Orígenes, creencias y rituales de los “hombres-selva”
Última actualización 28/08/2009@10:23:28 GMT+1
Paco González
Recelan de antropólogos, misioneros y periodistas. Desconfían de los políticos y huyen de los garimpeiros, responsables directos de buena parte de sus desgracias. Su desconfianza hacia el hombre no refleja paranoia alguna, sino que se sustenta en una historia plagada de incomprensiones y turbios manejos. Con su supervivencia seriamente amenaza, asistiríamos a la desaparición de una de las etnias más misteriosas de Suramérica y, con ella, a sus mágicas creencias e impactantes rituales.
Paradójicamente, los yanomami –«la gente», en su dialecto– tal vez sean el pueblo aislado más conocido del planeta. Diseminados por una vasta área entre el sur de Venezuela y el norte de Brasil, estos seminómadas permanecieron ocultos hasta 1753, en que la Real Expedición de Límites –impulsada por el rey español Fernando VI– contactara accidentalmente con ellos. Quizá aquella experiencia con el hombre blanco ya les resultó traumática, porque desaparecieron sin dejar rastro. No fue hasta mediados del pasado siglo cuando los antropólogos redescubrieron a este pueblo, al que se daba por extinto, siendo en la actualidad el grupo étnico más numeroso del Amazonas.
Los yanomami pasaron por aquellas fechas a convertirse en un verdadero filón para los científicos. Su aislamiento, unido a ciertos rasgos genéticos –carecían del denominado factor Diego, un antígeno que se encuentra en otros pueblos mongoloides–, devino en lo que ahora algunos no dudan en calificar como tentativa de genocidio.
LA GENTE FEROZ
Patrick Tierney, periodista experto en indigenismo, escribió hace algunos años Oscuridad en El Dorado, obra en la que abordaba la conflictiva aproximación de la ciencia a esta etnia suramericana. En concreto, Tierney acusaba al célebre genetista James Neel y al antropólogo Napoleon Chagnon de connivencia en el agravamiento de una epidemia de sarampión, que acabó con la vida de decenas de yanomanis. Curiosamente, este periodista norteamericano comenzó a interesarse por dicha tribu cuando leyó un polémico libro: Yanomamis, la gente feroz.
Escrita en 1968 por Napoleon A. Chagnon, un joven antropólogo estadounidense, la obra ofrecía una descarnada descripción de los yanomamis como una tribu prehistórica, inclinada tanto a las venganzas individuales como a la belicosidad colectiva. Como rememora Tierney en un magnífico artículo publicado por The New Yorker, el joven Napoleon, tras pasar más de año y medio con una de las tribus, concluyó que vivían en un «estado de guerra crónica». Décadas después, tras varias expediciones a aldeas muy remotas, Chagnon se ratificó en su escasamente favorable opinión acerca de esta etnia, asegurando que no sólo recibió amenazas de muerte por parte de los indígenas, sino que sufrió una tentativa de asesinato. En apariencia, Chagnon tenía suficientes razones como para tildar a los yanomami de «gente feroz»…
Tierney, como otros muchos aficionados a la antropología, se tornó en admirador de Chagnon. De hecho, Yanomamis: la gente feroz, se convirtió en libro de cabecera de muchos etnólogos en la década de los sesenta. A lo largo de los siguientes treinta años, el antropólogo norteamericano, cada vez más respetado, continuó viajando a la Amazonia y difundiendo sus trabajos. En uno de ellos, publicado por Science, puede leerse que «los varones yanomami que asesinan tienen el doble de mujeres y el triple de hijos», concluyendo que, para estos indígenas, «una de las poblaciones mejor nutridas descritas por la literatura antropológica-médica», el acto de matar «confiere estatus social».