Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
ENIGMAS viajó a algunos de los enclaves más hermosos y lejanos de la Anatolia para asistir a la presentación del libro de Javier Sierra La ruta prohibida y otros misterios de la historia, de la mano de Editorial Planeta. Un recorrido emblemático por un país lleno de contrastes y con un pasado histórico que mantiene un constante pulso con el misterio, legado de algunas de las grandes civilizaciones de la antigüedad…
Una amplia representación de los medios de comunicación españoles, entre ellos enviados especiales de radio, prensa y televisión, nos reunimos en la gigantesca Terminal 4 del aeropuerto de Madrid-Barajas para embarcar en un vuelo hacia Estambul, e iniciar desde allí un viaje de ensueño a algunos de los lugares más enigmáticos de toda Turquía.
En los palacios de Topkapi se da cobijo, entre medidas de extrema seguridad, a uno de los tesoros nacionales: el mapa de Piri Reis, un extraño atlas fechado en 1513 en el que se pueden apreciar diversas zonas del Nuevo Mundo que no se cartografiarían hasta décadas después. Y aunque la falta de tiempo no nos permitió recorrer la antigua Constantinopla ni los palacios de Topkapi, ENIGMAS tuvo ocasión de preguntarle a Javier Sierra el porqué del secretismo que rodea a esta auténtica reliquia turca por parte de las autoridades del país, y es que el mapa todavía hoy no está expuesto al público… “Todavía no entiendo por qué a día de hoy las autoridades turcas no exponen el mapa de Piri Reis en los palacios de Topkapi. Y no lo entiendo porque esta carta es una gloria nacional de este país, e incluso el billete de diez liras lo muestra en su reverso. Es un icono. Después de muchas gestiones logré que me lo mostraran y pude ver un mapa de colores vivísimos y muy bien conservado, lo que no justifica que no se exponga. Tras publicar el libro y continuar investigando el tema casi estoy convencido de que me enseñaron una réplica, de que me engañaron, por una serie de consultas que he hecho a expertos en mapas antiguos y por la conservación de los colorantes que se utilizaban en mapas de esa naturaleza. Si logro confirmar que me enseñaron una réplica probablemente habrá que concluir que el mapa de Piri Reis está en paradero desconocido y que no lo muestran porque se descubrirá que es una falsificación lo que poseen. La manera de demostrar que es una réplica sería compararlo con otro trozo de mapa que se vendió en su momento y ahora se conserva en Berlín. Pero es muy difícil que algún día los turcos permitan contrastar ambos ejemplares”. Otro misterio más todavía por resolver…
Nemrut, el túmulo de los dioses
Llegamos al monte Nemrut, situado entre Kahta y Malatya y con una altura de 2.150 metros, por una carretera serpenteante, recientemente asfaltada, dando constantes tumbos en el interior de una dolmus –una especie de taxi-furgoneta de la región, único vehículo que por su pequeño tamaño puede acceder hasta el lugar–. Nada más llegar nos encontramos con la típica tienda de souvenirs que no falta en ningún lugar de Turquía, con réplicas de las famosas cabezas de Nemrut, unos curiosos objetos que quien más o quien menos acabó comprando.
Emprendimos con el guía local la empinada pendiente que nos llevaría hasta la cima de la colosal tumba del rey Antíoco de Comagene, un camino empedrado de difícil acceso que sin embargo está flanqueado por un paisaje que corta la respiración, cerca de la frontera con Siria. El ascenso, con el sofocante calor del mediodía incidiendo directamente sobre nuestros rostros, merece sin duda la pena; los colosos de Nemrut aparecen ante nuestros ojos como si de verdaderos dioses antiguos se tratara.
En la cima del monte, entre los milenarios restos arqueológicos descubiertos en 1881 por el alemán Karl Sester, Javier Sierra contó a los medios presentes los enigmas que rodean a la pirámide funeraria: “Estamos frente a la pirámide que se encuentra a mayor elevación del planeta; tiene unos 50 m de altitud, aunque en la antigüedad llegó a alcanzar los 60. Su diámetro es 150 y en su construcción se utilizaron hasta unos 30.000 metros cúbicos de gravilla. El esfuerzo humano para levantar este túmulo funerario debió ser sin duda colosal”.
