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Hemeroteca :: 01/08/2009
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Lorenzo Fernández Bueno
Última actualización 20/07/2009@09:45:21 GMT+1
Hace ahora 40 años, el 21 de julio de 1969, Neil Armstrong pisó por vez primera el satélite más antiguo, evocador y enigmático del planeta Tierra. Fueron miles de millones los que ese día, a través de las pantallas de televisores en blanco y negro que hacían “agua” cada tres segundos, observaron con incredulidad, apasionamiento y emoción cómo un hombre, un ser humano de la especie más genial y contradictoria que ha creado la madre naturaleza –o los dioses, que a éstos también hemos de atenderlos– pronunciaba una frase que permanece impresa en el inconsciente colectivo; pero que como de humana boca salía, fue pronunciada de manera errónea: “Un pequeño paso para el hombre, pero un gran paso para la humanidad” –debía de haber dicho “para un hombre”, porque de lo contrario resultaba reiterativo “el hombre” con “humanidad”–. Armstrong y Edwin “Buzz” Aldrin estuvieron durante horas “paseando” por la Luna, recogiendo muestras, tomando fotografías de la que hasta hoy ha sido la última gran aventura de la historia; vigilados por la atenta mirada de Michael Collins, que desde el interior del Apollo XI observaba, imagino que en lo más hondo de su ser ebrio de ira, pero obediente y tozudo como los pollinos que jamás se desvían nin un centímetro del camino –aunque éste culmine en un profundo abismo–, consciente de que su papel ese día, único y transcendente, era secundario, porque después de recorrer los 384.400 km que separan Tierra y Luna, no bajó con sus compañeros, y por ende no pudo cubrir sus inmaculadas botas de polvo lunar. Fue, qué duda cabe, la culminación de una carrera que, aunque después se repitió en diferentes ocasiones, ya no tuvo el eco de aquella jornada, porque la misión, pese a que el soviético Lunik 9 había alunizado tres años antes –pero sin tripulación–, cumplió con escrúpulo su objetivo primordial: que un semejante llegara allí donde nadie antes lo había hecho.

Aquellos que tuvieron la fortuna de verlo en directo, de creer o no creer en lo que sus ojos anonadados estaban contemplando, seguro que no olvidarán jamás lo que se encontraban haciendo, porque éstas son las contadas ocasiones que dan pie a que el recuerdo de un instante se perpertúe para siempre. Con este acontecimiento de dimensiones universales la Guerra Fría entró en fase terminal, y dio comienzo un nuevo anhelo; el siguiente paso; el sueño de cualquier astro/cosmo/taikonauta: llevar la bandera de la humanidad al planeta rojo. Y como ocurriera con Kennedy en aquel lejano 1961, al que nadie creyó cuando durante su discurso de investidura afirmó que en esa década llegarían al satélite terrestre, hoy el escepticismo es menor pero aún es difícil de asumir que en los próximos veinte años el hombre esté en disposición de llegar al planeta Marte. Así las cosas, éste es un buen punto para dar rienda suelta a una reflexión; porque sin pudor miramos a los cielos nocturnos, tachonados de estrellas, pensando que la conquista espacial se antoja difícil pero accesible, y evitamos mirar a las profundidades marinas de nuestro planeta azul, quien sabe si por miedo… o por ego. Porque ahí, a 30 metros o a 600 bajo las aguas, que de todo hay, se están descubriendo impresionantes estructuras sumergidas que nos hablan de un tiempo y de una humanidad de la que casi nada sabemos, y que, en cierto modo, de confirmarse la antigüedad de algunas de estas ciudades olvidadas, nos obligaría a cambiar la historia. Porque muchos milenios atrás sus calles también se iluminaron con los tonos azulados de esa misma Luna…

Lorenzo Fernández Bueno
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