Última actualización 17/03/2011@12:46:48 GMT+1
Una terrible tormenta asolaba los campos haitianos aquella noche del verano de 1795. Estamos en Bosque Caimán, en la zona de las plantaciones más importantes de la isla. Y lo que allí ocurrió, cambió la historia del mundo. Boukman, un terrible hechicero capturado en lo más recóndito de las costas de la actual Benin, celebraba una ceremonia vudú con cientos de asistentes. Los testigos blancos que vieron aquello escondidos entre los árboles calificaron aquella ceremonia como terrorífica: las mujeres bailaban como poseídas bajo los ritmos de tambores africanos, esos sonidos que las acercaban a sus dioses y ancestros. Comenzaron los sacrificios de animales y la sangre corría por los cuerpos de los acólitos, era el principio del fin –al menos así lo declaraba Boukman–, el renacer de la libertad de los negros, una revolución y el comienzo de la lucha por la independencia. Lo que no sabía aquel viejo hechicero es que el terror que comenzaba alcanzaría nuestros días y con unas consecuencias que no podía imaginar…
La revolución
Fueron años de sangrientas luchas, centenares de hombres fallecían, los dueños de las plantaciones morían por enfermedades que ningún médico sabía diagnosticar. En aquella época, Napoleón, emperador de Francia, envío a sus mejores hombres a luchar en Haití para mantener la colonia. Cada batalla suponía una masacre. Los detenidos eran torturados y asesinados brutalmente, algo que ocurría en los dos bandos… Pero aquella carnicería no sirvió para nada. La independencia se consiguió a un precio incalculable tanto en vidas como en sufrimiento.
Ejemplo del grado de crueldad vivida en estos años es el hecho de que escribieron su declaración de independencia en un pergamino hecho con piel humana, una bayoneta como pluma y la sangre de un general francés como tinta. El terror sólo acababa de empezar.
Los dictadores se sucedían uno tras otro. Se proclamaban emperadores de la isla y se llevaban la riqueza que allí quedaba. El pueblo, cada vez más sumidos en la miseria, se preguntaba qué habían ganado tras aquellos años de lucha a muerte por una libertad que sólo les había traído desgracias e incluso más hambre de la que ya tenían con sus amos blancos… Pero a esto debíamos añadirle algo aún peor: el temor religioso.
Incluso padecieron un invasión de los florecientes marines americanos en su primer intento por hacerse con el control de la estratégica isla, en 1915. El intento de invasión fracasó. Los soldados se enfrentaban a un enemigo invisible. Allí se acuñó una famosa frase, aún vigente en nuestros días: “si no tenemos la iniciativa, estamos perdidos”. Estados Unidos aguantó lo que le fue posible, vaciando lo que le quedaba a aquella despensa caribeña… hasta que llego alguien peor, y con menos escrúpulos.
22 de Octubre de 1957. Francois Duvalier, “Papa Doc”, sube al poder en Haití, aceptado en principio por los norteamericanos como uno de sus our boys. Se trataba de un presidente puesto en beneficio suyo. Sin embargo, no tardaron en darse cuenta de que aquello no funcionaría de la manera que esperaban. Duvalier era un iniciado en el vudú, una creencia de los esclavos africanos que nadie tomaba en serio. Pero el propio Duvalier se encargó de que aquello fuese temido. Instauró como religión oficial el vudú, la religión mas antigua del mundo, y trajo un ejército de brujos y hechiceros desde lo más profundo del África negra para instaurar el imperio de miedo y terror con el que gobernaría la isla.
Esta dictadura hizo que los norteamericanos poco a poco fuesen retirando su apoyo al presidente electo y se apartaran de él. No era algo que le importara mucho. La isla estaba cada día más bajo su control. Su policía política, los tomton macuttes, traducido literalmente como los hombres del saco, podían entrar en cuanquier casa de noche y hacer desaparecer para siempre a sus habitantes. Duvalier firmó más de doscientas mil sentencias de muerte durante la dictadura, y al morir dejó el poder en manos de su hijo Jean Claude, un personaje incluso peor. No tenía el carisma de su enigmático padre y mantuvo el poder con sangre y sacrificios.
Cada gobierno más pernicioso y nuevas invasiones americanas para pacificar el caos, como la de 1991, fueron la tónica de un país que se amarraba a falsas democracias montadas de manera que pareciesen reales. Así, el primer mundo les enviaba ayuda sin acusarles de dictadores. Y fueron pasando los años, cada vez más duros, hasta que llegó el terremoto. (Continúa la información en ENIGMAS 172).
Juan José Revenga