best web analytics
Hemeroteca :: Edición del 01/05/2009 | Salir de la hemeroteca
2/27
Última actualización 24/04/2009@10:07:04 GMT+1
Las crónicas españolas del barroco recogen extraños sucesos que fueron catalogados como sobrenaturales. Entonces, el temor a las fuerzas de la oscuridad era irracional, casi una obsesión. Fue el tiempo de arrobos y éxtasis, monjas posesas y condenas por brujería y hechicería.
La superstición y la magia estaban muy arraigadas en la mente del español de los siglos XVI y XVII. En la Península, a las supersticiones de los pueblos primitivos, romanas y godas, se unieron las de judíos y moriscos, además de las milenarias del pueblo gitano, fundiéndose con el dogma católico y generando una religión que podríamos considerar paralela entre el pueblo, que continuó manteniéndola viva a pesar de la condena de la Iglesia.

En el siglo XVI se intensificaron las creencias de índole mágico-supersticiosa, cuya influencia parecía haber disminuido a finales del Medievo. A tal punto llegaba la pasión por lo heterodoxo que en marzo de 1582 el Inquisidor de Valladolid descubrió en la Universidad de la ciudad profesores que enseñaban magia, doctrina que ordenaban los Estatutos del centro. Un año después se prohibieron pero se permitió el trazado de horóscopos, práctica tan en boga entonces entre los grandes príncipes del Renacimiento, como Felipe II, Catalina de Médicis o Isabel I de Inglaterra.

Pero sería el siglo XVII, el del barroco por antonomasia, aquella España que veía el comienzo de su declive hegemónico bajo el cetro del cuarto Felipe, cuando la superstición alcanzaría un grado tal de inserción en la sociedad que en todos los estratos, desde el hombre más humilde al noble más laureado –salvo excepciones, que las hubo–, creían en la intervención de lo sobrenatural en sucesos de diversa índole e incluso en el devenir de la vida cotidiana. Para el historiador español José Deleito y Piñuela, autor del exhaustivo ensayo La vida religiosa española bajo el cuarto Felipe, este aumento desaforado de la superstición se erigió como caricatura “del ardiente misticismo y de la fiebre teológica que devoraron las almas en el siglo XVI”. La España de los Austrias sufrió grandes crisis de ideales y una relajación moral y en las costumbres propicias para desarrollar creencias supersticiosas, prácticas que alcanzaron a todos los campos: el pensamiento, las artes y las mismas costumbres.

Astrología, sortilegios y agüeros

Hechiceros, brujas, nigromantes y adivinos estaban a la orden del día y gentes de rancio abolengo creían a pies juntillas en sortilegios y agüeros, acudiendo a que les adivinasen el porvenir o a pedir ayuda para todo tipo de problemas: mal de amores, envidias, obtener éxito y dinero… Esta ciencia alcanzó tanta notoriedad que incluso algunos nobles se permitieron el lujo de tener astrólogo propio que elaborase su horóscopo personal. Se creía en el influjo de los astros sobre los hombres, los cuales nacían con buena o mala estrella, dependiendo del signo zodiacal que les influyese; existían días fastos, favorables para todo, y nefastos, adversos para aventurarse a realizar cualquier cosa.

Durante los siglos XV y XVI gozó de una gran popularidad la llamada astrología judiciaria, aquella aplicada a los pronósticos y que trataba de predecir acontecimientos futuros por medio de la posición e influencia de los cuerpos celestes. La astrología llegó a ser recomendada por las Cortes como un necesario complemento de la Medicina y se crearon cátedras de la misma en ciudades como Valencia. Pedro Ciruelo, teólogo y autor de un libro de gran importancia en la época de mayor auge de la brujería, Reprobación de las supersticiones y hechicerías (Alcalá de Henares, 1530), llegó a decir que “la astrología es ciencia verdadera, como la Filosofía Natural o la Medicina”, a pesar de condenar muchas prácticas supersticiosas en su obra.

No obstante, en 1585 el papa Sixto V prohibió su práctica a través de la bula Coeli et Terrae y desde el año 1612 los astrólogos fueron castigados con pena de destierro y galeras, además de obligados a abjurar de sus creencias. Si muchos, como el mismo Felipe II y sus sucesores, admiraban esta ciencia y creían en ella a pies juntillas, autores como Calderón de la Barca la condenaron abiertamente, en obras como El astrólogo fingido, pues el barroco fue siglo de profundos contrastes.

Además de los vaticinios de tipo astrológico, existían formas de adivinación tan extrañas como la spatulomancia o “adivinación por los huesos de la espalda”; la kefalenomanteia, “a través de la cabeza asada de un asno o un carnero”, y la onuxomanteia o “adivinación por las uñas manchadas de aceite”; además de las habituales a través de naipes o cartas, lectura de las manos –chiromancia y ahora quiromancia–, por los posos del café…
(Continúa la información en revista ENIGMAS 161)

Óscar Herradón
oscarherradon.wordpress.com
¿Te ha parecido interesante esta noticia?   Si (3)   No(0)
2/27
Comparte esta noticia  Compartir en Wikio Compartir en Del.icio.us Compartir en Digg Compartir en Technorati Compartir en Yahoo Compartir en Google Bookmarks Compartir en Fresqui Compartir en MySpace Compartir en Meneame compartir en Tuenti Compartir en Facebook compartir en Twitter

Comenta esta noticia



Normas de uso
  • Esta es la opinión de los internautas, no de Akasico.com
  • No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes.
  • La dirección de email solicitada en ningún caso será utilizada con fines comerciales.
  • Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.