El yacimiento neolítico irlandés continúa envuelto en el misterio
Por Manuel Velasco
Última actualización 15/10/2008@07:45:46 GMT+1
El Valle del río Boyne –Brú na Bóinne, en gaélico– debió resultar muy atractivo para las gentes del Neolítico. Además de una tierra fértil, aquí dispusieron de bosques espesos, repletos de madera y caza, depósitos de pedernal y un río que, además de la pesca cotidiana, les permitía aventurarse en el mar a bordo de sus rudimentarias embarcaciones de cuero. En definitiva, un lugar ideal para vivir. Pero, ¿era solamente esto lo que llevó a asentarse en este hermoso lugar a aquellos pobladores que construyeron un monumento con la envergadura de Newgrange?
El túmulo, templo solar o santuario de Newgrange se ha hecho célebre por su alineación solar con el solsticio de invierno. Para aquel pueblo megalítico debía ser ésa una fecha tan sumamente importante como para tomarse el trabajo de construir este enorme edificio (80 metros de diámetro por 12 de alto) como homenaje al sol naciente del año nuevo, que venía a simbolizar la continuidad de la vida, al dar paso a un nuevo ciclo anual.
Desde su construcción –sin contar los años en que la entrada estuvo derrumbada y Newgrange sólo era un montículo en medio del campo–, los primeros rayos del sol del 21 de diciembre entran por su puerta, rompiendo la oscuridad de la cámara central, después de haber teñido las paredes de un intenso color dorado. El proceso completo de este momento mágico –siempre que los rigores climatológicos lo permitan– tarda unos 20 minutos.
Desde que, casi por casualidad, se descubrió su existencia, se ha especulado con todo tipo de teorías que explicaran el sentido de este enclave: sitio de enterramiento para la realeza, templo solar, observatorio astronómico, lugar de rituales iniciáticos para los druidas, un homenaje a los ancestros, celebración de la fertilidad cuando el sol penetraba hasta el interior de la tierra... Y es posible que todas las especulaciones estén en lo cierto y que este gran centro megalítico haya servido para todo eso y más, en función de los distintos pueblos que fueron asentándose en el Valle del Boyne a lo largo de milenios.
La teoría que podríamos llamar más druídica tal vez sea la de que ese primer rayo de sol se llevaba a los espíritus de quienes habían fallecido a lo largo del año anterior, como un rayo «tractor» que los transportaría a un lugar donde serían preparados para una nueva vida. Eso hace pensar que incluso la entrada permanecería habitualmente cerrada, ya que se han encontrado dos bloques de cuarcita que encajan perfectamente en las dos aberturas de la misma; sólo se quitarían en determinadas ceremonias, e incluso es posible que únicamente en la del solsticio de invierno. En cualquier caso, fuera cual fuese el motivo, sus constructores dejaron muestras de una gran capacidad técnica y de excepcionales conocimientos astronómicos.
CUNA DE REYES Y PROHOMBRES DE LA SOCIEDAD
Los investigadores Cristopher Knight y Robert Lomas descubrieron que este monumento también está asociado a Venus ya que, cada 8 años, su luz penetra por la oquedad que hay sobre la puerta justo antes de que lo haga el sol. Esta abertura es tan pequeña y el pasillo está tan curvado que la tenue luz de ese planeta puede incidir en la completa oscuridad hasta iluminar la cámara. Teniendo en cuenta que Venus también está asociado a ideas de reencarnación, desde Egipto a los masones, es plausible que la cámara fuese un lugar para el parto de los futuros reyes, que así recibirían el espíritu de algún monarca recientemente fallecido.
Se han encontrado escasos restos de huesos humanos, lo que hace pensar que, como tumba, estaba reservada a individuos muy escogidos de su sociedad. Algunos arqueólogos piensan que, a lo largo de tanto tiempo y culturas diversas, y teniendo en cuenta la escasez de espacio, podría ser que los restos más antiguos, pertenecientes a otro pueblo, fueran retirados para introducir los propios, tratándose en todos los casos de difuntos de rango real –hay que tener en cuenta la proximidad de la colina de Tara, residencia de los Ard Ri, o Grandes Reyes de Irlanda–. Con todo, no puede considerarse a Newgrange como un simple cementerio.
