Última actualización 15/10/2008@07:31:22 GMT+1
A finales de los años 40 tuvo lugar en Hollywood (EEUU) una persecución implacable contra todo aquel personaje del mundo del celuloide sospechoso de estar vinculado con el comunismo. Aquel triste episodio de la crónica estadounidense pasó a llamarse la caza de brujas, y supuso elfin de muchas y prometedoras carreras cinematográficas…
En los años 30 del pasado siglo Hollywood resplandecía como pocos lugares del planeta y toda la vorágine humana que lo habitaba –guionistas, actores, directores, buscadores de gloria, cazatalentos, magnates…– campaba a sus anchas por una ciudad, la “otra Babilonia”, en la que aparentemente todo estaba permitido. Nadie pensaba que un ataque de tal magnitud a la libertad de expresión iba a tener lugar en esa urbe que reflejaba como ninguna el ansiado sueño americano.
La gran caza de brujas hollywoodiense tuvo lugar entre los años 1947 y 1956, pero empezó a atisbarse mucho antes y se dejó sentir, aunque de forma más sutil, mucho tiempo después. El auge de los movimientos fascistas en Europa, unido al Crack del 29 que arruinó a la mayoría de los americanos, fueron el caldo de cultivo idóneo para un acercamiento de amplios sectores de la sociedad a las ideologías de izquierda y al comunismo.
En 1932 un presidente demócrata, Franklin Delano Roosevelt, alcanzaba el sillón presidencial de los EEUU, el mismo año en el que Hollywood sufría un importante varapalo económico que provocó que la patronal de los grandes estudios redujera los salarios de los guionistas nada menos que en un 50%. Debido a esta medida, fue fundado el sindicato Screen Writers Guild –SWG–, controlado por cineastas de ideología progresista. Una tercera victoria consecutiva de Roosevelt en 1940 tendría como consecuencia un giro radical a la derecha de amplios sectores, a la vez que se creaba en Hollywood la organización de corte ultraderechista Motion Picture Alliance for the Preservation of American Ideals, que aglutinaba entre sus filas a actores como Gary Cooper, John Ford o Robert Taylor. (continúa en ENIGMAS nº 145).
Óscar Herradón