Última actualización 01/11/2007@00:00:00 GMT+1
Odiados y admirados, emulados y expulsados… la Compañía de Jesús se ha convertido desde su fundación en la Orden más controvertida de la Iglesia católica. Entre otros motivos, porque algunos de sus miembros participaron en revoluciones, defendieron a ultranza la fe cristiana o se convirtieron en sicarios de Papas.
En 1491 llegó al mundo en la pequeña aldea guipuzcoana de Azpeitia, Ignacio de Oñaz y Loyola. Perteneciente a una familia de la nobleza vasca, el joven Ignacio escogió la carrera militar como profesión. Y a buen seguro habría destacado en ella sino fuera por una tremenda herida recibida durante una de las guerras que en aquel tiempo libraban las tropas españolas por toda Europa.
Ignacio profesaba con devoción simple la religión cristiana, pero durante su convalecencia sufrió una fuerte transmutación en su carácter que le hizo peregrinar, primero a Tierra Santa y, a su regreso, abrazar la cruz como nuevo modo de vida.
Se instruyó en la Universidad de París donde conoció a quien sería su mano derecha, el futuro San Francisco Javier, y donde redactó las ordenanzas que regirían el día a día de los futuros miembros de la Compañía de Jesús, Orden que vería la luz el 15 de agosto de 1534 cuando sus fundadores hicieron voto solemne de servicio a Nuestra Señora en la Iglesia de Santa María de Montmartre.
Durante esa ceremonia sucedió un hecho que marcaría de modo crucial el carácter de los jesuitas. En el momento de constituirse, todas las órdenes religiosas deben pronunciar bajo juramento los tres votos típicos de pobreza, obediencia y castidad; pero Ignacio de Loyola añadió un cuarto: obediencia al Papa. El nuevo voto significaba que los jesuitas deberían responder a las órdenes de los sucesivos pontífices sin preguntas ni reparos. Eran años en los que se creía ciegamente en la infalibilidad papal y donde la fe cristiana recibía ataques de sectores como los protestantes.
Para el Vaticano suponía un regalo, ya que los primeros seguidores de Ignacio no eran simples monjes. Muchos procedían del ejército e incluso a su jefe máximo se le conocía como “el General de la Orden”, cargo que continúa en la figura del holandés Hans Peter Kolvenbach. La estructura se diseñó conforme a los conocimientos guerreros de los fundadores y en muchos aspectos responde a un modelo militar. De hecho –y en su origen– en la ceremonia de ordenación de nuevos mandos éstos debían pronunciar un juramento que incluía frases como: “Prometo y declaro que, cuando se presente la oportunidad, haré la guerra sin descanso ni cuartel, secreta o abiertamente, contra todos los herejes, protestantes y liberales, tal y como me ha sido ordenado hacer, hasta exterminarlos y extirparlos de la faz de la Tierra; y que no los respetaré por su edad, sexo o condición”.
Con semejante juramento, y el cuarto voto mencionado, no es de extrañar que algunos Papas eligieran a miembros de la Compañía como auténticos sicarios. Así ocurrió en el siglo XVII. A la muerte del rey francés Luis XIII le sucedió su hijo Luis XIV, pero debido a su corta edad fue su madre, Ana de Austria, la que gobernó como regente. Ella eligió al cardenal Mazarino de sucesor de Richelieu en momentos difíciles para Francia ya que el Vaticano conspiraba en su contra. Mazarino introdujo espías en el entorno del papa Inocencio X para que le informaran de sus decisiones.
La jefa del espionaje vaticano era la propia cuñada del Papa, Olimpia Maidalchini, quien alertada por la presencia de los espías franceses decidió crear la “Orden negra”. Bajo ese nombre se escondía una unidad de asesinos cuyo único cometido consistía en acabar con todos los agentes que espiaran para Francia dentro del Vaticano. La unidad la formaron once miembros, escogidos principalmente entre los jesuitas debido a su voto de obediencia papal y a su destreza en las armas y en el asesinato silencioso. A cada uno se le entregó un sello pontificio grabado en plata en el que se veía una mujer vestida con toga, con una cruz en una mano y una espada en la otra. Se sabe que la “Orden negra” actuó con tanta destreza que sucesivos Papas hicieron empleo de sus miembros para acabar con el espionaje enemigo.
Caída en desgracia
No fue aquella la única oportunidad que tuvo la Compañía de Jesús para demostrar sus conocimientos militares. A la muerte de Ignacio de Loyola, el 31 de julio de 1556, los jesuitas se quedaron sin un líder que les guiara de forma clara. Fueron años erráticos hasta que se eligió al italiano Claudio Acquaviva como nuevo General de la Compañía.
