Última actualización 24/10/2008@13:23:47 GMT+1
A finales del siglo XIX y principios del XX se produjo un curioso fenómeno colectivo en muchos países europeos: cientos de niños y mujeres tuvieron visiones de la Virgen. ¿Hubo factores culturales, políticos y religiosos que propiciaran el fenómeno? ¿Acaso tuvieron que ver las circunstancias socio-económicas de los visionarios y sus rasgos psicológicos?
Los historiadores de las apariciones han señalado que el novedoso esquema emergente en el siglo XIX, con predominio de mensajes marianos y la visión de la Virgen casi de forma exclusiva, marcó un cambio cualitativo e incluso la creación de un nuevo estilo en este tipo de visiones. Hay consenso en que tal creación surgió a raíz de tres apariciones que tuvieron lugar en Francia en un periodo inferior a treinta años, a saber:
1) En 1830-31, la novicia Cathérine Labouré tuvo una serie de visiones en su convento parisino de Rue du Bac, en las que la Virgen le solicitaba que grabara una medalla para conmemorar el evento.
2) En 1846, dos vaquerillos, Mélanie Calvat de 14 años de edad y Maximin Giraud de 11, informaron haber tenido una visión en el remoto pueblecito alpino de La Salette en Isère. En esta aparición la Virgen proclamaba la ira de Dios por la impiedad de la región.
3) En 1858, se produjo la aparición de la Virgen a la pastorcilla Bernadette Soubirous en la gruta de Massabielle cercana al pueblo pirenaico de Lourdes. A lo largo de dieciocho apariciones independientes, la Virgen se presentó como la Inmaculada Concepción y llevó a la niña a un manantial de agua curativa pidiendo que se construyera una capilla en el lugar.
Según explica el investigador David Blackbourn –basándose en los trabajos fundamentales de René Laurentin, Bernard Billet, Paul Galland y A. Neame–, “en Lourdes se fusionaron todos los elementos de la aparición clásica moderna: la sencillez del vidente pobre, la entrega de un mensaje, el escepticismo inicial del sacerdote parroquial, la reacción hostil de las autoridades civiles, las alegaciones de curas milagrosas y finalmente la creación intencional de un culto oficial por parte de la iglesia”.
El último punto de todo lo anterior, es decir, el apoyo o negativa eclesiástica, fue sin duda esencial para la difusión del fenómeno colectivo que discutimos. Hubo apariciones como las de Pontmain (Francia, 1871), Pompei (Italia, 1876) y Knock (Irlanda, 1879) que fueron reconocidas oficialmente por la Iglesia, pero no se sabe gran cosa de cientos de otras, en su mayoría en Italia y Francia, pero también en otros países europeos como España, Normandía, Polonia y Bohemia. ¿Habría que dudar de la buena fe de los videntes no reconocidos de forma oficial? Tanto unos como otros presentan rasgos similares respecto a la psicología individual y las circunstancias en las que se produjeron las visiones y, sobre todo, acaso más importante que investigar la buena o mala fe consciente de los jóvenes protagonistas sea prestar atención a los impulsos inconscientes que motivaron las experiencias visionarias, a pesar de que muchos creyeran en su día que se debían a la intervención divina. También hubo muchos testigos que las atribuyeron a alucinaciones, supersticiones o designios del diablo. Sólo Lourdes disfrutó de una carrera brillante y sirvió de modelo para aquellas que consiguieron superar las primeras fases de escepticismo y terminaron por obtener el apoyo de la comunidad y en última instancia de la iglesia. Las similitudes entre ellas son abrumadoras. (continúa la información en revista ENIGMAS 155).
Isabela Herranz