ni pena por aquella calamidad. La cuidadora nos comenta que una hija de Cabrera viajó a Lima para comprar pegamento y arreglar las piedras rotas. Además asegura que están buscando un nuevo lugar para ubicar la exposición de aquellas más de 5.000 piedras que podrían haberse salvado, menos de la mitad de las que había hace un año. Si a ello unimos las advertencias de las autoridades, los robos, los derumbes y las réplicas constantes, es difícil que se puede salvar algo. Gracias a las piedras de Ica, sean un fraude, o como afirmaba el doctor Cabrera, el legado de una cultura superior, una pequeña localidad situada entre la costa y el desierto mas árido del Perú ha sido conocida mundialmente, atrayendo anualmente a grandes cantidades de peregrinos del misterio en busca de la otra realidad. Y ese sueño, ese peregrinar, ha llegado a su final… Juan José Revenga
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Foro(s) asociado(s) a esta noticia:

  • El final del museo del doctor Cabrera

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    598 | VÌCTOR EUREL TENA - 02/11/2007 @ 03:17:36 (GMT+1)
    Es una làstima que se hallan deteriorado tantas piedras, pero serìa una gran pena que se perdiesen algunas de estas valiosas piezas que lògicamente son autenticas, y que muchos excèpticos confunden con las que se venden como sourvenirs y son imitaciones.
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