Enrique de Vicente
Última actualización 28/01/2009@11:15:46 GMT+1
Acabo de asistir a un momento excepcional de la Historia. No sólo es que un hombre del pueblo, hijo de un inmigrante africano, nacido en la isla de Hawai, casado con la nieta de esclavos afroamericanos, haya sido elegido como presidente de la mayor potencia mundial. Es que encarna un arquetipo, muy similar al del Héroe Salvador o el Gran Monarca del que hablan muchas tradiciones proféticas: nacido en una isla lejana, surgirá de la nada para realizar la utopía, haciendo revivir la tierra yerma. Si las políticas de sus predecesores demócratas Roosevelt y Kennedy fueron conocidas como Nuevo Acuerdo y Nueva Frontera, la Nueva Era anunciada por el Elegido debería serlo como Nueva Esperanza. Porque ha llegado al poder con la ayuda de millones de personas anónimas que esperan el Gran Cambio, conseguida a través de Internet, bestia que rige nuestra Aldea Global junto a la Televisión, gracias a la cual en todo el mundo se ha podido asistir a su proclamación. Y ésta se llevó a cabo en Washington, ciudad concebida como un verdadero talismán por sus masónicos fundadores, construida según la geometría sagrada y cargada de símbolos zodiacales y herméticos, para convertirla en el mágico epicentro de la República Utópica soñada por los iniciados. Su toma de posesión tuvo un significado que escapó a nuestros ojos, pero conmovió nuestro espíritu, pues esa es la función del mito y del símbolo: en un momento de máxima necesidad, un hombre del pueblo, encarnaba un arquetipo y activaba un talismán. Está ahora en sus manos luchar hasta la muerte para realizar esos ideales de libertad-igualdad-fraternidad o bien rendirse ante la aplastante realidad que le rodea y venderse al Poder. Y la peor trampa aquí puede no ser el interés material, sino el firme propósito de realizar sus proyectos, poseído por un peligroso complejo mesiánico. En árabe, Barack significa «el Bendito» y Hussein «el Bueno», además de ser el nombre del único nieto del profeta Mahoma; pero Obama, del dialecto africano de su abuelo, se traduce como «el Torcido»: he aquí la inquietante dualidad que implica su nombre.
Su mandato durará hasta un mes después de la fecha profética que marca el calendario sagrado maya. Resulta esencial lo que haga Obama durante estos cuatro años. Pero eso no significa que nuestro futuro esté en sus manos. «Nosotros, el pueblo» –palabras que destacó en su discurso y con las que empieza la Declaración de Independencia– somos los responsables de nuestro destino y del planeta en que vivimos.