Última actualización 21/10/2008@12:59:32 GMT+1
Las máscaras son casi tan antiguas como el hombre mismo. En la vida y en la muerte éstas participan de la magia, y a través de ellas el hombre ha luchado contra los espíritus y ha tomado contacto con los dioses. Muchas de ellas, aún hoy en día, siguen infundiendo terror por sus supuestos poderes sobrenaturales.
Las máscaras son una representación universal y primitiva de las fuerzas arcaicas. Pueden tratarse de espíritus de la naturaleza, de dioses, de muertos, de antepasados. Suelen tener rasgos extraños, a veces repulsivos y temibles, otras, grotescos. Pero la verdad es que en cualquiera de estos pueblos consideran que esos semblantes de fantasías desbordantes o de visiones de horror tienen una procedencia real. De hecho, cuando un hombre se enfunda una máscara de espíritus en las fiestas o celebraciones de culto, bien sea en las tribus africanas, en las de Oceanía o incluso en las de culturas indígenas americanas, se mueve de forma atávica y sin coordinación. Luego empieza a saltar y a bailar de una manera furiosa y hacen su aparición las convulsiones, en medio de las cuales puede atacar a los presentes, a la vez que gime y emite incomprensibles palabras silbantes o cortantes. El ritual puede llegar a intensificar tanto su sensibilidad que al final el portador acaba por identificarse con las fuerzas espirituales, se siente apoderado y poseído por ellas y ambos, hombre y máscara, acaban fundiéndose en uno solo, adoptando los rasgos del espíritu que ha entrado en él.
Las máscaras no tienen un único origen. Han aparecido en culturas, sociedades y países distantes entre sí en el espacio y en el tiempo. Han acompañado al hombre a lo largo de su existencia, desde sus ritos iniciáticos hasta los funerarios; en su trabajo agrícola con rituales para la siembra o la cosecha, en sus juegos, en sus ceremonias preparatorias para las guerras y, por supuesto, en sus actos religiosos. Son uno de los primeros inventos del hombre que surgen de la necesidad de conseguir alimentos y de defenderse de las amenazas reales o sobrenaturales que se le presentaba.
El hombre primitivo descubrió que al disfrazarse podía confundirse con la naturaleza, hacerse parte de ésta, de manera que podía manipularla al creer que poseía las fuerzas mágicas necesarias para conjurar cualquier efecto negativo que lo perjudicara.
La máscara es un objeto religioso y al mismo tiempo profano; ésta pierde su función primigenia a medida que los pueblos acceden a la civilización y las convierten en objetos de espectáculo. A pesar de ello, aún existen sociedades donde la máscara sigue viva, especialmente en las danzas populares y los carnavales.
(continúa la información en revista ENIGMAS nº 156)
Eugenio Vallvé