Enrique de Vicente
Última actualización 26/11/2008@12:35:32 GMT+1
Este mes les mostramos dos facetas de Egipto como cuna espiritual del cristianismo. Recorremos los escenarios que habría caminado la Sagrada Familia, según la Iglesia Copta, en la que creen uno de cada diez egipcios. Y resumimos las sorprendentes coincidencias entre la figura de Jesús y el resucitado Osiris o su hijo Horus.
Las pistas que hoy podemos encontrar sobre una posible iniciación de Jesús en los misterios egipcios son escasas, pero aun así resultan reveladoras, pues apenas existen referencias históricas a Él durante el siglo que siguió a su muerte. Tanto esto como sus paralelismos con otros muchos dioses encarnados, muertos y resucitados, llevó a que algunos cuestionaran su existencia como personaje real, una hipótesis hoy descartada por la historiografía. Pero, en mi opinión, resulta más fácil entender dicho vacío por la sistemática destrucción de todos los documentos inconvenientes para sus tesis, llevada a cabo por la corriente cristiana que se instaló en el poder. Y aunque ésta intentó erradicarlas como heréticas, hubo otras concepciones que veían a Jesús como el Hijo de Dios: un Hombre que fue capaz de encarnar la conciencia divina, una idea similar –entre otras muchas– a las doctrinas hindúes de los avatares y de los buddhas.
A la luz de esta idea se comprenden mejor las mencionadas coincidencias. Porque son muchos quienes hoy sostienen que avatares como Krishna o Rama fueron personajes históricos, posteriormente mitificados. Aunque sería más adecuado decir que todos ellos encarnaron un mismo arquetipo y siguieron el sendero del Héroe que trasciende la condición humana.
Según la Tradición secreta, Jesús habría dado en Egipto algunos de los pasos más importantes en ese camino de perfección, convirtiéndose en el más glorioso heredero de su sabiduría. Mucho antes de que se descubriesen los manuscritos del Mar Muerto, ésta sostenía que había sido educado entre los esenios, conocidos en Egipto como terapeutas y descendientes de una Hermandad fundada en Luxor por Tutmosis III. Su iniciación en los Antiguos Misterios –enriquecidos en Egipto durante milenios– le habría preparado para una misión única, que tendría extraordinarias consecuencias: convertirse en un vehículo humano perfecto, capaz de acoger al Cristo cósmico. Y así sería como Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros, abriendo la Puerta que nos permitiría trascender este mundo ilusorio y mostrándonos el Camino para alcanzar la Verdadera Vida.