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Hemeroteca :: Edición del 01/09/2009 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 28/08/2009@11:02:14 GMT+1
Ocurrió un 14 de marzo de 1968, pero el recuerdo de aquel singular encuentro con lo inexplicable quedó para siempre grabado en la memoria de sus protagonistas. Uno de ellos, el piloto Francisco Andréu, rememoró para ENIGMAS aquel episodio que tuvo como escenario el espacio aéreo de Canarias y el del Sáhara español. Una luz desconocida les acompañó durante horas y el ejército investigó el caso.

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El 14 de marzo de 1968 la tripulación y el pasaje de un vuelo de la compañía Spantax, el IB371-372, que realizaba la ruta Gran Canaria-Villacisneros para Iberia, se topó con lo inexplicable, protagonizando un encuentro con OVNIs que se convertiría en el primer expediente X desclasificado por el Ejército del Aire, concretamente en septiembre de 1992. Las circunstancias quisieron que, a pesar de no haber sido el primer caso investigado y tratado como confidencial por los militares españoles en los años sesenta, sí fuese el primero en ser puesto a disposición de los interesados en la biblioteca del Ejército del Aire cuando en el otoño de 1992 se inició el proceso de desclasificación de sus archivos sobre OVNIs. Uno de los protagonistas de este caso, Francisco Andréu, el segundo piloto de aquel vuelo y hoy director de base de la Escuela de Pilotos de Tenerife, revivió el incidente para ENIGMAS.
Andréu, con larga experiencia como piloto, mantiene vivo el recuerdo del incidente con el Fokker 27 que copilotaba, sin dudar en sentenciar que “aquello sigue sin tener una explicación, debido a las velocidades de la luz, las maniobras que hacía y la duración de la observación”.
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El episodio arrancó sobre las 9 de la noche cuando el avión iba a tomar tierra en Villacisneros, contemplando en la maniobra de descenso a unos 2000 pies de altura una potente luminaria a la izquierda del avión y volando en paralelo. Fue Andréu quien informó al primero de a bordo, el comandante Andrés Ciudad Aldehurela, de la presencia de la luminaria, autorizando éste la pertinente consulta a la torre realizada por nuestro entrevistado. Los operarios del aeropuerto descartaron que se tratara de un tráfico instrumental reportado. En un momento determinado del descenso la luz que bajaba paralela al Spantax “realizó un giro de unos 65º ó 75º y ascendió a gran velocidad dejándonos atrás. Aquella maniobra fue realmente sorprendente, y determinante para que acortáramos nuestra protocolo de aterrizaje y tomáramos tierra de manera más rápida”, recuerda Andréu. Aquel incidente que se prolongaría unos 40 ó 50 segundos se habría quedado en una anécdota comentada con el personal de la torre, “que también hizo sus bromas” de no ser porque unos cincuenta minutos más tarde, al partir el vuelo de regreso a Gran Canaria, nuevamente la luz hizo acto de presencia. A los testigos les resultaba difícil precisar la forma de la luminaria, así como la distancia, dado que faltaban elementos de referencia en un entorno desierto como el de Villacisneros. No obstante, en Encuentros en Montaña Roja, el comandante Ciudad aseguraría a Juan José Benítez que “era como un gran disco luminoso. Blanco y con una luz muy fuerte”. No obstante, las implicaciones de este encuentro se revelarían como mucho más importantes y espectaculares.
“Esta vez fue la torre quien nos informó de que teníamos la luz a nuestro lado, es decir, que lo observaron primero desde tierra. Allí había, además del jefe del aeropuerto y el controlador, un oficial médico que con prismáticos estaba contemplando el fenómeno. Según nos comunicaron por radio, la luz había pasado sobre ellos y se había situado a unos tres kilómetros, por el acuartelamiento de la Legión, y allí parece ser que nos esperó”. Éste es uno de los datos más interesantes del caso, puesto que esa luz literalmente esperó a que el avión alcanzara en su despegue su altura para comenzar a moverse a su derecha y acompañarle durante la mayor parte del trayecto de regreso a Gran Canaria. “Realizó algunas maniobras desconcertantes, que incluso hoy difícilmente realizaría un aparato con nuestra tecnología. Ascendía a una velocidad vertiginosa y se situaba en nuestra vertical. Teníamos que pegar la cara al cristal para mirar hacia arriba y verlo, y, acto seguido, descendía por debajo del avión” explicó el piloto. La luminaria les acompañó durante todo el trayecto volando por encima de los 14.000 pies y a unos 425 km por hora, alternando esta maniobra. “Daba la impresión de estar dirigido, de conocer nuestro plan de vuelo y responder a criterios inteligentes, pero verdaderamente no tengo ni idea de lo que había detrás de aquel fenómeno”, aseguró Andréu.
El caso acaparó el interés de la prensa. El eco mediático fue de tal magnitud –afirmándose que había cundido el pánico y que la azafata se había desmayado– que el Ejército se vio obligado a emitir una nota explicativa, en la que dejaba claro que el avión y su pasaje no habían corrido ningún riesgo, “siendo preciso puntualizar que, en ningún momento, se produjo anormalidad en el vuelo ni la menor alarma a bordo del avión”, una nota que, curiosamente, no fue incluida en el expediente. Como estaba estipulado, se nombró un juez instructor y se recopiló la información disponible, aunque del total de 50 testigos con los que contaba el incidente se daría prioridad a las descripciones de la tripulación y también, tal y como recoge el expediente de 19 páginas, “a las personas con conocimientos aeronáuticos y de cultura elevada”. El informe apunta a la extrañeza del caso, descartando reflejos en la cabina aunque señalando la discrepancia en el color de la ­luminaria, blanco para la tripulación y naranja para testigos en tierra. La recogida de información se llevó a cabo de una manera cordial, apuntaría Andréu, aunque mas tarde “también nos recomendaron que si volvíamos a contemplar algo, no habláramos con la prensa, posiblemente por la repercusión que tuvo el incidente”.
En 1992 se desclasificó el informe del caso sin aportar explicación, aunque algunos investigadores habían intentado restar interés al mismo alegando que las descripciones podían encajar en la observación confusa de estrellas y en fenómenos ópticos concomitantes. Preguntado sobre ello, Andréu se mostró contundente: “quien quiera creer que fue una estrella es libre de hacerlo si eso le tranquiliza. Para mí, el comportamiento de aquella luz obedecía a una inteligencia; podía estar tripulado o dirigido, pero no era normal ni fruto de confusiones”. Tampoco es despreciable lo que comentaba en su declaración el Oficial de Tráfico de Servicio, Eusebio Moratilla, señalando que “la luz se fue perdiendo en la lejanía junto con el avión”, el apunte del Capitán Médico Hontanilla, con formación en astronomía, quien apreció movimiento, o la aportación en similares términos del Teniente Coronel López Iníguez. Autores como J. J. Benítez y Bruno Cardeñosa han señalado criterios que invalidarían la conclusión basada en una confusión astronómica, destacando la ­extrañeza de un incidente que coincidió con observaciones en la zona que no fueron investigadas en profundidad por el Ejército.
José Gregorio González
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  • El primer secreto desclasificado

    Últimos comentarios de los lectores (1)

    4004 | aaron - 05/09/2009 @ 23:11:51 (GMT+1)
    A mi me gusta mucho ano cero y enigma.
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