Última actualización 22/04/2010@11:55:17 GMT+1
Según se aproxima el 12 de diciembre de 2012, fecha en la que numerosos videntes, astrólogos, médiums y cartomantes han datado el fin de los tiempos, no está de más hacer un repaso por las grandes meteduras de pata que, a lo largo de los siglos, se han ido augurando. En ese error han caído desde Padres de la Iglesia hasta científicos de la talla de Isaac Newton o eminentes descubridores como Cristobal Colón. Veamos…
El poeta persa Anawari fue uno de los primeros casos registrados por la historia en los que al fallido augur no se le echó a las llamas por haberse equivocado cuando hasta entonces solía ser lo normal. De hecho, entre los antiguos judíos, la muerte por lapidación era la pena a la que se condenaba a los falsos profetas que aún habiendo acertado otras predicciones, hubieran fallado una sola. Apoyándose en unos estudios astrológicos que hablaban de un agrupamiento de cinco planetas en la constelación de Libra, el escritor iraní apuntó el 16 de septiembre de 1186 como la fecha del día final. Y falló…
En nuestra cultura occidental cristiana, uno de los primeros en patinar fue san Clemente. Aseguraba a quien le quería oír que el mundo finalizaría antes de que llegara el siglo II. Juan de Toledo, en 1179, predijo el fin del mundo para 1186, fecha de una alineación planetaria muy especial. Tan especial que no pasó nada. Como tampoco pasó en 1205 cuando, supuestamente, el rey Ricardo Corazón de León tendría que enfrentarse al Anticristo y vencerle.
La vidente madre Shelton predijo en 1481 el fin del mundo para 1881 con una cuarteta al estilo Nostradamus, y el famoso y respetado astrólogo alemán Johannes Stoeffer, profesor de la Universidad de Tubinga, publicó unas Ephemerides en 1499 augurando que el 20 de febrero de 1524 sería el fin del mundo, motivado por la reunión de los planetas en el signo de Piscis. La gente se lo tomó en serio y los ricos comenzaron a construir arcas tipo Noé siguiendo el modelo que describe la Biblia. Incluso algunos teólogos de esa universidad discutieron en torno a la obligación moral que tenían los dueños de las embarcaciones de admitir a los que carecían de ellas. Lo curioso es que el 19 de ese mes, el día anterior a la fecha fatídica, coincidió con una gran tormenta que provocó graves inundaciones. Cundió el pánico, la gente asaltó los barcos y algunos naufragaron por el exceso de pasaje pero, tras 24 horas de angustia, el 21 volvió a brillar el Sol.
Isaac Newton, el descubridor de la Ley de la Gravedad, creyó que el apocalipsis ocurriría en 1715, aunque luego cambió la fecha por 1766. Según la lista compuesta por el investigador y periodista Salvador Freixedo, el profesor de geografía astronómica de la Universidad de Cambridge, William Whiston, amigo de Newton, anunció solemnemente desde su cátedra que en la madrugada del 14 de febrero de ese año de 1736 aparecería una cometa y que, en tres días, el mundo desaparecería devorado por las llamas y los terremotos. Hombre de ciencia al fin y al cabo, a la hora anunciada se dejó ver por primera vez la impresionante cola del cometa Halley. Los bancos no abrieron sus puertas y hubo una paralización general en todo Londres. Sin embargo, las autoridades eclesiásticas, en un rasgo de lucidez, se negaron a abrir las puertas de la catedral de Westminster para la “plegaria final”. Finalmente, pasó el aciago día sin novedad y Whiston simplemente se disculpó diciendo que había hecho mal los cálculos. Eso sí, la falsa profecía le costó la cátedra.
(Continúa la información en revista ENIGMAS 173).
Jaime Barrientos