Última actualización 22/12/2008@09:27:33 GMT+1
España es plural y diversa. Casi todo el mundo se mostraría conforme con esa afirmación. Pero lo que resulta menos conocido, y sin duda provoca controversia, es pensar que en la península Ibérica hubo tierras, reinos y hombres que se perdieron para siempre y cuyas historias se disolvieron como azucarillos en el café de la leyenda y el mito.
Afirman algunos que Noela, nieta de Noé, fue fundadora de Noia, localidad gallega. Y otra tradición ancestral sitúa en el Norte de la Península a Túbal, hijo de Jafet y nieto también de Noé. ¿Cómo es posible semejante relato? La razón es simple: dicen que un día remoto lo vieron llegar en barco, como no podía ser de otro modo, y remontó un río hasta llegar a Bares.
Aunque parezca increíble, la hipótesis tubalita es una de las más manoseadas a la hora de explicar el origen de las razas peninsulares, y autores como Ptolomeo, Plinio o Estrabón escribieron el nombre de ese patriarca atribuyéndole la fundación de Noega (Gijón). Así, una vez más, la progenie de Noé se hace instructora de antiquísimos pueblos.
Sería larga la ristra de autores que se deslizaron por esa creencia, además de sostener que de la lengua de aquellos colonizadores nació un idioma perdido que era el que chapurreaba media Península en tiempos tan herrumbrosos.
Por supuesto, resulta difícil aceptar semejantes presunciones, pero enarbolo la idea que Sánchez Dragó acaricia: “La toponimia derivada de Noé no demuestra el desembarco de éste en las costas cantábricas, pero sí el arraigo que en ellas alcanzaron las tradiciones diluviales”. Y si admitimos esa idea como buena nos vemos abocados a lidiar con una nueva interrogación: ¿por qué tuvieron tal arraigo esas leyendas en Galicia, Asturias y Cantabria? ¿Cuál es el origen de esos cuentos engordados junto al fuego del invierno, perpetuados en tantos topónimos? ¿Jugamos a filólogos baratos diseccionando el nombre de pueblos y montes, o hay fundamento para esas jácaras de viejas?
Mariano Fernández Urresti