Última actualización 26/09/2008@09:13:18 GMT+1
Los espejos, las sombras como imágenes especulares, la propia mala sombra… son algunos de los puntos que aborda nuestro colaborador Javier Navarrete en su último libro, La magia del espejo (Zenith, 2008).
El alma, ese aliento que nos constituye y representa, se extrovierte y, en ciertas ocasiones se da un garbeo fuera de nuestro cuerpo. Lo hace mientras soñamos, dejando atrás su morada carnal sumida en una especie de animación suspendida, pero su proyección extracorpórea adopta muchas otras formas.
El reflejo de nuestra imagen es una de ellas, y de ahí el agua y el espejo como demostración y soporte de ese peligroso desdoblamiento. También se nos va el alma en la negra silueta de la sombra que nos desdobla, y en el retrato, y en el doble que nos repite fuera de nosotros mismos. En todos estos casos, algo sutil escapa de nuestros cuerpos, nos abandona para cobrar presencia ante nosotros convertido en otro yo que nos observa, en un duplicado que nos desafía. Su simple existencia autónoma, independiente, separada del cuerpo que la proyecta, lleva implícita nuestra negación, nuestra propia extinción. Desalmados, morimos.
La antigua cultura egipcia tenía una compleja doctrina sobre el alma y la vida después de la muerte, con sucesivas elaboraciones desde los tiempos prehistóricos que fueron añadiendo nuevas concepciones. Con frecuencia, los postulados más modernos contradecían a los anteriores, pero esta paradoja no anulaba el valor de las creencias, dando lugar a una acumulación de ideas diversas que se mantenían en vigor.
En los tiempos más primitivos, tras la muerte, el alma del difunto vagaba por el entorno de la tumba, sobre todo durante la noche. El desierto se poblaba de espíritus y demonios que atacaban a los vivos y también peleaban entre ellos en un oscuro y aniquilador combate. El mayor deseo de los deudos no era que su familiar difunto alcanzara un cielo todavía inexistente, sino que se convirtiera en el más feroz y despiadado de los espíritus, aptitudes que le permitirían sobrevivir en esas difíciles circunstancias.
El alma se identificaba con el ka, una especie de doble etéreo que permanecía vinculado al cuerpo, retornando a él con cierta regularidad. La concepción de un destino celestial donde el alma de los difuntos se reuniría con Osiris convirtiéndose en una divinidad es bastante tardía, pero incluso cuando ya existía ese final feliz para los muertos, se creía que aun así el alma regresaba de vez en cuando a su cuerpo abandonado. De ahí la costumbre de embalsamar los cadáveres, tanto para purificarlos como para dar un asiento duradero al alma transeúnte. El mismo sentido tenían los alimentos que se incluían en las tumbas, algunos de ellos igualmente momificados, necesarios para el vigor del ka. Cuando el cuerpo se deterioraba irremisiblemente, entraban en funcionamiento las estatuas que, cómo réplicas del difunto, se incluían en los enterramientos. Ellas servían de asentamiento al ka. Con idéntico fundamento se depositaban espejos en las tumbas, pues se suponía que el alma también encontraba asiento en la reflectante superficie. Se colocaban en el sarcófago, en la propia mano del difunto y formando parte del ajuar funerario. Siendo un doble del fallecido, el ka se resguardaba en el espejo, matriz de todos los dobles, de todas las imágenes duplicadas. El espejo, como la estatua funeraria, era un sustituto del muerto.
En las pinturas que decoran una tumba de Tebas se representa a una niña que ofrece un espejo al difunto, con la expresa indicación: “Para tu ka”. Espejo y alma, como ya sabemos, vienen asociados desde los más remotos tiempos y las más antiguas culturas. Con el Imperio Nuevo, el alma se identifica con la sombra, representada por la silueta de un cuerpo o de un parasol, instrumento creador de éstas. Según los textos que conforman el Libro de los Muertos, el espíritu del difunto tenía que vencer muchas y difíciles pruebas antes de alcanzar la morada de Osiris, enfrentándose en su tránsito a terribles monstruos. Uno de ellos tenía como nombre “Devorador de Sombras”, recogiendo la identidad del alma con la sombría silueta cuyo viaje amenazaba.
