Enigmas y tradiciones mágicas de una gruta legendaria
Por José Manuel Frías
Última actualización 15/10/2008@07:29:18 GMT+1
Es uno de los enclaves turísticos más importantes de la provincia de Málaga, poseedor un rico pasado arqueológico en el que se mezclan culturas prehistóricas y huellas de los fenicios. Sin embargo, esta gruta oculta ciertos secretos: leyendas sobre tesoros escondidos y apariciones de atormentados espectros que vagan por sus lúgubres galerías.
En la zona comprendida entre el Rincón de la Victoria y la Cala del Moral, en la Axarquía malagueña, son visibles una serie de acantilados erosionados por los efectos del viento y del mar. En este lugar podemos encontrar decenas de cuevas, que sirvieron de refugio a los seres humanos primitivos.
Entre todos estos enclaves de la Costa del Sol, destaca con luz propia la conocida como Cueva del Higuerón o Cueva del Tesoro, uno de los puntos turísticos más atrayentes y mejor acondicionados de la provincia, por cuyos pasadizos cruzan cada día decenas de curiosos. No en vano, es la única gruta marina existente en Europa. Este «paraíso arqueológico» se formó a partir de las diversas corrientes de aguas subterráneas, la presión del mar y los golpes de las olas, a lo largo de millones de años, regalando a la vista un panorama de espectacular belleza.
En su interior se han resguardado gentes pertenecientes a civilizaciones tan diversas como la neolítica, la paleolítica o la fenicia. Además de contar con numerosas pinturas rupestres, en sus grutas han aparecido cerámicas y objetos de sílex, como hachas y puntas de flecha. En definitiva, más de quinientos metros de galerías y lagos que durante siglos han dado pie a leyendas e historias sobre tesoros escondidos, fantasmas errantes y diosas mitológicas.
LAS RIQUEZAS DEL EMPERADOR ALMORÁVIDE
Las primeras investigaciones contemporáneas en la cueva de las que tenemos referencias fueron llevadas a cabo por el arqueólogo Miguel Such, quién en el año 1919 comenzó a realizar diversas excavaciones que desenterraron abundantes restos de épocas neolíticas. Un año antes, en 1918, el investigador Henri Breuil descubrió varias pinturas rupestres, cuyas imágenes se publicaron en una popular revista francesa. Dichas indagaciones tenían el sano objetivo de conocer algo más sobre el enclave, aunque esos años se vieron enturbiados por las continuas visitas furtivas de buscadores de riquezas y reliquias.
En aquel entonces ya se conocía la leyenda que aludía a un valioso tesoro oculto en las profundidades de la gruta, por lo que las incursiones de aventureros atraídos por la codicia provocaron la destrucción de buena parte de sus restos arqueológicos. Incluso, en determinadas obras clásicas sobre la historia de Málaga, se narra una leyenda muy popular: la presencia en la Cueva del Tesoro de un espantoso animal que custodiaba las riquezas del lugar. De hecho, ya en el siglo XVII aparece reflejada esta tradición en una obra de Fray Agustín de Milla.
Pero, ¿de dónde procedería el presunto tesoro? Y, sobre todo, ¿cómo habría llegado a la gruta? Existen dos versiones diferentes. Según la primera, en los tiempos previos a la reconquista arribaron a las costas malagueñas cinco reyes mahometanos, cargados con enormes riquezas. Para evitar que tales tesoros cayeran en manos de los pobladores cristianos, los ocultaron en la cueva.
La otra historia, quizá con un trasfondo más real, es la que ofrece mayor credibilidad a los especialistas. Menciona la existencia de un tesoro, escondido en la cueva por el emperador de los almorávides Tasufín Ibn Alí, quién huía de las revueltas que estaban teniendo lugar en su tierra. Nos remontaríamos, por tanto, a los albores del siglo XII.
EL ESPECTRO DE ANTONIO DE LA NARI
El 15 de mayo de 1847 un suizo llamado Antonio de la Nari pisó España por primera vez. Era un estrafalario personaje que se definía a sí mismo como «descubridor y pionero». Pasó varios años buscando el tesoro en el interior de la cueva, por supuesto sin resultado positivo. Por desgracia, durante sus pesquisas abrió galerías utilizando barrenos de dinamita. Escritos de la época se refieren a de la Nari como un hombre arisco, siempre encerrado en la gruta, que sólo salía para comprar comida en las ventas de la zona. Su aspecto desaliñado, con la ropa raída por los roces de las rocas y una barba larga y blanca, hizo que los lugareños lo respetaran e incluso lo temieran.
Durante una de sus incursiones con barrenos, la explosión le provocó la muerte. Su cuerpo quedó destrozado por efecto de la deflagración. Desde entonces, las gentes del lugar «bautizaron» tanto al pozo que había abierto como a la propia gruta con el nombre de la «Cueva del Suizo».
