Las cuevas pirenaicas, su último paraíso en la Tierra
Última actualización 23/04/2009@08:37:49 GMT+1
Jorge Blaschke
En el siglo XII, los albigenses o cátaros representaban un movimiento que buscaba la purificación de la Iglesia de la época, a la cual consideraban sumida en la impureza y la corrupción. Los perfectos de Albi –como se les conocía– predicaban un sistema de vida que les entroncaba con los antiguos principios del bien y del mal, herencia del origen oriental de sus ideas, cercanas a los bogomilos. En “La Conspiración Sagrada” (Robinbook), Jorge Blaschke indaga en éstos y otros aspectos menos conocidos del catarismo, la misteriosa doctrina que encarnaba la pureza.
Muchos investigadores del catarismo creen que el Languedoc reunía, por sus condiciones orográficas, las cualidades necesarias para practicar rituales secretos en el interior de las cuevas que abundan a los pies de los Pirineos. En realidad, toda la zona está repleta de oquedades, en las que se pueden encontrar pinturas neolíticas de primitivos rituales realizados por los habitantes de aquellos tiempos. Las cuevas del sur de Francia posiblemente sirvieron de lugar de iniciación para ceremonias neolíticas y, más tarde, para las practicadas por sacerdotes druidas. Siglos después, las descubrieron los cátaros. Éstos utilizaron tales cavidades cuando tuvieron que huir y ocultarse de la terrible cruzada que se inició contra ellos. Muchas de estas grutas probablemente no han sido descubiertas, pues fueron sepultadas y derrumbadas. En algunos casos por causas naturales y, en otros, por los propios cruzados que pretendían exterminar a los que se habían refugiado en su interior.
Si algún lector ha recorrido esta parte del sur de Francia, habrá podido observar una gran cantidad de cuevas «incrustadas» en las montañas. Muchos investigadores del catarismo continúan buscando manuscritos, libros o el propio Grial entre el hormiguero de «grietas». De hecho, en la llamada ruta cátara se han hallado algunas con restos que evidencian la presencia de los «monjes-guerreros» en las mismas.
MENSAJES ESOTÉRICOS EN PIEDRAS Y ESTELAS
En las grutas de Montreal-de-Sos y de Belén, en Ornolac (l’Ariège), se pueden apreciar grabados que reproducen una lanza y gotas de sangre. En la pared de la segunda incluso es visible un pentágono: uno de los símbolos más utilizados por los cátaros. En el interior del citado pentágono se aprecia el grabado de un cráneo humano; a la izquierda, un dragón que vomita fuego y, a la derecha, un delfín. Mientras que el cetáceo podría ser la representación del bien, el dragón se referiría al mal.
Los cátaros dejaron un gran número de testimonios sobre su existencia en piedras, obeliscos y estelas. Muchas de estas esculturas se encuentran en cementerios y en caminos. La mayoría de ellas estaban abandonadas y en un pésimo estado de conservación cuando fueron encontradas. Sin embargo, poco a poco, fueron devueltas a su lugar de origen o ubicadas en terrenos relacionados de algún modo con los «perfectos» u «hombres puros».
De todas estas esculturas, las más destacadas son las estelas, especialmente las discoidales. Éstas no parecen representar cruces, ya que los cátaros no veneraban este símbolo. En su particular dogma, encarnaban el suplicio de Cristo, sobre quien tenían profundas dudas. Las estelas discoidales cátaras representaban otros valores, tal vez celestiales y terrenales. Su eje horizontal vendría a mostrar el desarrollo del ser, y el vertical una jerarquía de los grados de dicho ser.
Algunas de ellas pueden confundirse con cruces, como es el caso de la estela de Morenci, localizada a tres kilómetros del castillo de Montségur. En la convergencia de sus ejes horizontal y vertical, puede distinguirse un rostro que nos recuerda demasiado a esa especie de diablo baphomético, al que presuntamente adoraban los templarios. A la entrada de la localidad de Fanjeaux (Aude), encontramos otra estela que se asemeja mucho a la cruz de los templarios, y que muestra en su centro una mano abierta, posible símbolo de aquélla con la que los cátaros practicaban sus ritos de imposición. O también la representación del número cinco, que tuvo una importancia vital en el catarismo. Esta estela tiene una forma circular que, en su conjunto, evoca el disco solar. Los celtas, a través de sus sacerdotes –los druidas–, y al igual que los cátaros, veneraban al Sol como astro fundamental y motor de la vida.
En el cementerio del castillo de Saint-Paulet, en Lauragais (Haute-Garonne), se puede apreciar una estela discoidal en la que aparece grabada una estrella que se abre al firmamento en cuatro brazos, terminados en tres bolas cada uno; de manera que éstas suman doce en total. Se trata de uno de los símbolos más emblemáticos de Occitania.