Tanto da que sea doble, gemelo, imagen reflejada, sombra, retrato… todas estas formas son representaciones del alma que escapa del cuerpo, y anidan en el espejo, fuente y a su vez refugio de todas las réplicas. Por tanto, hay que cuidar cada una de estas proyecciones de nosotros mismos, para que no sean dañadas o robadas. La herida o sustracción del alma supondría la muerte de su repentinamente deshabitado propietario.
La mala sombra
Todo lo dicho anteriormente sobre los peligros de la imagen reflejada es aplicable a sus sucedáneos de sombra y doble. Sin embargo, cada forma tiene sus matices y da lugar a sus peculiares creencias. Al igual que evitaban el reflejo de su imagen en el agua, los antiguos habitantes del Nilo procuraban que su sombra tampoco se meciera en el río, ya que si un cocodrilo la atrapaba, sus cuerpos quedarían heridos o muertos. En la Grecia clásica, los sacrificios en honor a los muertos se realizaban al mediodía, cuando la posición del Sol hacía que los cuerpos no proyectaran sombra, para evitar los riesgos que ésta entraña. En la cultura china, entre las características de los seres inmortales figuraba el no generar sombra, dada la permeabilidad de sus cuerpos que permitía a los rayos del Sol atravesar su materia. Según las creencias de los pueblos siberianos, la sombra era una de las tres almas que posee el hombre, y constituía tabú pisar la que emite otra persona, no tanto por el daño que se pudiera causar a su propietario como por la posibilidad de que esa alma oscura atrapara al incauto que la había pisado. Frazer recoge muestras de estas tradiciones en los rincones más dispares del mundo. La sombra es el alma o, cuando menos, una emanación sensible de nuestro espíritu, de manera que si se la agrede con una lanza o un cuchillo, su propietario sufre el efecto de esas heridas. Los brujos, como siempre, son expertos en estos trabajos, pero no hace falta caer en manos de profesionales para sufrir daños sombríos. En Arabia bastaba que una hiena pisara la sombra de un ser humano para que su propietario quedara paralizado y sin poder hablar. En muchas regiones, ni siquiera los animales estaban libres de estos riesgos. Cuando el ganado enflaquecía sin motivo aparente, seguramente se debía a que alguna alimaña los desangraba a través de su sombra. Ni los propios dioses estaban a salvo si no cuidaban su sombra. Una tradición budista narra el viaje que realizó Sankara, es decir, Siva, al Nepal. Allí tuvo una discusión con el Dalai Lama. Para amedrentarlo con sus sobrenaturales poderes, Sankara voló por los aires en plan amenazador. El Gran Lama no se asustó. Esperó a que la sombra que proyectaba en su volatinera trayectoria se le acercara ondulando por el terreno y, cuando la tuvo a mano, clavó en ella un cuchillo. Herida e inmovilizada por ese ancla que la fijaba en tierra, provocó que Siva se precipitara contra el suelo, rompiéndose el cuello en la caída. Dada la sutileza de este asunto, existen situaciones especialmente delicadas en las que hay que mantener la sombra a resguardo. Una de ellas tiene que ver con entierros y funerales y, en general, con los momentos en que una muerte ajena anda cerca, y un alma, errante y desencarnada.