RUTAS ESTELARES Y VIAJES CHAMÁNICOS
Los símbolos de las rocas que pueden verse en la entrada y alrededor de este enclave también han sido objeto de múltiples interpretaciones, desde el punto de vista meramente ornamental hasta la posible representación de rutas estelares del pueblo que las construyó o, incluso, mapas del «otro mundo» que guiasen a los druidas en sus viajes chamánicos; o que cumplían funciones similares a los mandalas orientales, de modo que los «hombres sabios» perseguirían la concentración a la hora de practicar ciertos rituales para acceder a determinados estados de consciencia. El uso de ciertos cantos y/o la ingestión de hongos alucinógenos u otras sustancias completarían el cuadro.
Se ha establecido la época de construcción de Newgrange alrededor del 3200 a. C. (mil años antes que la edad oficial de Stonehenge), en el seno de una sociedad próspera y pacífica. Ello permitió que se pudiese disponer de suficientes recursos, tanto humanos como materiales, para acometer el proyecto. Además de la mano de obra destinada a la tala de árboles y el transporte de las piedras hasta la cima de la colina, también hicieron falta trabajadores más especializados –una especie de ingenieros actuales–; sin olvidar a quienes grabaron las rocas con signos de difícil interpretación. En definitiva, un trabajo que bien pudo mantener ocupadas a varias generaciones.
Las piedras son de arenisca y cuarzo y fueron recogidas en un área amplia junto a la colina; para las de granito necesitaron alejarse hasta 80 kilómetros al sur. Las rocas más grandes –de las que hay más de cuatrocientas– miden alrededor de cuatro metros y pesan varias toneladas. Se supone que fueron trasladadas sobre plataformas de troncos; según se iba avanzando, los que quedaban atrás eran colocados delante, mientras muchos hombres tiraban de largas cuerdas. Y todo ello a través de un terreno boscoso. Una vez subidas a la colina, tuvieron que ser precisos algunos artilugios para izarlas y fijarlas en su sitio correspondiente. Claro que, como ocurre con la mayoría de monumentos megalíticos, siempre podría elucubrarse sobre la posibilidad de que dispusieran de algún tipo de tecnología que les permitiese mover las enormes masas pétreas con tal precisión. Seguramente, las piedras pequeñas fueron sacadas del lecho del cercano río y de los terrenos colindantes, pero tampoco hay que menospreciar su transporte, pues se calcula que suman alrededor de doscientas mil toneladas de peso.
Muchas piezas horizontales del exterior forman una especie de bordillo y están profusamente decoradas, a martillo y cincel, con infinidad de formas geométricas distintas, aunque destacan las espirales, una de las cuales, la formación triple que se encuentra en la piedra que precede a la entrada, se ha convertido en símbolo del centro Brú na Bóinne, desde donde parten las visitas.
SÍMBOLOS OCULTOS Y PIEDRAS SAGRADAS
Todas las imágenes son abstractas, sin que aparezca ninguna representación de personas, animales u objetos identificables. Curiosamente, muchas están grabadas por todas sus caras, lo cual hace pensar que, o las piedras podían virarse en determinadas épocas, o que hicieron falta nuevos símbolos y decidieron reutilizar la roca. También cabe la posibilidad de que quisieran que ciertos símbolos permaneciesen ocultos a los ojos de los vivos.
Al contrario que el exterior, la cámara precisó escasa restauración, aunque es fácil imaginar que han desaparecido muchos objetos de su interior (en el siglo XVIII algunos irlandeses buscaron calderos de oro supuestamente escondidos aquí). Destaca especialmente el techo, con largas piedras superpuestas que van haciendo la cúpula cada vez más pequeña, hasta llegar a la roca superior. Y todo está tan bien ensamblado, con la ayuda de una mezcla de arcilla y arena, que es completamente impermeable, lo cual ha ayudado mucho a su conservación a lo largo milenios.
También existe en la cámara una piedra granítica profusamente labrada. Teniendo en cuenta su tamaño, es imposible que fuese introducida tras la construcción del edificio. Quizá se tratara de una especie de piedra sagrada, en torno a la cual se edificó todo lo demás, tras haber cumplido sus funciones al aire libre, en lo alto de la colina.
