Última actualización 22/11/2007@17:04:37 GMT+1
Manuel “el toncho” siempre dijo que Dios castigaba a los que en mitad de la noche llegaban ebrios a casa “partiéndoles con un rayo de cabeza a pies”. Y algo de razón hubo de tener este profeta urbano, porque cuenta la leyenda –y algunos noctámbulos que aseguran lo conocieron por los tugurios del Madrid de los Austrias–, que una madrugada, al ir a meter la llave en la puerta de su casa se revolvió como un loco contra unas chicas que paseaban por el empedrado, y abriendo los ojos cuanto pudo les espetó: “¡El fin del mundo está por llegar!”.
Para los demás no sé, pero para él, al instante de alzar el índice para dar mayor dramatismo a su amenaza, un rayo traicionero le atravesó de arriba abajo cuán largo era, y se lo llevó de este mundo, borracho como una cuba, tal y como profetizara tiempo atrás… Ésta y otras anécdotas giran entorno a la caterva bohemia que desde finales del XIX pobló ese viejo rincón de la gran urbe; visonarios, astrólogos, artistas… Cada uno en su mundo y todos a una navegando en su barco de miserias y decadencia. Eran los sabios de antaño, aquellos a los que el común de los mortales acudía para pedirles por el futuro, pero no a través de la bola de cristal, las cartas o la lectura de las manos. Estas gentes curiosas recurrían al humo de sus cigarros, a la saliva o a la forma de los papelillos para anunciar tal o cual tragedia. Era otra España, tan emergente de ortodoxia como anclada en sus creencias más aberrantes.
Hoy, los profetas modernos ya no viven al límite de sus posibilidades. Han sustituido la tasca por los lujosos despachos o las ropas raídas por trajes de alta costura. Drossnin, autor de El Código secreto de la Biblia o Lawrence Joseph, autor de Apocalipsis 2012 son un claro ejemplo de ello; con aspecto de ejecutivos estirados y un discurso más o menos similar: según sus estudios –estos sí avalados por las más modernas tecnologías–, el fin de esta era, de nuestra manera mejor o peor de concebir la realidad, en suma de esta cosa extraña que llamamos humanidad está cada vez más cerca. Y para ello que mejor que apoyarse en argumentos astronómicos y matématicos tan sólidos como los cimientos sobre los que los mayas construyeron sus arraigadas creencias o, en el caso del citado Drossnin, en los mensajes ocultos que se diluyen en el libro sagrado de los cristianos católicos. Si además lo tintamos con ciertas dosis de mesianismo y fatalidad, las ventas están aseguradas. Total, que anuncian el final de los tiempos en libros de éxito cuando todo parece indicar, en base a sus propias predicciones, que ni siquiera van a poder disfrutar de los beneficios que éstos les den. Otra burla del destino.
En fin, que ya lo saben: puede ser el mejor momento para pedir una hipoteca. Que disfruten del número…
Lorenzo Fernández Bueno