Erigido aproximadamente en el siglo I a. de C., fue impulsado por el rey Antíoco, un soberano local de la dinastía Comagene muy influida por Egipto y por los últimos hititas, asirios y aquellos pueblos que en sus estertores dominaron Mesopotamia. “Hasta fechas relativamente recientes –continúa Javier Sierra–, no se supo que la distribución de los colosos ante los que nos encontramos no respondía únicamente a razones decorativas, sino que cumplía una función casi calendárica. Aunque no se tiene noticia de que la civilización Comagene tuviera una escritura propia como la nuestra –sí utilizaron por ejemplo la griega–, marcaban sus fechas importantes, los nombres de sus dioses, etcétera, de una forma simbólica”.
En Nemrut existen dos terrazas: una al este –a la que llegamos en primer lugar y en la que nos encontrábamos en el momento de las declaraciones del autor– y otra al oeste, y en ellas se erigen colosos dispuestos de diferente forma. Según Sierra, cuando se estudiaron las diferencias entre ambos panteones, se descubrió que ocupaban nada menos que posiciones planetarias: el rey representaba al Sol, al astro rey, y el resto de divinidades la Luna, Mercurio, Júpiter y Marte respectivamente. Lo más curioso de dicha disposición se debe a que era la posición que ocupaban en una fecha determinada dichos planetas: “El 6 ó 7 de julio del año 62 a. de C., la fecha en la que Pompeyo, entonces emperador de Roma, permitió que Antíoco siguiera gobernando estas tierras y fuera coronado rey por los romanos”.
Para Sierra, la polémica surge entonces al preguntarse cómo un emperador capaz de erigir tamaño monumento aceptó la coronación de un imperio exterior, de un invasor: “…de aquí que se esté barajando otra fecha: la del 14 de julio de 109 a. de C., cuando nació el soberano”. Muchos interrogantes quedan todavía por responder en Nemrut, entre ellos dónde se halla el lugar de reposo del soberano: “La tumba del rey está aún por sacar a la luz, aunque se ha localizado utilizando un radar de suelo. Se encuentra en la vertiente oeste, algo lógico si tenemos en cuenta que en todas las culturas el lado oeste era la orilla de los muertos, el ocaso del Sol, la puerta al más allá… Es una cámara sepulcral de un tamaño parecido a la Cámara del Rey de la Gran Pirámide, en Egipto –5 por 20 m de longitud aprox.–. Lo que sí se sabe es que en su interior se encuentran tres estructuras, tres sarcófagos que se cree pertenecen a Mitrídates, el fundador de la dinastía Comagene, a la madre de Antíoco y al propio rey”.
A modo de colofón, sobre el monte Nemrut, Javier Sierra sentenció con la siguiente frase: “Probablemente nos encontramos ante la carta astral más grande del planeta”.
Capadocia, el misterio y la magia se dan la mano
Nos alojamos en el hotel Tourist, un complejo que corta la respiración enclavado en pleno corazón de la Capadocia, la histórica región de la Anatolia central, flanqueado por las hermosas “chimeneas de hadas”, en el conocido valle de Göreme. Aunque este hermoso paisaje que recuerda a un decorado de cartón piedra hollywoodiense y a una tarta gigante parece haber sido oradado por el hombre –que no obstante ha excavado rutas en sus entrañas a lo largo de los siglos, llegando a construir viviendas en el interior de las famosas chimeneas–, lo cierto es que éste es un enclave natural creado por la erosión. Hace miles de años una violenta erupción del volcán Erciyes cubrió de lava una superficie de casi 4.000 km2 y tras una etapa de inactividad volcánica, la extensa región fue sometida a un lento proceso erosivo por parte del agua y del viento que dio forma a esta maravilla de la naturaleza.
