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Hemeroteca :: Edición del 01/02/2010 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 25/01/2010@11:10:36 GMT+1
Un místico loco y analfabeto, depravado y manipulador, llegó a regir los destinos de Rusia durante el primer cuarto del siglo XX. Su nombre: Rasputín. Su carta de presentación: el supuesto poder sanador de sus oraciones. Su condena: la muerte a manos de un príncipe que trató de devolver la cordura a una corte dominada por las fuerzas malignas. Pero, ¿sucedió así realmente? ¿Quién ordenó el asesinato de Rasputín?
El 8 de diciembre de 1916, la Unión de los Pueblos de Rusia encabezaba así una de sus resoluciones: “El Gobierno, convertido ahora en un instrumento de las fuerzas oscuras, está llevando a Rusia a su ruina y destruyendo el trono imperial. En esta hora decisiva, el país reclama un gobierno digno de este gran pueblo. ¡No hay un día que perder!”.

La clave de ese mensaje se hallaba en la expresión “fuerzas oscuras”, un código que identificaba sin lugar a dudas a Grigori Yefímovich Rasputín (¿1872?-1916). Pero, ¿quién fue este extraño personaje, que se hacía pasar por la “encarnación divina” y recorría los caminos invitando a sus semejantes a que pecaran sin tregua?
Quienes tuvieron la oportunidad –o la desdicha– de tratarlo en sus años de máximo esplendor, reconocían la irresistible fuerza que ­desprendían sus ojos y la hipnótica sugestión de su voz, capaces de doblegar la voluntad del más fuerte. Era un taumaturgo sin escrúpulos, que había medrado reptando por las cloacas del poder. Pero, ¿acaso alguien hubiera apostado por su ascenso de haberlo conocido en sus primeros años, cuando se orinaba en los pantalones por el temor que le suscitaba su padre?
Alcohol y palizas
Rasputín se crió en un ambiente de alcohol y palizas. De su infancia y adolescencia, sólo es posible entresacar historias crueles y adornadas de un sádico patetismo, como aquella que se refiere a la pérdida de su virginidad.

Según explica Alejandra Vallejo-Nájera en Locos de la historia (La Esfera de los Libros, 2006), “parece ser que la esposa de un general ya anciano, aburrida del marido y obsesionada por la mirada aguamarina y juvenil del muchacho, decide instruirle en las artes del goce ­corporal”. Ayudada por seis de sus criadas, la mujer se precipitó sobre él en su dormitorio; y juntas lo devoraron como una manada de lobas, sin que el joven, a la sazón de dieciséis años, experimentara goce alguno.

La sexualidad más atormentada será, a partir de entonces, el rasgo principal de una naturaleza hostil, misógina y profundamente narcisista. Años después, e instalado ya en San Petersburgo –ciudad a la que llegaría en 1903, precedido de su fama de sanador místico–, se consagrará a todo tipo de excesos libidinosos. En Los archivos secretos de Rasputín (Ares y Mares, 2003), Edvard Radzinsky expone que un periodista entró un día en la casa del monje, y se lo topó tras un biombo, golpeando a una dama: “Ella sujetaba su miembro mientras gritaba: ‘¡Eres Dios!’. Me abalancé sobre él: ‘¡Qué haces, estás pegando a una mujer!’. Y Rasputín respondió: ‘¡No quiere dejarme en paz, la zorra, y exige pecado!’. Lotjina, escondiéndose tras el biombo, gemía: ‘¡Soy tu oveja y tú eres Cristo!’”.
(Continúa información en revista ENIGMAS 170).

Alberto De Frutos
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