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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2008 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 16/07/2008@08:20:03 GMT+1
La tragedia ha vuelto a golpear a los de siempre, a los más ricos en carencias. Hace unas semanas, el ciclón Nargis acabó con la vida de más de 100.000 personas en Myanmar, la antigua Birmania. El cambio climático tiene, de nuevo, algo que ver.
Una crisis, por cierto, más grave que la económica de la que se discute ahora en los medios de difusión. Hay cosas que, por más que se repitan, no pierden actualidad. Desgraciadamente. Desde esta atalaya en la que nos asombramos con los descubrimientos científicos más maravillosos; soñamos con un futuro tecnológico y casi mágico decorado con proyectos científicos que hoy empiezan; o miramos atrás y hacemos balance del camino recorrido por nuestra ciencia; desde esta atalaya, les digo que es terrible tener que escribir, mes tras mes, sobre cómo el lazo de nuestra propia trampa se ciñe alrededor de nuestros cuellos. De cómo la amenaza de unas crisis ambientales conocidas desde hace años, se van haciendo realidad, implacablemente, y nos van pasando unas facturas cada vez más abultadas.

La última ha tenido un precio casi inimaginable: 100.000 fallecidos; 220.000 desaparecidos y entre 1,6 y 2,5 millones de personas “gravemente afectadas”, según la información facilitada por John Holmes, responsable de Asuntos humanitarios de la ONU. Unos datos mucho más fiables que los facilitados por la infame Junta Militar que controla Birmania, o Myanmar, como ahora se llama. Les hablo de los efectos del ciclón Nargis, que asoló a primeros de mayo buena parte del país. Una catástrofe que podría haberse minimizado si los gobernantes hubieran evacuado a la población tras los avisos de la formación del ciclón que la India llevaba dos días anunciándoles. No vamos a hablar de la lamentable actuación de la Junta Militar birmana, tanto antes como después de la masacre, impidiendo el acceso de la ayuda humanitaria y tratando de apropiarse de parte de los alimentos y medicinas para luego revenderlos.

Este tipo de cosas son las que venimos anunciando sobre los problemas que acarrea el cambio climático. Que la elevación de la temperatura en la superficie de los océanos va a agravar la potencia de los ciclones que sobre ellos se formen, es algo conocido desde hace años, como corrobora un trabajo publicado en la revista Sunday in Nature Geoscience. Desgracias como ésta o como la del Katrina serán cada vez más frecuentes, pues el calentamiento global hará que los ciclones que se formen sean más violentos.

Otro de los problemas más graves asociados a la pérdida de un clima estable, es que el régimen de lluvias y sequías va a cambiar. Lo está haciendo ya. Cada vez hay más agua en la atmósfera, pero cuando descarga no lo hace por igual en todo el globo: en algunas partes se producen sequías, y en otras inundaciones. Es un hecho predicho y va a tener muy graves consecuencias sobre uno de los problemas que más preocupan a la FAO: la escasez de alimentos, cada vez más acuciante –los precios agrícolas se han duplicado en los últimos dos años–. En la cumbre celebrada en Roma, el Secretario de la ONU pidió doblar la producción de alimentos para el 2030 –ahí es nada–, para tratar de paliar lo que es un problema en los países en desarrollo.

Se da la paradoja de que muchos de estos países desvían su producción de alimentos para dejar espacio a los cultivos del “oro verde”, las plantas empleadas en la fabricación de biocombustibles, por lo que en sus zonas rurales, llenas de cultivos... se pasa hambre.

Fernando Jiménez López
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