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Hemeroteca :: Edición del 01/10/2008 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 26/09/2008@08:41:53 GMT+1
El rentable “negocio” surgió hace siglos, casi desde el mismo instante en el que Jesús murió en la cruz. Y ya no desapareció. Las reliquias continúan siendo objetos codiciados por la leyenda sobrenatural que los rodea. Por eso, los modernos ladrones no escatiman recursos para hacerse con una de ellas. Así es como actúan…
Cuando en el siglo III d. de C la religión judía derivó en el actual cristianismo, la antigua máxima bíblica de “quien toque a un cadáver será impuro durante siete días” –Números 19, 11–, dejó de tener sentido. Los seguidores de Jesucristo comenzaron a ver las reliquias de su Mesías y de los santos como una manera de acercarse físicamente a Dios. Un interés que aumentó al difundirse la creencia de que esos dedos, restos de los maderos de la cruz, pelos, sábanas santas… irradiaban un poder sobrenatural, una energía benéfica que actuaba sobre las personas que se acercaran a ellas. No hacía falta ni siquiera tocarlas, sólo mirarlas.

El problema estribaba en que no se conservaba una sola reliquia anterior al siglo III. Dio igual, “milagrosamente” los sacerdotes fueron descubriendo o fabricando toda una larga lista de elementos pertenecientes a Jesús, a sus apóstoles, a los lugares por los que pasaron o los utensilios que emplearon, según los relatos bíblicos. Así fue como afloraron los clavos de la crucifixión, la piedra en la que Moisés rompió las Tablas de la Ley, las tinajas que albergaban el agua que Jesús convirtió en vino, la Verónica, la columna de la flagelación; más miembros amputados, gotas de sangre, ropajes de santos.

No importaba que tales objetos se repitieran, que existieran más de 30 clavos de la crucifixión o, incluso, que se elaboraran réplicas. En aquellos tiempos funcionaba lo que se denominaba brandea o palliola, es decir, la impregnación de una reliquia elaborada por contacto con la original. Lo verdaderamente importante era la fe que se depositaba en ellas. Y a tal extremo llegaba que en cuanto fallecía un monje con fama de santidad, diversas ciudades y monarcas se disputaban la posesión de su cadáver y bienes personales. De esta práctica al robo sólo hubo un salto. Ya en el 614 d. de C. el rey persa Cosroes II se apoderó de Jerusalén saqueando cuanta reliquia encontró. De sus templos se llevó el cáliz con el que Jesucristo celebró la Última Cena —¿el Santo Grial?–, la cruz donde murió y la Santa Lanza, aunque posteriormente serían recuperadas y devueltas a la ciudad.

(continúa la información en revista ENIGMAS Nº 154)

Iván Rámila
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