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Hemeroteca :: Edición del 01/03/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 26/02/2009@09:21:59 GMT+1
La casualidad, o la causalidad, que en estos casos es el concepto más apropiado, quiso que Juanjo Benítez y F. Jiménez de Oso oyeran hablar, en aquel lejano año de 1990 –y en la capital de Chile–, de unas momias que se custodiaban en una gran ciudad del norte, fronteriza con Perú. La curiosidad de ambos pudo más que los variados motivos que desaconsejaban aquel trayecto, y tras cargar parte del equipo de rodaje partieron en un minibús con destino a Arica. El viaje fue largo; dos días con sus respectivas noches con dos chóferes turnándose en la conducción cada doce horas, recorriendo la costa oeste de Sudamérica. Atrás quedaron las localidades de Antofagasta, Iquique, y casi sin pretenderlo penetraron en el desierto más árido del planeta, el de Atacama, conscientes de que un mal pinchazo o cualquier otro imprevisto, aquí podría resultar fatal.

Pero sabían que seguían la senda correcta, protegidos por aquellos que antes que ellos hicieron rutas similares, ávidos por alcanzar otras metas de igual valor. Así, al llegar a Arica pudieron atestiguar que el misterio se desparramaba por los cerros cercanos. Las laderas de estas montañas abrasadas por el Sol les recibían repletas de geoglifos, monumentales como los de Nazca y quién sabe si de la misma antigüedad. Trazos tan consistentes como para haber aguantado el paso de los siglos, y tan evidentes como para que, a vuelo de helicóptero, pudieran ser grabados por la fría lente de la cámara. “Es la primera vez que son rodados, y ustedes los primeros en verlos”, aseguró el gran doctor Jiménez del Oso antes de dar paso al hallazgo que les había traído hasta este apartado lugar. Desapercibidas, gritando a una arqueología comandada por personajes que demuestran estar sordos, las momias de Arica hablaban de un pasado fascinante, común a pueblos de aquel tiempo –y de otros– que jamás interconectaron, con técnicas depuradas en el arte de la momificación, el afán del hombre por tocar la eternidad. Pero éstas, además, hablaban de una antigüedad tal que sobrecogía, porque de ser correctas las dataciones se hallaban frente a las momias más viejas de la Tierra, quién sabe si las primeras, con algo más de siete mil años; muchos más que las primigenias de Egipto.

Fue todo un reto que casi veinte años después nosotros retomamos, haciendo parada en Arica, y cruzando la frontera para perdernos en las pampas del Perú, allí donde las momias miran a los ojos del viajero desde sus cuencas vacías, soportando los envites de ese viento que inmisericorde va desgastando sus rostros de marfil. Son los guardianes del Valle de la Muerte, uno de los lugares más fascinantes, más misteriosos, y más aterradores del planeta. El lugar donde, todavía hoy, es posible atisbar la esencia de la inmortalidad…
¿Qué más se puede pedir?

Lorenzo Fernández Bueno
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