Última actualización 25/01/2010@11:07:55 GMT+1
Sólo hay que dar un paseo por las ruinas de las ciudades mayas que podemos encontrar en los manglares de Quintana Roo o en la selva de Chiapas para percibir que la gente que levantó estos templos y edificios fue diferente. Tanto como para cimentar una civilización que en apenas doscientos años se hizo garante de un conocimiento como nunca antes se ha visto –y pocas veces después–, eligiendo para ello el más inhóspito de los lugares; tan diferentes como para ser conocidos por los historiadores como los griegos de América, pese a que tuvieron la dificultad añadida de estar en el corazón de un infierno verde que no hacía distingos, y de no conocer la rueda –o la polea– con todo lo que de ello se derivaba; tan diferentes como para levantar ciudades-estado independientes unas de otras y aún así ser capaces de crear un imperio que perduró por mil años; por éstos y otros motivos, los mayas son la gran incógnita, porque poco es lo que se sabe de su procedencia, y menos aún de su repentina desaparición. Baste decir que cuando Madrid era una aldea en la que apenas habitaban dieciseis mil almas, al otro lado del Atlántico, en Chichén Itza vivían más de doscientas mil, con un nivel de avance que les permitía conocer “al dedillo” el movimiento de los astros, y con ello poseer un calendario tan perfecto que sólo en tiempos recientes ha podido ser ligeramente corregido.
Y pese a ello fue un pueblo supersticioso, asido a unas creencias que hoy no podríamos comprender; tan antagónico como para reflejar en el número de escalones de la gran pirámide de Chichén los días exactos del año –91 por cada cara y uno que culmina la misma– y a la vez utilizarla para que los cuerpos decapitados –y descorazonados– de los sacrificados descendieran dando tumbos desde la cumbre hasta la base, allí donde la cabeza del gran Kuculcán aguardaba la llegada del solsticio de primavera para hacerse presente y bajar de nuevo a su casa terrena. Y es precisamente en sus mitos, en lo que ellos sentían como creencia, donde más enigmas podemos encontrar. Porque lejos de la profecía de 2012 –cuya realidad pudimos constatar llegando hasta la estela que en mitad de la selva mantiene grabado su mensaje desde hace cientos de años–, el pueblo maya esconde insondables misterios mucho más interesantes; porque sus dioses eran demasiado humanos física y carnalmente; porque imbuidos por una fe desbordante crearon su pequeño mundo en un lugar poco apto para la vida; porque, quién sabe si buscando esconder un secreto, o protegerse de esos mismos dioses, se protegieron por el manto natural de la selva, cuando más allá de ésta había lugares más amables para crear una civilización; porque cuando desaparecieron, en las ciudades no se encontraron cadáveres, ni restos óseos, ni cementerios, allí donde habitaron cientos de miles de personas; porque se fueron sin dejar rastro como poco es el rastro que hay de su llegada a ese mundo. Ahí radica el verdadero enigma maya, no en si en 2012 nos iremos a la mierda, o en si sobrevivirá únicamente un grupo de aguerridos norteamericanos, o si la montaña más alta de la Tierra después del apocalipsis estará en Tanzania. Eso para, los herederos actuales del conocimiento maya, no son más que zarandajas; y mientras sonríen ante nuestra inexplicable ansia por destruirlo todo, ellos, como ya hicieron sus antepasados, aguardan la llegada de Kuculcán, de Chac, o de Hunab Ku para de nuevo, junto a éstos, marchar a la casa de los dioses…
Lorenzo Fernández Bueno