Última actualización 23/02/2010@08:05:19 GMT+1
Saben, a veces tengo la sensación de que minusvaloramos nuestro pasado, simplemente porque hemos tenido, imagino que la fortuna, de nacer en el “siglo de la mutación”. Dicho así suena raro, pero tal cosa parece al comprobar que en los últimos cien años la humanidad –al menos la primermundista– ha avanzado, en apariencia, más de lo que lo ha hecho en los últimos doscientos veinte mil años, cuando el primer neandertal evolucionó hacia el viejo continente. Y es que más allá de cinco mil años vista, cuando surgen las primeras ciudades abanderadas –en la ocre Babilonia– por Ur, la imagen que tenemos, posiblemente porque la historiografía oficial es la que nos ha transmitido de manera más o menos torticera, es que la prehistoria del hombre está dirigida por animales, bárbaros personajes que apenas si sabían comunicarse entre ellos y que salvo cazar, comer, reproducirse o encender el fuego, pocas más motivaciones o inquietudes tenían. Eso es lo que grosso modo intuimos, pero, grosso modo, es incorrecto. Baste el ejemplo de los estudios que tiempo atrás se realizaron analizando los estratos del mítico lago Titicaca, en el altiplano boliviano –aunque haya una parte peruana–, cuyo nivel de aguas es mucho más bajo que el que debía de tener cuando se erigió la gigantesca –por grande y por proporciones– ciudad de Tiahuanaco; ya saben, allí donde descendió el primer Viracocha y donde se encuentra la célebre Puerta de las Estrellas. Pues bien, estos estudios, que buscaban el paralelismo entre ese descenso del Titicaca y la erección de la fantástica ciudad, concluyeron que “probablemente” habría que remontar un poquitín más la fecha oficial en la que se empezó a levantar el primer “supermuro” de Tiahuanaco, unos 3.500 años atrás, porque la datación obligaba a montarnos nuevamente en la máquina del tiempo y retroceder aproximadamente diez milenios más.
Decir que Tiahuanaco pudiera tener entre diez y quince mil años es una aberración histórica, pero a pesar de ello, los datos están ahí. Lo mismo que la defensa a ultranza que, entre otros, el escritor egipcio Robert Bauval hace de unos análisis similares que años atrás se efectuaron sobre los flancos de la Esfinge de Gizeh; el sorprendente resultado planteaba dos tesis: o debiéramos de reubicar en la historia a la cultura egipcia, remontándola al diez mil antes de Cristo, o las personas que erigieron el impresionante monumento, no eran egipcios; se trataría de una humanidad de la que, como ya he comentado en otras ocasiones, no guardamos memoria histórica, no sabemos quiénes pudieron ser, pero sí que poseyeron un conocimiento muy superior al estimado, y los vestigios de ese saber permanecen ocultos en diferentes partes del mundo.
Así las cosas, si alguien custodia parte de esos secretos en sus interminales archivos, ese es el Vaticano, institución a la que regresamos este mes –siempre con el mayor de los respetos– para hacer un análisis minucioso de “la otra Santa Sede”, de lo que muchos artistas de tiempo pasados, grandes “manejadores” de saberes arcanos y paganos, dejaron ocultos en las obras que jalonan las dependencias vaticanas. Otro conocimiento prohibido, pero qué duda cabe que mágico, y como el Vaticano en definitiva está en manos de hombres a los que Dios ha dado la facultad de ser conscientes de que hay un instante final, por éstos y otros motivos acudieron a esa magia pagana, tan arcaica como queramos pensar, para, como los artistas de las cuevas rupestres, crear esa “simpatía” que les librara de la oscuridad en la que, como la luz, estamos obligados a creer…
Lorenzo Fernández Bueno