Última actualización 20/07/2009@10:45:45 GMT+1
Normalmente, cuando se hace referencia a la presencia de extraños hombres “verdes”, a la mente nos vienen los green men de la mitología pagana celta que tan prolíficamente fueron representados en catedrales y abadías del gótico más recargado. Pero hay otros; y ésta es una de esas historias, tan romántica, como singular…
Los más conocidos son los que jalonan las paredes ocres de la mítica y ecléctica capilla de Rosslyn, a pocos kilómetros de Edimburgo. Lo cierto es que a día de hoy poco se sabe de su función, y menos aún por qué los maestros canteros de la Edad Media decidieron tallarlos, a modo de mensaje encriptado, en templos cuya finalidad distaba mucho del paganismo que éstos portaban. Sin embargo la historia que ahora traemos a colación nada tiene que ver con estas misteriosas figuras pétreas. Los niños verdes aparentemente existieron, y así quedó reflejada su presencia en las crónicas de la época; esa misma en la que se empezaba a dejar de lado a un beatífico románico, y se erigían a los cielos las imposibles bóvedas de crucería del gótico. Los investigadores británicos Lionel y Patricia Fanthorpe se sumergieron en uno de los casos más legendarios y singulares de todos los tiempos. Decían así: “La recogida de la cosecha en Woolpit en el siglo XII era un trabajo duro y monótono que los campesinos de la localidad tenían que realizar bajo el Sol abrasador con la única ayuda de sus hoces y guadañas. Entonces, los campesinos recibieron con agrado una inesperada y extraña diversión: un niño y una niña se dirigían caminando torpemente hacia ellos. No había nada extraño en esto; era frecuente ver a los niños en los campos de la Edad Media ayudando a sus padres en el trabajo, o llevándoles agua y comida. Pero estos niños eran verdes. Su piel, su pelo, sus ropas… todo en ellos era verde. Los campesinos dejaron de trabajar inmediatamente y rodeando a los niños decidieron llevarlos al pueblo y entregarlos a Sir Richard de Caine. Los niños verdes hablaban un idioma que nadie comprendía, pero por señas indicaron claramente que tenían hambre. Sir Richard y sus vasallos fueron amables y generosos con ellos, les ofrecieron todo tipo de manjares y bebidas, pero los niños no probaron bocado a pesar de que era obvio que estaban hambrientos.
(Continúa la información en ENIGMAS 164).