Historia ignorada
Última actualización 16/07/2008@08:26:56 GMT+1
El 17 de abril de 2001 será difícil de olvidar para los tranquilos habitantes de Rennes-le-Château. Un enorme camión con un sofisticado material de investigación a bordo, valorado en más de medio millón de dólares, aparcó en la plaza del pueblo junto a la decrépita rosa de los vientos que pende de una torre circular. En pocos minutos el ayuntamiento se llenó de extranjeros. ¿Qué venían a hacer allí?
En recuerdo de Jean Luc Robin, que habló hasta la saciedad y al que jamás dejaron hacer…
Eran tres especialistas canadienses que supervisaron las investigaciones ecográficas a la Gran Pirámide de Keops, en Egipto, cuatro arqueólogos de la John Merril Foundation –un organismo privado de Palm Beach, Florida, que financia diversas excavaciones por todo el mundo–, y el director de investigaciones, el profesor Robert Eisenmann, uno de los mayores especialistas en exégesis bíblica, autor de libros dedicados a los rollos del Mar Muerto.
La historia había empezado a finales de 2000. Por entonces, el alcalde de Rennes-le-Château, Jean-François Lhuilier, recibió una carta firmada por Jean-Louis Genibrel, un misterioso ciudadano americano residente en la localidad de Long Beach, en California, que aseguraba ser bisnieto de uno de los albañiles que erigió la torre Magdala allá por el 1900. Según la información que obraba en su poder, bajo los cimientos de la construcción se enterraron, “al menos, una caja y otros objetos” que podían resolver el enigma de Saunière. Lhuilier no le dio demasiada importancia. Tentado estuvo de echarla a la basura. Tengamos en cuenta que, desde que accediera a la alcaldía, el consistorio recibe alrededor de una decena de cartas anuales que aseguran conocer el paradero del tesoro de Saunière. Sus remitentes suelen dirigirse al ayuntamiento para conseguir los permisos de excavación, ignorando que las autorizaciones dependen directamente de la Dirección Regional de Asuntos Culturales (DRAC), al frente de la cual se halla el obispo de Carcasona. Hemos de recordar que las prospecciones arqueológicas en el pueblo y alrededores fueron prohibidas en 1965 por la DRAC debido a los abusos y a la utilización de explosivos. Una enloquecida fiebre del oro atrajo hasta este bello paraje a decenas de buscadores de tesoros y personajes sin escrúpulos que no dudaron en dinamitar los lugares donde sospechaban se escondía el “tesoro” de Saunière.
Un cofre y dos tumbas
Lo que distinguió a Genibrel de otros era su perseverancia. Poco tiempo después telefoneó al alcalde. Al parecer las explicaciones proporcionadas por Genibrel convencieron al alcalde. La Merryl Foundation emplearía el GPR –Ground Penetrating Radar–, un sistema de prospección no invasiva que propaga ondas electromagnéticas en el suelo y permite estudiar las incoherencias de los materiales. Esta técnica ha sido empleada, por ejemplo, en la Gran Pirámide para explorar las posibles cavidades o cámaras secretas que pudiera contener.
Pero lo que ninguno de los investigadores esperaban es que sus movimientos iban a ser vigilados por una comisión muy “especial”. Nos referimos a tres italianos liderados por la teóloga Serena Tajé. Esta mujer, según nos confesaría en otra de nuestras incursiones al pueblo el especialista Jean Luc Robin –ver cuadro–, fue comisionada por el Vaticano para conocer “antes que nadie” la naturaleza de los descubrimientos y obrar en consecuencia.
Sin saberse “vigilados” los expertos de la fundación comenzaron su trabajo. Penetraron por la puerta que da acceso a la parte baja de la Tour Magdala y aplicaron el georadar a los cimientos de la construcción. La tensión planeaba en el ambiente cuando, de repente, la pantalla del sofisticado instrumento dibujó una silueta. El júbilo estalló entre los investigadores y las autoridades locales. Tal como aseguraba Genibrel en su escrito, a unos cuatro metros de profundidad había “algo” enterrado. La pantalla del ordenador no engañaba. Mostraba un paralelepípedo de 90 cm de alto por 103 de largo. ¿Qué podía ser? ¿Tal vez un cofre? Las medidas y su forma, desde luego, estimulaban la imaginación de los más escépticos. ¿Contendría los enigmáticos documentos sobre los que tanto se ha especulado en las últimas décadas? Resultaba difícil contener la ilusión.
El profesor de arqueología antigua Andrea Barattolo señalaría más tarde a la prensa que “el analizador de Rayos Gamma señalaba que el cofre no contiene ningún metal”. Pero aún había más. Tras digerir la sorpresa los expertos se trasladaron al interior de la iglesia de Santa María Magdalena. Atravesaron el umbral, recorrieron el largo pasillo de losas ajedrezadas que dibujan los bancos y empezaron a rastrear bajo el altar. El moderno instrumento localizó una cripta tapiada a sólo dos metros y medio por debajo del nivel de la nave y, junto a ella, dos tumbas que, forzosamente, serían anteriores al siglo V.
Como se explica en el libro El tesoro oculto de los templarios la existencia de una cripta en la iglesia se intuía desde hacía tiempo aunque –según nos precisó Robin– su acceso estaba cegado por toneladas de tierra y escombros. ¿Quiénes pudieron ser enterrados allí? (continúa la información en revista ENIGMAS nº 152).
Lorenzo Fernández Bueno y Josep Guijarro