Última actualización 22/04/2008@11:31:11 GMT+1
La Asturias rural del siglo XVII fue testigo de excepción de las correrías de una “bruxa”, Ana María García, más conocida como “la Lobera”, que sembró el terror por aquellos pagos y dejó su sangrienta impronta en la memoria de las gentes humildes. Su nombre, todavía hoy, inspira respeto en las zonas más profundas del Principado…
Hasta finales del siglo XIX, las zonas rurales de la provincia de Asturias eran de las más aisladas de la península Ibérica. Sus impenetrables bosques y serpenteantes caminos se abrían, descuidados, entre las montañas, eran hogar habitual de supersticiones, mitos y leyendas que amenizaban, y en ocasiones aterraban, la vida de las gentes más humildes. En ambiente tal, donde la religión se mezclaba con creencias ancestrales y prácticas consideradas paganas, no era extraño que aparecieran figuras como la de Ana María García, “la Lobera”, que utilizaba sus conocimientos medicinales para “curar” a sus vecinos con ungüentos, pócimas y letanías que en otros lugares más poblados habrían despertado el recelo de las autoridades eclesiásticas.
En cuanto a la fauna característica de la región, una de las especies que más abundaba, causando estragos entre el pastoreo, era el lobo. Relacionado desde tiempos pretéritos con el mal –y origen de numerosas leyendas sobre licantropía, muy arraigadas también en el norte–, estos cánidos eran temidos y odiados a partes iguales por los lugareños. Desde la antigüedad se consideraba que el inquietante brillo de sus ojos provocaba el aojamiento o “mal de ojo”. Su presencia era patente incluso en grandes núcleos de población, como en Oviedo.
Acababan en ocasiones de forma atroz con vacas, rebaños enteros, perros e incluso caballos y es posible, según aventura Juan Luis Rodríguez-Vigil Rubio, quien fuera presidente del Principado de Asturias, y autor del estudio Bruxas, lobos e Inquisición, que la abundancia de estas fieras en tierras asturianas provocase que algunas de ellas se aficionaran incluso a comer carne humana. No era raro, por tanto, que alguien que se rodeaba de lobos fuese considerado un personaje en connivencia con el diablo.
(continúa en revista ENIGMAS Nº149)
Óscar Herradón Ameal