Última actualización 24/03/2009@09:24:29 GMT+1
“Una mujer está sentada sola en una casa. Sabe que no hay nadie en el mundo: todos los otros seres han muerto. Golpean a la puerta…”. Este cuento de T. B. Aldrich resume la sensación de incertidumbre que experimentan las personas que se disponen a dormir en un castillo que alberga “fantasmas”. Y no son pocos los edificios con estas características.
Algunos han visto un filón en estas historias y las añaden como un plus para reforzar un mercado inmobiliario destinado al alquiler de casas que incluyan dentro de su ajuar medieval un vetusto fantasma con solera –ya lo dice el refrán: “Fantasmas y fantoches a troche y moche”–. Y los castillos son el lugar ideal para ellos. Algunos se han convertido en lujosos hoteles y otros son museos que sus dueños abren al público y, de paso, aprovechan para contarles historias trágicas o con tintes románticos, que incluyen la condenación de algunos de sus antiguos habitantes a vagar eternamente por sus corredores. En España, esta circunstancia puede echar para atrás a los timoratos, al contrario que en Escocia o en los Estados Unidos, donde consigue el efecto contrario: sus habitaciones se alquilan con más rapidez y se cotizan al alza las mansiones con “fantasma”.
No hace mucho tiempo se publicó una lista de seis mansiones encantadas que se ponían a la venta. Todas ellas a precios astronómicos y todas con historias reales o inventadas sobre “los otros” moradores del inmueble: los espectros que seguían allí después de haber sufrido una muerte violenta. El castillo de Bran, al que popularmente llaman el castillo de Drácula, es uno de ellos y eso que nadie ha visto a Vlad Tepes merodear por sus almenas buscando nuevas víctimas para empalar. La familia Habsburgo –miembros de la depuesta Familia Real de Rumanía– son sus nuevos dueños y se han decidido a sacar partido a esa leyenda que flota sobre el castillo, poniéndolo a la venta por 50 millones de euros.
Hay quien busca con ahínco estos lugares y hacen lo posible por pasar allí una noche por un módico precio que da derecho a susto y a una dosis extra de adrenalina. Pues la fantasmogénesis, hoy por hoy, contribuye a hacer caja: sus historias son un recurso turístico de primera y tras la noche de marras, con o sin fantasmas arrastrando cadenas, más de uno cuenta por escrito su experiencia a sus amigos. Algo parecido ya hizo el escritor Robert Bloch con un cuento de terror titulado Cuaderno hallado en una casa deshabitada en el que el protagonista, un niño de 12 años, escribe contrarreloj un manuscrito relatando sus horribles experiencias. Termina de manera abrupta: “Mirad las moscas y sabréis lo que vi, lo que me da miedo, lo que espera para atraparos, a menos que lo sepultéis para siempre bajo tierra. Marcas negras de medio metro de anchas. Pero no son manchas. En realidad son ¡huellas de dedos! Han derribado la puerta…”.
Para los morbosos profesionales, adictos a las películas de terror, recomiendo leer cuentos de esta clase, los de Maupassant o Poe pueden servir, dentro de la habitación de un castillo medieval donde el folclore del lugar asegure que se sigue manifestando un espectro que se resite a abandonar aquellas paredes. Y no es algo exclusivo del pasado. Cada poco tiempo salta en la prensa alguna noticia de castillos que muestran sus otros “encantos”. Ocurrió con los camareros de un restaurante situado en el castillo de Kronborg, en Helsingor, al norte de Copenhague (Dinamarca), quienes dijeron sentir varias presencias invisibles que los perseguían desde el verano de 2005. Velas que se encendían solas, puertas que se cerraban sin motivo, mesas que se colocaban en otro orden, botellas de vino que caían de las estanterías… Una parapsicóloga, Birgitte Graae, fue llamada para intentar echar a los molestos “entes”. El castillo real de Kronborg, de origen medieval, fue el lugar donde William Shakespeare desarrolló la historia de una de sus tragedias más célebres, Hamlet.
Jesús Callejo
(Contínúa la información en la revista ENIGMAS Nº 160)