Cuando se descubrió el cuerpo del desafortunado cazafortunas, muchos de los dueños de las ventas cercanas a la cueva aseguraron que había acudido a comprar comida días antes. Circunstancia imposible, tal como certificaron los forenses, pues llevaba fallecido bastante más tiempo.
Se dice que su espectro aun continúa vagando por los interiores de la Cueva del Tesoro, en su inmortal afán por encontrar lo que durante años anduvo buscando. Es más, hay quien afirma haberlo visto en épocas más actuales, deambulando con su inconfundible barba blanca. La propia gerente de la cueva, Elizabeth López, nos contaba que algunos visitantes le confesaron que habían contemplado la figura espectral de un hombre, del que sólo se apreciaba su cuerpo de la cintura para arriba. Todos los testimonios coinciden en señalar que la zona en la que tuvo lugar la visión fantasmal es la comprendida entre la recepción y las tiendas de souvenirs.
LA DIOSA DE LA LUNA
La persona que más profundizó en los misterios arqueológicos de la Cueva del Tesoro fue D. Manuel Laza Palacio. Su pasión por la misma le llevó a pasar allí –entre los años 1950 y 1980– largas jornadas de trabajo físico e intelectual, que plasmó en numerosos escritos, enormemente respetados por los actuales estudiosos de los misterios de la gruta.
Laza estaba convencido de que había hallado en las profundidades de la cueva uno de los principales santuarios prehistóricos del sur de España, en el que se adoraba a Noctiluca, diosa de la fecundidad, la vida y la muerte, representada por los fenicios como la Luna en sus distintas fases.
Hizo este descubrimiento en cierta ocasión que, caminando por los abruptos senderos laberínticos de la cueva, divisó una figura de piedra caliza, que aparentaba la forma de una mujer envuelta en un manto, con un gran ojo circular en lo que podría ser la cabeza. A los pies de la extraña imagen descubrió una especie de altar bicorne. En el suelo distinguió una mancha grisácea que, tras diversos análisis, resultó ser ceniza de huesos, lo que denotaba que en aquel lugar se habían llevado a cabo rituales en épocas prehistóricas.
Sin embargo, lo curioso es que la figura de la diosa Noctiluca no era producto de las manos del hombre, sino que se había formado como consecuencia de la fricción de las antiguas corrientes marinas contra la roca. Surgió así una figura que adoraron durante siglos los seres humanos neolíticos, los cuales veneraban a todos aquellos elementos con los que coexistían: el Sol, la Tierra, la Luna… En especial, esta última debió influir profundamente en sus creencias, pues es el astro más visible durante la noche.
Si dejamos volar la imaginación, podemos recrear en nuestra mente la impresión que se llevaron los hombres del neolítico al descubrir durante sus andanzas por el interior del Cueva del Tesoro, una sala enorme en la que destacaba aquella formación pétrea sobre un altar natural. Para ellos seguramente no hubo la menor duda: era la diosa que aparecía en el firmamento nocturno. Una deidad que aún se mantiene erguida y orgullosa en la sala que lleva su nombre: Noctiluca, la «señora» de la noche y de la Luna.
RECUADRO: HALLAZGOS EN LA GRUTA
Cuando allá por el siglo XVIII aparecieron en la cueva una serie de granates –piedras de silicato doble de alúmina y de hierro u otros óxidos metálicos–, y tiempo después se descubrieron en sus cercanías seis monedas almorávides, muchos recordaron la leyenda del tesoro. Desde luego, estos descubrimientos avivaron el interés de los ansiosos buscadores de riquezas ocultas. En tiempos recientes hubo más sorpresas en este sentido. Hace apenas un par de décadas, unas excavaciones dejaron al descubierto zonas taponadas artificialmente, en cuyo interior fueron halladas piezas de cerámica vidriada, similares a las encontradas en la cercana ciudad árabe de Bezmiliana, además de algunos talismanes protectores almorávides. ¿Estamos ante los restos de un verdadero tesoro o éste no existe más que en la imaginación de algunos?
¿LO SABÍAS?
Además del santuario en honor a noctiluca, diosa de la Luna y de la noche, descubierto en la década de los 50 por el investigador Manuel Laza Palacio en la Cueva del Tesoro, existen otros dos santuarios prehistóricos en el sur de España. Uno es el consagrado a la figura mitológica romana de Hércules, hijo de Júpiter y autor de los famosos «doce trabajos», que se encuentra ubicado en el Peñón de Gibraltar. El otro, dedicado a la diosa Venus Marina, puede contemplarse en el Cabo de Gata, en Almería.