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Hemeroteca :: Edición del 01/04/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 25/03/2009@14:32:41 GMT+1
Cada 15 de febrero, en una pequeña isla del Pacífico Sur, los aborígenes desfilan frente a un mástil en el que ondea la bandera norteamericana. Rememoran que hace tiempo un soldado de este país llamado John Frum bajó de los cielos. Afirman que llegará el día en que el esperado mesías cumpla su promesa, que su ansiado dios tecnológico regrese cargado de presentes…
Literalmente en nuestros antípodas se encuentra el archipiélago de las Nuevas Hébridas. Allí, ajeno a cualquier interés geoestratégico, un rosario de microsociedades isleñas pasó desapercibido durante siglos, inmune a cualquier influjo exterior. Mientras nuestro mundo se desempolvaba de todo rastro medieval, asistía al Renacimiento o a la Revolución Francesa y después a descubrimientos como la máquina de vapor o la penicilina, en este otro universo la historia era como una fábula que se repetía una y otra vez, transcurriendo de forma cíclica y sin sobresaltos, la misma que vivieron generaciones y generaciones de antepasados. Los espíritus, benefactores unos y maléficos otros, continuaban habitando en las montañas y farallones costeros mientras los jefes de la tribu, conferidos de maná, seguían impartiendo arbitrariamente su particular sentido de la justicia y los hechiceros administraban intransferibles poderes mágicos entre la población, la caza y el mundo vegetal.

Los hitos más importantes desde hace milenios tenían más que ver con años de buena cosecha, con una refriega tribal o con el espantoso e imprevisto rugir de un volcán. Sin embargo, un único suceso bastaría para trastocar aquella historia anclada en el eterno retorno. El simple encuentro con nuestro mundo supondría, en su devenir histórico, un acontecimiento que superaría en trascendencia cualquiera de las más sonadas conquistas sociales, culturales o científicas de Occidente.

Los primeros contactos entre los occidentales y los nativos de Melanesia se remontan a principios del XVII, cuando diferentes expedicionarios portugueses y españoles dan nombre a algunas de las islas y tratan, en la medida de sus posibilidades, de imponer la religión católica entre la población indígena. No obstante, la verdadera exploración isleña comenzaría a partir de la segunda mitad del XVIII, a cargo de prestigiosos marinos como Bougainville, o más tarde el insigne capitán Cook, quien se aventuró a través del ignoto archipiélago de las Nuevas Hébridas. Allí le aguardaban no pocos sobresaltos en inhóspitas islas que, según describían sus crónicas, parecían ser mundos aparte, con diferentes dialectos y costumbres, donde no faltaban los caníbales ni valían las recetas de integración. Los nativos podían responder a la visita amistosa o belicosamente. Una de aquellas islas llamó especialmente la atención de Cook al observar, a lo lejos y desde su navío, la fortuita erupción del volcán que hoy conocemos como Yasur. Desembarcó y, tras entablar amistad e intercambiar regalos y víveres, exploró el interior de la isla, bautizándola como Tanna y fundando la pequeña aldea de Port Resolution.

Con similares parámetros, la ocupación que experimentó Tanna se repetiría en otras islas de su entorno, y a partir de estos incipientes contactos, las Nuevas Hébridas servirían de escenario a una colonización irregular. Sin embargo, la condición laberíntica del archipiélago y la intricada topografía de las islas supusieron que algunas tribus, entre las que se encontraba Tanna, permanecieran relativamente inmunes a aquella influencia, desarraigadas del mundo occidental hasta bien entrado el siglo XX, conservando sus ancestrales modos de vida y creencias. Pero llegado un día, todo aquello habría de cambiar…

Gabriel Muñiz
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