En China, cuando se velaba a un difunto, se ponía cuidado en que la sombra de los presentes no se proyectara sobre la caja en el momento de cerrarla. Si quedaba encerrada en el féretro, su propietario enfermaría hasta la muerte. La costumbre establecía, llegado ese peligroso momento, que los deudos abandonaran la habitación mientras se ponía la tapa, para no correr riesgos. Peor lo tenían los sepultureros, encargados de bajar la caja a la fosa. Alcanzado el cementerio, porteadores y operarios se situaban precavidamente en el lado de la sepultura que les permitía recibir el Sol de frente para que su sombra se prolongara a la espalda, lejos del hoyo que sería la definitiva morada del fallecido. Aun así, para evitar descuidos y sujetar férreamente la sombra al cuerpo, se anudaban a la cintura una apretada tira de tela, convencidos de que eso amarraba a su fugitiva silueta, impidiéndola caer en la fosa y quedar enterrada con el muerto. Siendo emanación vital de quien la proyecta, la sombra está animada por el carácter y la intención de su emisor. Eso hace que, en ocasiones, en lugar de ser pasiva y vulnerable, se convierta en potencial agresora. Es decir, las personas que son peligrosas por algún motivo proyectan a su vez una sombra peligrosa, y las de mal agüero, mala sombra. La sombra del asesino puede dañar si te toca, la del enfermo contagiarte su mal y la del brujo embrujarte. De ahí viene precisamente la expresión “tener mala sombra”, que se aplica a quienes albergan malas intenciones o llevan el gafe consigo, infortunio que transmiten a quienes sombrean. Esto complica el asunto sobremanera porque ya no se trata tan sólo de preservar tu sombra de posibles ataques, sino de hurtar el cuerpo a las pálidas siluetas que se acercan reptando por el suelo cargadas, quién sabe con qué negros propósitos. La tradición ha seleccionado a determinados personajes a cuya sombra uno nunca debe ponerse. Incluye a las personas aquejadas de lesiones y deformidades, como los jorobados. A los tachados de atraer la mala suerte. A enlutados, como viudas, viejas y curas ensotanados.
La suegra peligrosa
No se libra la mujer del atávico concepto que la hace impura, y si la sombra de cualquier hembra puede traer todo tipo de infortunios, se dice que la proyectada por la que está menstruando emponzoña, al igual que, según afirmaba Aristóteles, su mirada empañaba el espejo con una bruma de sangre. Hay mujeres y mujeres y, entre todas ellas, la emisora de la más peligrosa sombra es la suegra. La catalogación de esta figura familiar como un ser aterrador y fuente de calamidades para el yerno viene de antaño y, en algunos lugares, ha generado creencias sorprendentes.
Entre las tribus indígenas de Australia, el tabú que prohibía cualquier tipo de comunicación entre suegra y yerno incluía el contacto físico, la conversación, la mirada y, por supuesto, la sombra. En ciertas comunidades, bastaba el descuido involuntario de una conversación banal entre ambos para que, ante el cúmulo de catástrofes que tal hecho acarrearía inevitablemente, no quedara otra solución que el suicidio de alguno de los dos. Con el manejo de las sombras había que ser extremadamente cuidadoso. Si, por algún descuido, la sombra de la suegra caía sobre el yerno, el hombre quedaba abocado a un futuro de penurias y quebrantos insoslayables. Si ocurría al contrario y el yerno sombreaba a la suegra, el divorcio era obligado y la esposa volvía con su familia. Como se ve, éste no era asunto que admitiera bromas. En casi todas las culturas, la construcción de una casa tiene algo de sagrado. Por un lado, será la morada familiar, el cobijo de paredes y techos que dará seguridad, alegría y prosperidad a sus habitantes. Por otro, la ciencia de la construcción implica unos conocimientos técnicos elevados y, durante muchos siglos, su actividad fue considerada sagrada y las cofradías de constructores se emparentaban con las Órdenes secretas. Esto hacía que fueran corrientes los rituales encaminados a fortalecer mágicamente la casa, tanto en su resistencia arquitectónica como en su capacidad de atraer la buena suerte y rechazar la mala. Hasta tiempos bien recientes, en Grecia y en otros lugares era costumbre sacrificar un gallo o un cordero para regar con su sangre la primera piedra, enterrando el cuerpo de la víctima bajo ella. Eso daba fortaleza a los cimientos y mantenía sólidamente alzada la vivienda, convirtiendo a la presa sacrificada en espectro protector del hogar. Obviamente, cuanto más importante y vigorosa fuera la víctima, más efecto tenía el mágico ritual. En esa competición de méritos, el sacrificio humano era, sin duda, el que ofrecía mejores resultados, y así se hacía en épocas pasadas. En tiempos más evolucionados, ya no hacía falta recurrir a tales medios. Bastaba con la sombra, esa emanación que contiene la energía vital de la persona a la que pertenece. El constructor moderno se buscaba la maña para que alguna persona le acompañara a la obra y, cuando le enseñaba la cimentación, medía disimuladamente