Última actualización 15/10/2008@07:33:58 GMT+1
En contra de lo que muchos escépticos malinformados sostienen, Nostradamus no es un pasatiempos para crédulos estúpidos ni una moda propia de nuestra época. De hecho, se ha venido hablando de él y de sus predicciones desde antes de la muerte de este médico, alquimista y astrólogo, célebre ya en su época como consejero de varios poderosos, a los que anunció –velada pero certeramente– lo que les deparaba el futuro, como hizo al arrodillarse ante un pobre monje que mucho después iba a convertirse en el Papa Sixto V, o cuando anunció su propia muerte a un discípulo, a los 62 años y trece días después de dictar testamento.
Desde entonces, sus Centurias han recuperado su popularidad masiva cada vez que el mundo sufría un gran sobresalto y, aprovechando su fama, fueron utilizadas como un instrumento de guerra psicológica tanto por los nazis como por los aliados. Pero son muy escasas las ocasiones en que alguien ha anunciado con certeza un hecho venidero, tras interpretarlo de las Centurias. Todos sus presuntos aciertos han sido deducidos de las mismas después de que el hecho histórico se produjese. Esto ha hecho que mientras muchos se ríen de las mismas y de los crédulos que les prestan atención, algunos propongan incluso que éstas se referían, velada y exclusivamente, a anuncios y sucesos de su época.
Pero, más allá de esa estéril discusión, tras estudiar su vida y obra no tengo duda de que Michel de Nostre Dame fue un iniciado en la filosofía oculta, que estuvo tan en boga durante su vida, y perteneció a alguna sociedad secreta, como las que mencionamos este mes al hablar del mago de la reina Elizabeth I. Como tal, utilizó en sus escritos el llamado lenguaje verde, que era mucho más que una forma criptográfica de cifrar los mensajes –como las que explicamos fueron utilizadas en su siglo por ocultistas y espías– y del que hablaremos en otra ocasión.
Seguramente, sólo partiendo de esta certeza y estudiándolo conjuntamente con otros textos y libros de piedra –como las catedrales dedicadas a esa misma Notre-Dame venerada por los iniciados y cuyo santo nombre tomó por apellido el abuelo paterno de Nostra-Damus (astrólogo y cabalista, como su abuelo materno)–, podamos comenzar a descifrar el importante mensaje que nos legó. Y, para mí, dicha importancia se desprende de que –pese a los continuos ataques e interpretaciones erróneas– sus escritos no han perdido su fuerza arquetípica.