Última actualización 24/04/2009@10:07:25 GMT+1
La cultura Chavín floreció en la parte noroccidental del Perú casi mil años antes de Cristo. Pero, ¿qué hizo que este pueblo abandonara la costa y se dirigiese a las inexploradas y prácticamente inaccesibles altas cumbres andinas para adorar a sus dioses? Ese misterio sigue vigente hoy en día…
Han pasado muchos años desde que Chavín de Huántar fuera dado a conocer al público europeo, de la mano de los magistrales documentales que a finales de los ochenta del pasado siglo realizara Fernando Jiménez del Oso. La pequeña población se sitúa a casi cuatro mil metros de altura, lugar ideal para estar más cerca de los apus, los dioses andinos que habitaban en las montañas, y cuya cultura en su tiempo asombró al mundo conocido. La admiración que despertaron se debía a factores diversos, partiendo del mismo enigma de su creación. Aquellos pescadores vivían en las ricas costas peruanas, que les mantenían surtidos de abundante comida durante el año, gracias a las corrientes marinas que bordeaban tierra firme. Un día, sin previo aviso ni aparente justificación, estas gentes cargaron todas sus pertenencias y se dirigieron hacia las inhóspitas cimas de los Andes, que se levantaban rasgando el velo de las nubes a sus espaldas. Allí únicamente les aguardaba sufrimiento, frío y falta de alimentos. Según cuentan las leyendas, que pasaron boca a boca de generación en generación, el pueblo chavín recibió un encargo divino. Del cielo bajó un rayo de luz que les ordenó que iniciaran el éxodo hacia las montañas, donde habrían de construir un templo para su adoración. Sin explicación, al menos lógica, el episodio supuso la primera piedra que habría de edificar una monumental cultura, la más avanzada de su época, adoradores de unos dioses muy extraños…
El inicio
Como todo viaje, éste también tiene un principio, revestido por una ilusión sin precedentes. Y es que ningún periplo es igual o parecido al anterior.
La llegada a Lima y los preparativos en sí ya son únicos. El viaje se antojaba duro. No en vano habíamos de ascender por carretera desde la capital peruana hasta las cumbres de los Andes del norte, allí donde la cordillera blanca de Huaraz se elevaba hasta los 6.500 m de altitud. Desde allí, y por pistas de montaña, nuestra meta final se situaba en Chavín de Huántar. Lo más sencillo, al menos en apariencia, era alquilar un todoterreno. El camino se complicaba a cada tramo ya que debíamos pasar puertos de montaña a casi 5.000 m de altura, atravesando la inexplorada puna, el desierto de las cumbres peruanas.
Los motores diésel se atoran una y otra vez, y los “petroleros” –vehículos de gasolina– lo pasan algo mejor. El turbo de los diésel no puede coger la suficiente presión por la falta de oxígeno, en lugares donde es imposible encender un mechero por la falta de éste. Tal fue el comienzo de nuestros problemas. Intentamos alquilar el 4x4 en las agencias con las que normalmente trabajamos, pero el resultado no pudo ser más desalentador. Nadie quería facilitarnos un vehículo para subir a esas cumbres, y mucho menos con destino a la ciudad de Chavín, conscientes del recorrido, y de que la población se halla al final de una pista de tierra y piedras infernales, con abismos de centenares de metros a cada lado. Las opciones se acabaron, viéndonos abocados a aceptar el ofrecimiento de un guía de montaña de Huaraz, Rodolfo, viejo compañero de andanzas –más que suficiente para que nos inspirara poca o ninguna confianza–. Rodolfo tenía, según él, un Toyota Land Cruiser. Así pues, con todas las dudas posibles, cerramos el trato: nos veríamos a las cuatro de la mañana en la puerta del limeño hotel Bolívar para iniciar el camino…
(Continúa la información en revista ENIGMAS 161)
Lorenzo Fernández Bueno y Juan José Revenga