Acquaviva mantenía unas relaciones excelentes con el entonces papa, Gregorio XIII, y juntos decidieron reconquistar a la hereje Inglaterra para devolverla a la senda del catolicismo. La misión recayó sobre los jesuitas, que diseñaron un plan militar audaz. Su idea consistía en mandar una tropa bien armada al Munster –actual Ulster– desde donde se sublevaría a la población local contra las fuerzas inglesas.
El plan fue aprobado y el 27 de junio de 1579 varios navíos zarparon desde el puerto de El Ferrol rumbo a Irlanda. La expedición partió con bandera pontificia y siempre gobernada en última instancia por Acquaviva y sus compañeros jesuitas. En un primer momento la revuelta triunfó consiguiendo que toda Irlanda se levantara en armas contra los invasores ingleses; pero la tardanza en el envío de refuerzos y la llegada de tropas mandadas por la reina Isabel I dieron al traste con la insurrección, que fue sofocada plenamente en noviembre del mismo año.
Aunque en aquel instante la credibilidad de los jesuitas no mermó en ningún sentido, siglos más tarde la situación iría tornándose en recelo. Con el paso del tiempo, la Orden creció hasta alcanzar los 50.000 miembros en todo el mundo. La seriedad que demostraban en su labor apostólica y docente les hizo merecedores de una gran credibilidad en todas las capas sociales. Y a medida que crecía su reconocimiento, también lo hacían sus bienes. Llegó un momento en el que los reyes europeos sintieron tanto temor del poder alcanzado por la Compañía que decretaron la expulsión de sus miembros y la confiscación absoluta de todas sus propiedades. Primero fueron expulsados de Portugal en 1759, luego lo serían de Francia en 1762 y más tarde de España en 1767 bajo el mandato de Carlos III. La situación llegaría a tal extremo que Clemente XIII firmó la disolución de la Compañía en 1773.
No sería hasta 1815 que resurgiría casi intacta y con la fuerza de antaño, participando en la revolución norteamericana.
Entre revoluciones
A finales del siglo XVIII el cargo de General lo ostentaba el italiano Lorenzo Ricci. Hombre astuto, sobre él pesa la sospecha de haber instigado la proscripción de la Compañía e incluso de simular su propia muerte. Pero fue en la revolución Norteamericana cuando su nombre resaltó especialmente porque, según diversos documentos, Ricci se reunió con nombres tan importantes como Benjamín Franklin en los días anteriores a la revuelta. Es difícil certificarlo con exactitud, ya que en los papeles y diarios se le menciona como “el profesor”, pero las descripciones del personaje aportadas por los testigos coinciden con Lorenzo Ricci, incluyendo el que mencionaran que fue una persona “con don de idiomas y de amplia cultura”.
No es descabellado pensar en la participación de los jesuitas en el nacimiento de los Estados Unidos porque sus miembros poseían grandes intereses comerciales en la zona. Desde ese instante, la Compañía tendría en los EEUU un nuevo campo de acción y no dejaría de participar en el desarrollo de la futura potencia mundial. El propio Lincoln lo intuiría durante la Guerra Civil. “Cada día siento de una manera más clara que no estoy luchando solamente contra los americanos del sur. Creo que detrás de ellos se encuentra el Papa de Roma, sus jesuitas y sus esclavos”, comentó a sus más allegados.
Los seguidores de Ignacio de Loyola siempre han gozado de una imagen de gente díscola e inconforme con la autoridad papal, por mucho que pronunciaran el cuarto voto de obediencia a su figura. No hay más que mirar a la procedencia de los principales predicadores de la Teoría de la liberación para percibir que tal movimiento se sustenta básicamente de jesuitas. Nombres como José María Castillo, antiguo profesor de Teología en la Universidad de Granada; Manuel Fraijó, ex profesor de la Universidad de Comillas; José María Díez, autor de varios libros censurados; Jon Sobrino, compañero del asesinado y también jesuita Ignacio Ellacuría, dan fe de ello. Todos han sido amonestados desde el Vaticano, y en ocasiones bajo pena de excomunión, por sus declaraciones en favor de un cambio radical en el seno de la Iglesia.
Sus voces críticas han reavivado la desconfianza que los últimos Papas fueron mostrando hacia la Compañía a la que ven como un poder paralelo, una fuerza indómita dentro del seno de la Iglesia.
Iván Rámila