su sombra tendida en el suelo. Luego, alejado ya el incauto, el arquitecto escribía las medidas en un papel y las enterraba en los cimientos. Se suponía que el vigor anímico de la sombra quedaba atrapado en los datos de su talla, fortaleciendo la construcción. También se daba por sentado que el propietario de la sombra así usurpada moriría antes de un año, aunque en Rumania sólo le daban cuarenta días de vida. Emparedar la sombra sustituyó al más engorroso procedimiento de hacerlo con el cuerpo titular, y surgieron los avispados comerciantes de sombras, personas que se dedicaban a medir con paciente exactitud la impalpable silueta de paseantes desprevenidos y vecinos descuidados. Los tallajes eran vendidos posteriormente a los constructores, que pagaban un buen precio por las almas atrapadas en esas medidas para enterrarlas en los cimientos de sus obras. Con este procedimiento se lograban dos objetivos. Por un lado, el de dar fuerza al edificio con la vitalidad de la sombría entrega. Por otro, el de conseguir un eterno guardián de la morada, ya que el espíritu atrapado en las medidas de la sombra preservaría de intrusos su obligada residencia. En Transilvania, pasear por donde se estaban construyendo viviendas constituía casi un suicidio, y era frecuente escuchar algún anónimo grito que alertaba al desavisado: “Cuidado con que cojan tu sombra”. El folclore de Europa central está cuajado de historias sobre sombras emparedadas que, tras provocar inevitablemente la muerte de su dueño, fulminan también a quienes se acercan a su encierro. En las regiones que comparten estas creencias, la posición del Sol determina la realización de muchas actividades. Ya hemos visto que en Grecia los sepelios se efectuaban al mediodía, hora en que la posición cenital del Sol hacía que los cuerpos generaran escasa sombra y, por tanto, se aminoraba el riesgo de que ésta quedara accidentalmente sepultada en la fosa. Sin embargo, en Malasia se actuaba precisamente al contrario, y los entierros nunca se celebraban a esa hora. Siendo la sombra emanación vital de quien la emite, su escasez se identificaba con la debilidad de su dueño. A menos sombra, menos fuerza y energía se atribuía a quien tan escasamente la emite, de manera que no se consideraba buen momento para andar de entierros, pues el alma del muerto podía aprovechar esa momentánea debilidad para arramplar con la desfallecida penumbra anímica de los vivos, o para introducirse en sus cuerpos. La creencia estuvo muy extendida en zonas ecuatoriales, donde el Sol cae a plomo al mediodía reduciendo la sombra a un tímido proyecto. La gente se resguardaba en sus casas al llegar esa hora para no exponerse al público cuando más vulnerables resultaban, evitando que enemigos y vecinos envidiosos se aprovecharan de su debilidad. Mejor dormir la siesta y esperar a que los rayos solares adoptaran un ángulo más favorable. Una leyenda indígena ecuatorial mantiene viva la tradición. Habla del gran guerrero Tukaitawa, cuya fuerza aumentaba y disminuía al ritmo con que se alargaba o acortaba su sombra. Comenzaba el día pletórico de fuerza, que iba menguando conforme el Sol recorría su camino en el cielo. Al mediodía, cuando alcanzaba su cenit, Tukaitawa quedaba prácticamente exánime. Después iba recuperando vigor conforme su sombra se alargaba de nuevo con la luz del atardecer. Un enemigo descubrió este secreto punto débil del poderoso guerrero. Sigiloso, siguió a Tukaitawa esperando el momento oportuno. Al mediodía, cuando la desaparición de su sombra mostraba la flojera que le dejaba inerme, le dio muerte sin dificultad.
El diablo robasombras
La creencia de que la sombra muestra la pálida presencia del alma es muy antigua. Su penumbra contiene nuestra impronta vital. En la cultura grecolatina, representaba la parte de nuestra alma más cercana al mundo material, a nuestra personalidad corpórea. La sombra era la neblinosa presencia que los muertos dejaban atrás, el fantasma que se apegaba a la tierra alimentando nuestro recuerdo y permitiéndonos el contacto con el más allá por su mediación. La Edad Media, con el poder alcanzado por la Iglesia y su doctrina, fue la época dorada del demonio. En el combate desencadenado entre las fuerzas de la luz y las de la oscuridad por hacerse con el alma de los mortales, el diablo estaba en todas partes, manejando su torcido poder para ganar la batalla. Y si la sombra era el alma, o una pálida emanación de la misma, constituía precisamente la presa codiciada por Satán. En la mentalidad medieval, la sombra era la parte anímica más unida a la materia, al cuerpo, a la tierra. Tanto que, siendo el alma una sustancia invisible, la sombra, por el contrario, se hacía visible y repetía la forma de nuestro cuerpo como si retuviera sus valores materiales. En la Edad Media surgió en Europa un juego de naipes llamado “sombra del Hombre” que se utilizaba con fines adivinatorios. En su título recogía la creencia de que la emanación sombría del individuo, siendo anímica, conectaba con el pasado y el futuro.