UN LARGO Y PELIGROSO TRAYECTO
Los arqueólogos suponen que unos 4.000 años a. C. llegó a este valle un pueblo de granjeros, remontando el río Boyne, después de una travesía desde el sur de Europa y, probablemente, desde la Península Ibérica. Se han encontrado evidencias de barcos tipo currach (armazón de madera recubierto de cuero) de 10 metros de largo, capaces de transportar hasta 3 toneladas de peso; esto hace pensar que aquellos primeros pobladores quizá trajeron consigo incluso a los animales de sus granjas.
Ignoramos si tan largo y peligroso trayecto lo hicieron por algún designio de tipo espiritual, o huyendo de algún pueblo más fuerte que se asentó en sus antiguas tierras. En todo caso, el espíritu de supervivencia y de alcanzar una vida mejor estaba presente en ellos.
Utilizando sus hachas de piedra comenzaron a talar árboles, tanto para conseguir madera como para abrir tierras de cultivo. Y así comenzó un nuevo periodo para la vida de aquellas gentes. Y la comunidad sedentaria debió de ser tan próspera como para permitirse el lujo de tener muchos trabajadores erigiendo el enorme edificio, sin que tuvieran que preocuparse por las penurias de la supervivencia diaria.
La cultura que dio lugar a los monumentos en este valle se mantuvo allí unos cuantos siglos, para ser sustituida por otro pueblo conocedor del bronce –y que también introdujo los caballos–. Es posible que se mezclaran, prevaleciendo la superioridad tecnológica de los segundos; o quizá aquel otro pacífico pueblo desapareciese por completo. En cualquier caso, los grandes túmulos continuaron siendo un lugar sagrado de referencia para todos los pueblos que fueron sucediéndose, aunque el propósito original de sus misteriosos constructores ya se hubiese perdido.
RECUADRO: UNA RESTAURACIÓN TARDÍA
Durante miles de años, las ovejas pastaron libremente por Newgrange, pasando la propiedad del terreno de mano en mano. Hasta que uno de sus propietarios, Charles Campbell, en el siglo XVII, buscando piedras para construir una vivienda, encontró algunas en esta colina. Tras siglos de ignorancia y abandono, una antorcha permitió que los ojos humanos volviesen a ver el corredor que llevaba hasta la cámara. Aun así, pasarían varios siglos más hasta que por fin se reconoció la verdadera importancia del lugar; mientras tanto, quién sabe cuantas cosas habrán desaparecido o cambiado de sitio en este mágico enclave. Los trabajos de excavación y restauración no comenzaron hasta 1962, quedando completados en 1975. La obra fue dirigida por el arqueólogo Michael J. O’Kelly (1916-1982), que tomó la decisión de cómo debía de ser la fachada original, que estaba completamente derrumbada, y fue la primera persona en milenios en contemplar la entrada del sol en el solsticio de invierno.
RECUADRO: SONADORES DEL DILUVIO
En el libro sobre los pueblos megalíticos Soñadores del Diluvio (Oberón, 2001), C. Knight y R. Lomas señalan que los constructores de Newgrange necesitaron:
Agricultura para producir suficientes alimentos a fin de que la gente pudiera vivir en aquel lugar el tiempo necesario para completar tamaña empresa.
Especialización en las funciones del trabajo.
Proveedores de víveres, transportistas, talladores de piedra y expertos constructores.
Conocimientos de los movimientos del Sol a lo largo del año.
Habilidades constructoras y en el trabajo de la piedra.
Una visión que les guiara y les diera motivos para erigir esta impresionante estructura o un medio para incentivar a los trabajadores.
Cerca de dos millones de horas de trabajo invertidos en la construcción, en un contexto social que se supone de alta mortalidad infantil y con una expectativa de vida de unos 25 años.
Una organización que les permitiera completar proyectos que debieron durar más años que los de una vida media normal.
¿LO SABÍAS?
Existen numerosas leyendas acerca de Newgrange (Si an Bhrú, en gaélico). Se cuenta que, cuando los Tuatha de Danann se refugiaron en las colinas irlandesas –morada de los sídhe, criaturas elementales–, Newgrange le fue otorgada al dios Elcmar, casado con Boann, divinidad del río Boyne. Pero Dagda, dios del supremo conocimiento, se enamoró de ella y envió a Elcmar al Inframundo para así arrebatarle a la bella Boann. Fruto de esta unión nació Angus Óg, quien, más tarde, se convertiría en el Cupido céltico.