Última actualización 26/09/2008@09:12:50 GMT+1
La luz del oxidado candil iluminó ténuemente la estancia; era parte de la magia, elemento vital del rito ancestral que allí se iba a celebrar. Y entonces se oyeron pasos. Las estrechas callejuelas veían roto su silencio. Mientras, tres sombras solitarias se afanaban en esquivar los haces mortecinos de los centenarios faroles que se clavaban entre las piedras de los encalados muros. Era noche de Luna, propicia para iniciar la contienda… Así, protegidos por el viento de la serranía atravesaron el umbral de la casa. Allí, un cuarto protagonista les aguardaba envuelto en una nube de incienso, frente a una mesa que haría las veces de altar, atiborrado de imágenes de santos, guirnaldas, acebo, algo de hiedra y un copón de copal que el “oficiante” se trajo de uno de sus viajes al Cono Sur.
Los recién llegados esbozaron una mueca de estupor, que rápidamente dio paso a un alivio que se antojaba necesario. Y así, cogiendo de la mano a la muchacha más joven, oculta por un grueso mantón de tela negra, la situó a su vera, y descubrió su rostro. Estaba pálida; sudorosa… y observaba cansada los recovecos de la pequeña habitación desde la profundidad de unas ojeras cetrinas y cargadas de dolor. No pronunció palabras; en realidad no hizo falta, porque su expresión era el reflejo de un padecer que la atenazaba desde hacía meses; desde que participara, curiosa como era, en una sesión de oui-ja durante su estancia en Francia. Fue el inicio de ese calvario para él que por fin parecía haber hallado solución.
Relevante es pero no conveniente ahondar en los detalles de la barbarie que se desencadenó en cuestión de horas entre aquellas cuatro paredes. A veces es de agradecer que éstas sean mudas, porque de lo contrario los gritos y el sufrimiento serían insoportables. Satanás poseía su alma. O al menos eso es lo que dijeron los “expertos”. Y por ello recurrió a los “saberes” de un curandero que por estas tierras tenía fama “bien ganada” de sanar las enfermedades del alma, esas para las que la medicina no tiene bula; que se enquistan como la fe más fundamentalista; esas que finalmente conducen a un desenlace fatal…
Éste, sin que sea preciso dar nombres y apellidos, ni fechas ni lugares, forma parte de la cronología más oscura de nuestras temáticas. La “víctima” feneció con saña, brutalidad y mucho sufrimiento, porque estaba “poseíada” por el diablo, ese mismo que encontró su puerta de acceso a través de un triste tablero plagado de letras y números; o de un ritual de invocación en el que se pretendía atraer a las fuerzas del mal; o vaya usted a saber por qué otra cuestión de insondable respuesta. Sea como fuere, aquella joven murió reventada, envenenada por sustancias varias que pretendían purificar su espíritu corrupto, dando el visto bueno a la crueldad que se hizo palpable una noche de infausto recuerdo. Y entre medias una oui-ja…
Porque la oui-ja, como casi siempre, poco tuvo que ver en el diagnóstico que aquel desalmado realizó una madrugada plena de infortunio, esa misma en la que el destino negro, en el que casi siempre hay que creer, campó a sus anchas por las viejas callejas de este barrio de historia milenaria. Pero sí hizo de puente para que el más cruel de los demonios, encarnado como siempre en rostros humanos, paseara libremente cometiendo la más terrible de las fechorías…
Lorenzo Fernández Bueno