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Hemeroteca :: Edición del 01/12/2007 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 22/11/2007@17:04:07 GMT+1
Cuando la medicina estaba en mantillas, la gente de los pueblos recurría al poder sobrenatural de los dioses para aliviar sus achaques y miserias, buscando, elaborando y llevando consigo cachivaches, ramas, piedras, huesos o bolsas como si fueran infalibles preservativos contra todo mal. Algunas de estas tradiciones, aunque resulte sorprendente, siguen vigentes…
Podían ser objetos de distinta forma y sustancia en muchos de los cuales se solía grabar una figura, un símbolo, un jeroglífico, una palabra mágica o una oración votiva y siempre con la idea de atraer la salud o bien alejar los malos espíritus, las tormentas o las enfermedades del personal, extensible al ganado.
Tanta fe tenían en semejantes objetos que ya desde épocas paganas cuando pretendían edificar una ciudad o construir una vivienda se arrojaba a los cimientos del monumento o edificación un número indeterminado de amuletos con la idea de que preservarían el lugar de todo contratiempo y epidemia. Tal sucedió cuando el rey asirio Sargón II fundó el gran palacio de Korsabad, en Mesopotamia.
Estas creencias pasaron luego a otras culturas y religiones. En el cristianismo los objetos sanadores se empezaron a llamar reliquias, aunque seguían siendo amuletos o talismanes según su finalidad, y prácticamente valía cualquier cosa con tal de que tuviera sus efectos benéficos. De hecho, la superstición de “tocar madera” proviene de las peregrinaciones que se hacían en la Edad Media en busca de un lignum crucis, o sea, astillas, trozos de maderas o leños que en su día formaron parte de la auténtica cruz de Cristo. El que fuera verdad era otro cantar. Cuando entraban en la ermita o catedral de turno para rezar –e incluso tocar la reliquia–, se pensaba que ese poder sagrado se traspasaba al hombre de fe y le confería virtudes terapéuticas. Incluso monarcas y emperadores se proveían de cuernos de alicornios, figas o cruces de Caravaca para potenciar su salud, su virilidad o alargar su vida. Algún pontífice, como Juan XXII, aceptó de la condesa de Foix dos cuernos de dragón, supuesto talismán infalible contra los maleficios.
Jesús Callejo
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