Inquietantes petroglifos en la selva venezolana
Última actualización 25/03/2009@14:32:00 GMT+1
Pablo Novoa
En una remota aldea venezolana, escondidas en un abrigo rocoso en la cima de una montaña, unas misteriosas pinturas rupestres desafían la lógica del observador más avezado. Extraños animales, guerreros con largas túnicas, seres que parecen reflejarse en el agua… La contemplación de estas enigmáticas representaciones pictóricas hace volar la imaginación y plantea numerosas interrogantes. ¿Cuál es su origen? ¿Quiénes son sus protagonistas?
A primeros de febrero de 1982, Petra La Rosa, una aborigen de la etnia hiwi (guahibo) residente en la comunidad de Santa Rosalía de Agua Linda, en el Estado Amazonas, al sur de Venezuela, salió como muchos otros días a recoger frutos a una parcela situada a escasos kilómetros del poblado. Como siempre, distrajo su atención contemplando la enorme montaña de piedra en cuya base estaban ubicadas las tierras de labor de su marido.
Sin embargo, en esta ocasión, algo extraño le hizo dirigir su mirada hacia el farallón que asoma bajo la cumbre de la misma. Fue entonces cuando advirtió la presencia de un misterioso personaje, que le hacía señales con los brazos y cubría su cuerpo con una túnica blanca que le llegaba hasta los pies. Sobresaltada, la mujer salió precipitadamente en dirección a la aldea, pues era la primera vez en su vida que veía a un ser humano en la cima de la montaña.
Ya en el poblado, emocionada le contó a su yerno, Pedro Chipiaje, lo que había visto. Al día siguiente, éste, espoleado por la curiosidad, emprendió el ascenso a la gran pared de piedra, que los indígenas de la zona siempre han mirado con una mezcla de respeto y temor. Después de varias horas de caminata, abriéndose paso a través de la selva con su machete, accedió al farallón que, a lo largo de unos doscientos metros, se extendía justo bajo la cima de la montaña. El esfuerzo había merecido la pena. Su sorpresa fue mayúscula al advertir que miles de figurillas pintadas resaltaban en el escarpado muro. La contemplación de las mismas dejó atónito a nuestro protagonista que, debido a su inexperiencia, no asimiló la trascendencia del hallazgo.
Pese a que han transcurrido veintiséis años, Pedro Chipiaje, ahora de 51, me narraba lo sucedido con entusiasmo y todo lujo de detalles… En su compañía y la del investigador local Santiago Obispo decidí repetir la aventura y visitar la misteriosa montaña.