Viaje por tierras vetonas en la frontera hispano-portuguesa
Última actualización 02/03/2009@16:58:12 GMT+1
Juan Ignacio Cuesta
Duero, Douro o Durius flumen para los romanos… Hay quien cree que su nombre viene del oro transportado a través de su cauce. Realmente, la raíz es antiquísima, de origen indoeuropeo, anterior a los celtas, y simplemente significaría agua. En sus orillas, los hombres se relacionaron con lo sobrenatural de muy diversos modos, como sucede precisamente en los llamados Arribes del Duero, uno de los paisajes más grandiosos de la península Ibérica… Continúa en la revista.
La ruta que recorreremos tiene un pórtico siniestro e inquietante, relacionado con saberes esotéricos u ocultos. Lo hemos elegido porque está en el corazón de la Helmantica romana, o sea, la universitaria Salamanca de Fray Luis de León.
Un imponente «verraco» nos marca la ruta. Los vetones, celtas, sembraron el Occidente ibérico de estas deidades propiciatorias de la fertilidad en forma de toros, uros o jabalíes, a los que realizaban sacrificios de todo tipo, incluidos los humanos. Son los santuarios de la llamada a partir de ahí vettonia.
Las agujas de las catedrales románica y gótica se elevan por encima de nuestras cabezas. Y debajo encontramos el antro mágico conocido como la «cueva de Salamanca», de la que se dice que fue fundada por Hércules. Se trata de la antigua sacristía de la iglesia de San Cipriano o Cebrián, un auténtico lugar de poder conocido desde la más remota antigüedad. Ha inspirado leyendas tan interesantes como la que analizó uno de los primeros estudiosos del misterio, el escéptico fraile Benito Feijoo.
Resumiendo las distintas versiones, estaríamos ante un aula donde el mismísimo Satanás impartiría clases a ciertos alumnos de la universidad salmantina. Versarían sobre quiromancia, geomancia, astrología y otras disciplinas que, suponemos, debían administrarse a siete aprendices durante siete años. Una vez iniciados, se marcharían todos, menos el último, que quedaría allí como criado del «Príncipe de las Tinieblas».
Cuentan que el marqués de Villena, el más ilustre y conocido entre ellos, se valió de un ardid para no cumplir el pacto. Salió a la puerta cuando el sol estaba en lo más alto. Así confundió al demonio, que sólo pudo apoderarse de su sombra. Una treta utilizada anteriormente por otros personajes, generalmente clérigos, como nos contó el antropólogo Julio Caro Baroja. La realidad es que se sospecha que «Satanás» no era otro que un sacristán, de nombre Clemente Potosí, quien, desde luego, sí enseñaba los saberes esotéricos. Así lo sostiene el experto Francisco de Torreblanca.