Última actualización 27/01/2009@09:05:41 GMT+1
Escribo estas líneas cuando faltan pocas horas para que Barack Hussein Obama jure –sobre la misma Biblia que ya utilizara Abraham Lincoln en el año 1861– el cargo para el que ha sido elegido por millones de norteamericanos, con el apoyo moral y espiritual de cientos de millones de personas de medio mundo que de manera abierta han visto en este hombre de raíces africanas –echando un inmediato vistazo generacional atrás, allí donde en los albores del tiempo nació la humanidad–, una especie de mesías que ha de comandar el ansiada “transformación”, no sólo económica o social; hablamos de una escala superior que parece exclusiva a personas como él. Es posible que estemos asistiendo a un cambio amable; y es posible que el encargado de hacerlo sea el que, cuando esta revista esté entre sus manos, ya haya pasado a la historia como el presidente número 44 de la primera potencia mundial.
Da la sensación de que al fin salimos –o al menos es lo que se palpa en el ambiente etéreo de las creencias–, de una densa oscuridad que hace 76 años tomó nuestras conciencias; que convirtió el siglo XX en el más siniestro y espantoso desde que el hombre es hombre. Toda esa ignominia cayó en la presencia de un ser atroz que, pese al tiempo transcurrido, sigue deparando miedos y pesadillas. Es, al contrario de Barack Obama, el hombre que asumió gustoso el rol que sus enemigos le atribuyeron: la encarnación del mal en su estado más puro; el anticristo capaz de sumir al planeta en un caos tal que a punto estuvo de acabar con él. Aquel lejano año de 1933 Adolf Hitler era nombrado canciller del III Reich, y esa fecha habría de ser recordada como el inicio de la hecatombe que anuló mentes y abocó a la humanidad al abismo de la vergüenza; de igual modo que ha de ser recordado el 20 de enero de 2009 como el opuesto, el comienzo del cambio que no por lento ha de dejar de producirse; la llegada de esa nueva era que los esoterista –los de verdad, no esa ralea que se pasea por determinados programas de televisión echando cartas y adivinando futuros inciertos– llevan siglos propugnando.
¿Qué habría pasado si el 20 de julio de 1944 a la una de la tarde, en el cuartel general del Fürher en Prusia Oriental, el coronel alemán Stauffenberg hubiera logrado consumar con éxito la “Operación Valkiria”? ¿Cómo se habría escrito la historia del siglo XX? Podemos suponer pero no lo haremos, porque es evidente que si los aliados contaban con el apoyo de poderosos “magos” como el británico Aleister Crowley, no menos “poder” aglutinaban los asesores de Hitler, esos mismos que como ideólogos esotéricos que eran, idearon la ciudad mágica de Germania, o creyeron hallar en los símbolos del pasado la génesis de una raza que por primigenia era perfecta y además cuna de su cultura; un pueblo que adoraba a unos dioses que para los jerifaltes del régimen nazi habían de ser restituidos, pues éstos eran más legítimos que el Cristo judío o el Alá musulmán. De ello hablamos en este número; hablar no es hacer apología –que el carácter humanista de esta revista está fuera de toda duda–, sino apostar porque momentos así no vuelvan jamás…
Por el bien de toda la humanidad.
Lorenzo Fernández Bueno