Última actualización 25/03/2009@14:28:12 GMT+1
Es posible que ese y no otro fuera el secreto que permitió a los templarios alcanzar las cotas de poder que, cuentan los cronistas, tuvieron en los apenas doscientos años que, oficialmente, perduró la milicia. Orden para mantener a raya a un ejército de más de 30.000 caballeros, amén de escuderos y sirvientes, artesanos y albañiles; monjes con bula para matar, muchos de ellos herederos de las tesis de Pedro el Ermitaño, el fanático guía que tiñó de sangre los caminos de Tierra Santa con su “cruzada de los pobres”. Y temple para ser capaces de sajar al infiel en nombre de la cruz, provocando carnicerías que de la mano de los pontífices les acercaban más al cielo, y a la vez de negociar amigablemente con esos mismos que en tiempo de guerra se convertían en sus más fieros enemigos. Así eran las cosas por aquellos días, tan polémicas, controvertidas e hipócritas como pueden serlo hoy mismo.
Evidentemente, de asuntos tan manidos como puede ser elucubrar sobre los verdaderos motivos fundacionales de la Orden, sobre el origen y “aspecto físico” de su no menos mítico tesoro, sobre su relación con el Grial o el Rex Mundi… No vamos a volver a hablar. Sin embargo, sí de otros aspectos, de conclusiones novedosas y certeras, a las que llevan años de reflexión y estudio. Y es que si nos alejamos geográficamente –no mucho, todo sea dicho–, de Tierra Santa, atravesamos la Península del Sinaí, el Canal de Suez, y pisamos las ardientes arenas del país de los faraones, es posible que la larga estela de los templarios aparezca impresa en más de un lugar, tal y como sugiere en su magnífico artículo el historiador y escritor Mariano F. Urresti, y que precisamente lo que allí buscaron los díscolos monjes, fuera el origen de su primera incursión en Jerusalén, cuando el rey Balduino les cedió cortésmente las cuadras del templo hierosolomitano; porque, es probable que sus objetivos nada tuvieran que ver con el loable planteamiento de defender a los peregrinos en su arriesgado periplo por los caminos de Palestina, y sí más bien con el de iniciar la búsqueda de algo que, oculto bajo las ruinas del templo salomónico, estaba íntegramente relacionado con los viejos dioses de Egipto.
Yo, hace años, encontré esa huella templaria sobre las paredes del templo de Philae, en el Lago Naser, cuando el ocre de la arena da paso a la mancha verde de Sudán, donde se sitúan las fuentes del gran Nilo. Allí, narran los mitos egipcios, se refugió la diosa Isis para criar y proteger a su hijo Horus de su malvado tío Seth, hermano y asesino del omnipresente Osiris. Vamos, que se trata de un lugar muy especial que por cuestiones que desconocemos fue visitado, siglos después, por los caballeros de la cruz paté, cuando, todo sea dicho, era el único centro religioso en el que aún se continuaban practicando los antiguos cultos isíacos.
Sea como fuere, la relación de los templarios con Egipto es más que evidente, aunque el admitirlo pueda parecer una perogrullada. Porque, ¿qué gran civilización, pueblo o colectivo con poder de nuestro pasado no se vio atraído por la magia que desprendía –y desprende– esta cultura? Descifrar su misterio ha sido un reto constante para propios y extraños en los últimos milenios; y da la sensación de que, al menos en parte, los templarios consiguieron hacerlo…
Lorenzo Fernández Bueno