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Códigos secretos del Vaticano
A lo largo de los siglos, destacadas figuras de la jerarquía eclesiástica, pontífices incluidos, manifestaron un llamativo interés por doctrinas y creencias como la astrología, la magia o la alquimia. Unas inquietudes que, por extraño que pueda parecer, no siempre implicaban un coqueteo con la herejía…
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A comienzos de este año, una editorial belga anunciaba la publicación de un lujoso tomo con reproducciones de ciento cinco documentos extraídos de los Archivos Secretos Vaticanos, diecinueve de ellos inéditos, que consiguió atraer la atención de no pocos medios internacionales; una magnífica muestra de la fascinación que genera todo lo que sucede dentro de las fronteras del Estado más pequeño del mundo. Un rápido vistazo a librerías nos permite comprobar que, en las últimas décadas, un sinfín de títulos han abordado, con mayor o menor fortuna, temas tan variopintos como la traición a los templarios, la persecución a figuras como Giordano Bruno y Galileo o, más recientemente, el supuesto asesinato de Juan Pablo I, la relación de la banca vaticana con la mafia italiana o la infiltración de una logia pseudomasónica –Propaganda Due– en el seno de la misma Iglesia.
En medio de este auténtico boom sobre los llamados “secretos vaticanos” llama la atención la ausencia casi total de trabajos sobre una cuestión que cuenta con una base histórica y documental bastante sólida: el interés que mostraron obispos, cardenales, pontífices y otros miembros de la curia por ciertas doctrinas herméticas. Estas prácticas incluyen “disciplinas tan variadas como la adivinación, la magia, la astrología o la alquimia y, en función del momento en que fueron practicadas, se hallaron dentro de la ortodoxia cristiana o, por el contrario, rozando la herejía.
Gerberto, el Papa mago
En el año 999, con el calendario a punto de alcanzar los “terrores del año mil”, un clérigo francés, hasta entonces arzobispo de Rávena, accedía al trono pontificio. Su nombre era Gerberto de Aurillac, aunque pasaría a la historia como Silvestre II. El nuevo papa había nacido en el año 946 en la Auvernia francesa, y con apenas diecisiete años inició su vida religiosa en el monasterio de Saint Gerald. La casualidad quiso que el entonces conde de Barcelona, Borrell II, visitara el recinto monástico en aquellos años, y el joven Gerberto terminó acompañándolo en su regreso a casa para completar sus estudios de matemáticas junto al obispo de Vic. La notable inteligencia del muchacho llamó la atención del prelado y lo llevó en el año 970 a Roma, donde el papa Juan XIII le presentó al emperador Otón II. A partir de ahí su carrera fue fulgurante. Primero fue profesor en Reims, más tarde abad del monasterio de Bobbio, arzobispo de Rávena y finalmente pontífice. (Continúa la información en revista ENIGMAS Nº 172).
Javier García Blanco
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