Tras la oscura silueta
Las peripecias de la umbría silueta que nos desdobla han sustentado numerosas narraciones urdidas en torno a estas creencias tradicionales. Unas veces, la sombra no es más que un pasivo y vulnerable apéndice convertido en manjar predilecto del diablo. Otras, se convierte en activo agente de quien la proyecta, hechizando e incluso dando muerte a quien cubre con su gris veladura. Además de alma, la sombra es una oquedad que nos replica, un fantasma extrovertido de nuestro propio cuerpo que, como la imagen que nos repite en el espejo, permite que nos veamos aunque no enseñe el rostro. En muchas ocasiones, esta réplica se independiza del todo, se divorcia de su dueño como un negro reflejo que rompe su vínculo adquiriendo personalidad propia. A fin de cuentas, el individuo y su sombra forman un dúo de opuestos que representan la luz y la oscuridad. Somos, también, ese oscuro vacío que contradice nuestra luminosidad. Todo es dual como nos enseñó el ditirambo Dioniso, incluyendo nuestra propia naturaleza. El agua y el espejo nos lo recuerdan con incansable tozudez, y la pálida imagen que nos acompaña repitiendo cada uno de nuestros gestos se une a ellos en el mismo empeño. En el contexto de nuestra propia y precaria identidad, la sombra es nuestro lado oscuro donde alientan las pasiones y las culpas, el puchero en el que hierve la potencia del inconsciente. Unas veces nos salva y otras nos pierde. En cualquier caso, hagamos lo que hagamos, no podemos vivir sin esa parte sombría, al igual que no puede el desalmado vivir sin alma. En 1814, el poeta y botánico alemán de origen francés Adelbert von Chamisso escribió una narración en prosa titulada La maravillosa historia de Peter Schlemihl, reforzando la problemática identidad entre sombra y alma. En sus páginas, Peter negocia su sombra con el diablo tal y como Fausto empeñaba su alma en trueque. Utilizada como simple moneda de cambio, la sombra no tiene mucho protagonismo. Sin embargo, cuando el doble sombrío decide actuar por su cuenta, las cosas adquieren una dinámica más variada. Una de las sombras famosas en ese sentido es la de Peter Pan, el volatinero personaje creado por el escocés James Matthew Barrie en 1904. Su cuento fue llevado al cine de animación por Disney en 1953. En alguna visita a casa de Wendy y sus hermanos, en un tranquilo barrio de Londres, Peter Pan, el niño que no quería crecer, extravió su sombra. En esta historia, el garbeo independentista de la sombra no es más que una jugarreta, una escapada para experimentar la sensación de alzar la mano cuando su dueño la baja, de correr cuando está quieto, de levantarse cuando se tumba. Una experiencia sorprendente para ambos y potencialmente desasosegante, aunque en el cuento de Barrie sirva sólo para crear una divertida escena. Aun así, manifiesta esa vocacional tendencia de la sombra a desligarse de su dueño, rompiendo la simétrica pleitesía para negar el gesto duplicado y alcanzar una vida propia. Ese “otro yo” de umbría sustancia desliga entonces sus dos palabras, pasando a ser más “otro” y menos “yo”, posibilidad que constituye uno de nuestros más atávicos temores. El miedo a que nuestra dualidad se escinda en dos unidades autónomas, peleonas y enfrentadas es el núcleo de numerosas narraciones. Y de otras tantas pesadillas, porque no siempre triunfa el original. En la mayoría de las ocasiones es la sombra, esa oscuridad que se nos parece, la que gana la batalla y domina a su antiguo dueño…
Javier Navarrete