Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
Culminé la ascención agarrotado, con el Sol apretando inmisericorde sobre las cabezas de los que allí nos congregábamos. El sudor recorría mis mejillas colándose en los ojos, haciendo que el palacio rojo, la Alhambra, surgiera de un sueño envuelto por un aura de bellas tonalidades sobre el plomizo cerro de la Asabika. Frente a mí romeros, enfermos, curiosos y turistas se daban cita en torno a la abadía de Sacromonte, centro neurálgico de una romería con elementos suficientemente “especiales” como para que ahora me acuerde de ella.
Y es que cuentan las crónicas que en el año 58 d. de C., cuando el cristianismo no dejaba de estar formado por una banda de desarrapados, proscritos y por ello perseguidos, san Pedro decidió mandar a los siete varones apostólicos a este rincón del pedregal andaluz, a fin de celebrar un concilio. Cuatro de ellos optaron por retrasar su llegada, y menos mal, porque los otros tres fueron sorprendidos por las milicias romanas y pasados a cuchillo. Los centuriones, que mucho debían de odiar a los miembros de esa secta, no satisfechos con los martirios infringidos determinaron que “como hasta el rabo todo es toro”, y ante la más que cierta posibilidad de que los restos fueron venerados y convertidos en reliquias, pues eso, que determinaron que si algo de vida quedaba en aquellos maltrechos cuerpos, lo más práctico era arrojarlos al interior de un horno de pan donde no les quedó más remedio que morirse, si es que no lo estaban ya. Los que salvaron la vida recogieron las cenizas, las sepultaron bajo tierra y dejaron constancia de lo ocurrido sobre dos láminas de plomo, que posteriormente introdujeron entre dos piedras, una blanca y otra negra, y tras empapar todo junto con alquitrán, la arrojaron al río Darro. En 1595 los buscadores de oro dieron con el curioso pedrusco, sellado con la estrella de David, y al momento fueron conscientes de que se hallaban ante un objeto que despedía cierto tufillo a santidad. Así pues, desde aquellos días todos los 1 y 2 de febrero son cientos las personas que acuden a la pequeña abadía, para rendir homenaje a los mártires, pero sobre todo para tocar la misteriosa piedra bicolor –ahora dividida en dos–. ¿Por qué? Cuentan los que de esto saben que tiene ciertos “poderes” para las mujeres que posan sus manos sobre ella; si se acaricia la parte negra en unos meses la casamentera encontrará su media naranja; sin embargo, si la acariciada es la blanca se producirá el efecto contrario: la separación, eso sí, por medios exclusivamente narurales…
Y es que España –y otros países– está sembrada de objetos, reliquias y fiestas que despiertan creencias atávicas, a veces sagradas a veces paganas, siempre sustentadas en ese último clavo al que en ocasiones hay que aferrarse. En el tema de portada podrán encontrar gran parte de ellos/as, tan curiosos como esperpénticos, tan extraños como en ocasiones milagrosos.
Ah, y se me olvidaba: es sorprendente comprobar que la piedra blanca de Sacromonte está visiblemente mucho más desgastada que la negra. Cosas del amor…
Lorenzo Fernández Bueno