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Hemeroteca :: Edición del 01/08/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 20/07/2009@09:21:47 GMT+1
En ocasiones la historia oficial deja zanjados, sin una explicación convincente, hechos de enorme controversia. Un ejemplo es el misterio que rodea a la cueva de la Punta del Este, situada en la isla cubana de La Juventud, con pinturas rupestres que implican un nivel de conocimientos superior al de sus hipotéticos autores. Esta nueva “Capilla Sixtina”, tal como la han catalogado algunos estudiosos, está plagada de círculos concéntricos y otras grafías extrañas que hacen pensar en un prodigioso dominio astronómico. De ser así, ¿quiénes fueron sus verdaderos artífices; cómo y cuándo llegaron a la isla?
Lejos de lo que pudiera pensarse, bajo la superficie terrestre cubana se extiende una tupida red de pasadizos y galerías. Provincias como Matanzas o Pinar del Río, por sus especiales condiciones y antigüedad geológicas, albergan en su interior grutas de gran valor natural que de un tiempo a esta parte fueron centro de atención de arqueólogos y antropólogos. Las investigaciones, durante el siglo XX, no hicieron más que seguir la pauta más ortodoxa, centrándose en corroborar la presencia indígena precolombina ya conocida. Sin embargo, nuevos hallazgos han sembrado de dudas aquellas teorías, indicios de la presencia de un nivel de civilización que no cuadraba en el marco cultural de los antiguos pobladores. Crípticos símbolos y pictografías circulares, piedras esféricas decoradas, restos arquitectónicos sumergidos, herramientas líticas, cartografías inexplicables; suficientes incógnitas como para plantearse una duda razonable.

Un calendario perfecto

La cueva de Punta del Este se encuentra en un extremo de la Isla de Los Pinos –rebautizada por la Revolución como Isla de La Juventud–, al oeste de Cuba. En un entorno tupido y pantanoso, a trasmano de cualquier interés estratégico colonial, la cueva permaneció inexplorada hasta tiempos recientes. Su abertura exterior, mimetizada entre la vegetación, apenas da idea de lo que esconde en su interior. Una vez traspasado el umbral, la galería parece ensancharse hasta adquirir escalofriantes dimensiones, donde la oscuridad gana la partida a la luz impidiendo apreciar los verdaderos límites cavernarios.

En sí misma, la estructura interior manifiesta un aspecto catedralicio a pequeña escala, con bóvedas a diferentes alturas, y salpicada por mágicas claraboyas naturales por donde penetra puntualmente la claridad. Pero es a medida que se acomoda la vista cuando la cueva despliega su verdadera magnificencia. La irregular techumbre exhibe una profusión de pinturas inimaginable, en su mayoría círculos policromados y sin relación aparente, como si hubieran surgido del recurrente capricho pictórico de sus habitantes.
(Continúa la información en ENIGMAS 164).

Gabriel Muñiz/Paisaje Humano
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