Las 04.30 de la madrugada suele ser una hora demasiado intempestiva para que suene el despertador, pero lo cierto es que el viaje en globo para sobrevolar la Capadocia que había programado Editorial Planeta mereció sin duda la pena el madrugón y el esfuerzo, pese al cansancio manifiesto por el larguísimo viaje en autocar del día anterior, y el lento ascenso a Nemrut. Dieciséis personas en cada globo sobrevolando un paisaje que corta la respiración, con el brillante Sol del amanecer de frente, es una experiencia difícil de olvidar. Ninguno de los allí presentes dejaba de presionar el disparador de su cámara de fotos mientras sentíamos el poderoso calor que emanaba de la gasolina quemándose sobre nuestras cabezas, única forma de que el globo se eleve sobre esa tierra casi virgen –únicamente algunos cultivos y las rocas sembradas de orificios evidenciaban la mano del hombre– de colores ocres y anaranjados.
La ciudad subterránea de Kaymakli
Tras la inolvidable experiencia aérea nos encaminamos hacia el otro gran atractivo histórico –y enigmático– de este viaje por Turquía: las famosas ciudades subterráneas que jalonan el suelo de gran parte de la Capadocia y que aún hoy desconciertan sobremanera a los investigadores. Desde que se descubrió por casualidad la primera de ellas en 1963, se han abierto al público treinta y seis, pero los estudiosos calculan que deben de existir unas doscientas, por lo que la labor de los arqueólogos en la zona es titánica.
Tuvimos la ocasión de visitar durante más de una hora la ciudad subterránea de Kaymakli, una de las más grandes y mejor conservadas en la actualidad. Kilómetros de pasadizos distribuidos en ocho plataformas y construidos, no se sabe realmente cuándo, por auténticos ingenieros de la antigüedad: sistema de ventilación, almacén, vías de escape… Un entramado de laberintos que servían de protección para las miles de personas que en su día buscaron refugio a una amenaza exterior. Pero… ¿a cuál?
Son muchos los pueblos que a lo largo de los siglos se cobijaron por diferentes razones en este serpenteante mundo bajo tierra, y múltiples también las teorías que se vienen barajando sobre su misterioso origen. Los pisos más superficiales fueron tallados por el pueblo hitita hacia el 1850 a. de C., y según Sierra, fueron reutilizados por frigios, seguidores de Alejandro Magno, romanos e incluso cristianos, que protegieron sus vidas en el subsuelo huyendo de las terribles persecuciones seleúcidas que tuvieron lugar durante el siglo VII.
El investigador suizo Erich von Däniken, uno de los primeros estudiosos que se ocupó del misterio que rodeaba a estos subterráneos, llegó a insinuar que podrían tratarse de refugios perforados hace miles de años para protegerse de alguna especie de guerra extraterrestre. Una afirmación demasiado “atrevida” –por no utilizar una expresión más elocuente– que choca con las habituales teorías y explicaciones sobre su origen. Para Javier Sierra, una de las más plausibles sería la que habla de un refugio prehistórico para protegerse del cambio climático. Según el experto en misterios de civilizaciones desaparecidas Andrew Collins, hacia el noveno milenio antes de Cristo Turquía sufrió una especie de “mini era glacial” que duró alrededor de quinientos años y los habitantes de estas regiones decidieron construir los enormes complejos subterráneos y refugiarse en ellos de las bajas temperaturas. En estas ciudades la temperatura es constante, y jamás baja de los diez o doce grados. Otra teoría atrevida, aunque posible, que aún queda por corroborar…
Dejamos Capadocia en dirección a Estambul con la sensación de que algunos de sus secretos se nos escapan a nosotros, pobres mortales, y de que los dioses tienen todavía el control de esta apartada región de Anatolia. Muchos misterios quedan por resolver en una tierra que dio cobijo al antiguo, glorioso y no menos enigmático Imperio Bizantino. Quién sabe si dentro de un tiempo emprenderemos de nuevo camino al corazón de Turquía, para desvelar algo más de su apasionante pasado. Hasta que ese momento llegue, La ruta prohibida, de Javier Sierra, nos transporta a través de sus páginas a éste y otros mágicos misterios del pasado. Feliz viaje…
Óscar Herradón