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Hemeroteca :: Edición del 01/05/2010 | Salir de la hemeroteca
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Última actualización 26/04/2010@09:30:19 GMT+1
El Monte Rainier, en el Estado de Washington (Estados Unidos), es el origen de numerosos mitos y leyendas, así como también de la historia moderna del fenómeno OVNI. Hasta allí se desplazó Bruno Cardeñosa, director de Historia de Iberia Vieja y presentador de “La Rosa de los Vientos”. Este es el relato de un viaje inolvidable en busca de los orígenes…
Viajar se viaja así. A tumba abierta. Sin planes. Sin previsiones. Dejando que el destino te salve la vida. Y que te depare las sorpresas que estén escritas. Aquel 15 de agosto de 2008 quedó demostrado que así debe ser. Veníamos de conocer en las jornadas anteriores algunos lugares de esos que estaban en nuestras retinas y recuerdos. Pisar Twin Peaks –de nombre real North Bend– y Roslyn –la localidad alaskiana en la que se creó Doctor en Alaska–, era para ambos casi un sueño hecho realidad.

Después tocó parada en Everet, unos kilómetros al norte de Seattle, la capital de Washington. Allí asistimos junto a los ingenieros de la Boeing a un picnic al más puro estilo norteamericano… Pero sin tiempo para el café, María arrancó el Pontiac en el cual cubrimos durante aquellas semanas casi 5.000 millas entre Estados Unidos y Canadá. Y lo hicimos rápido, porque el destino que nos esperaba era el más ansiado por cualquier perseguidor de OVNIs. Y uno lo es: a mucha honra.

Camino de la meca OVNI

Me refiero al monte Rainier. Allí, un 24 de junio de 1947, la historia de la ufología echó a rodar. Aquel día, un piloto civil sobrevolaba el lugar en su avioneta: “Kenneth Arnold informó hoy haber observado nueve objetos brillantes en forma de platillo que volaban a una velocidad increíble, entre el monte Rainier y el monte Adams”. Aquella nota de la agencia Associated Press dio la vuelta al mundo. Al día siguiente, en medio planeta se hablaba ya de los enigmáticos “platillos volantes” de Estados Unidos. Aquella fecha y aquella observación –y poco importa la imprecisión de la información, como más adelante explicaré– pasó a ser considerada el inicio de la era moderna de la ufología.

A medida que las montañas empezaban a empinarse y nos acercamos a la meca, a nuestra meca, primero en Eatonville, y después de Alder y Elbe, los moteles ya no sólo escaseaban, sino que las localidades eran mucho menos notables que la letra negrita con la que aparecían en el mapa, que a aquellas alturas de viaje estaba ya cuarteado, marcado, sobado… Aquella empezaba a ser la América profunda. La de los caballos, la de los hippies viviendo en viejas caravanas al pie de una carretera, la de las gasolineras setenteras, la de los jeeps ruidosos y destartalados, la de los vaqueros mascando ­tabaco…
Y a esas horas –más de las diez de la noche, que para los americanos es casi la madrugada– el parque nacional dentro del cual se encuentra el Rainier estaba cerrado. Así que había que descartar la idea de pasar la noche en los bosques de cedros que se extienden a los pies de la montaña. Ya que hablo de cedros; si alguien que lee estas notas de viaje acude por aquel lugar, sólo encontrará un cosa más sobrecogedora que pisar Rainier: tocar la madera de los más gigantes árboles –con permiso de las secuoyas, o sin él, porque son idénticos en su tamaño aunque no tanto en su fama– que ha generado la naturaleza, con cien metros de altura y más de diez de diámetro en la base. Algunos tienen dos mil años de edad y se encuentran en las faldas de este monte, así como en la contigua península Olimpyc. No hay nada vivo tan grande en la naturaleza.

Todo apuntaba a que la pasaríamos dentro del coche en aquellas carreterillas perdidas de la mano de Dios, en un entorno que para nada se asemejaba al que uno puede esperar del país más importante del mundo. Pero ojo, porque eso es lo que daba magia a un lugar en el cual, por ejemplo, las apariciones del big foot se contaban por decenas y los casos de “no identificados” por cientos. Una zona en la cual los indios yakima –cuya enorme reserva, más bien un reducto en el que los nativos han sido recluidos, se encuentra en las proximidades– dejaron en sus tradiciones apuntes sobre la presencia de espíritus de la naturaleza que protegen al lugar de la perniciosa actividad humana. No lo consiguieron, o sí lo hicieron por lo menos hasta 1792, cuando el primer blanco, un europeo, el capitán Vancouver, vio de cerca “la madre de las aguas”, porque así llamaban los indios a esta mole pétrea. Ya en 1833, siguiendo lo que señalaban las tradiciones nativas, el doctor William Fraser exploró el lugar en busca de plantas medicinales. Y cinco años después, el alpinista John Muir se convirtió en el primero en pisar la cumbre de este estrato que entró en erupción en media docena de ocasiones durante el XIX. De sus rugidos no se sabe nada desde 1894, pero el día en que empiece a escupir lava, la vida de las 150.000 personas podría correr riesgo.

Noche en Rainier

A falta de 6 millas para que la carretera llegara a su fin nocturno, en el término de Ashford, unas luces a la derecha de la carretera nos invitaron a detenernos. Y qué demonios: aquellas luces pertenecían al motel más asombroso de cuantos existen en la Tierra. No es una exageración. Válgame Dios que no lo es. Se trataba de un tren que se encontraba detenido sobre unas vías férreas que partían de ningún lugar y que conducían a otro idéntico. Hacía décadas, las vías que recorrían aquellos lares quedaron inutilizadas para siempre; las autoridades decidieron dejar los vagones allí, oxidándose en espera de que alguien se encargara de ellos. Nadie lo hizo hasta que en los ochenta, según nos contó su propio hijo, una mujer decidió reconvertir aquel legado de hierro en algo diferente. Y así, trasformó el vagón mayor en un restaurante, aprovechando las sillas de los pasajeros como las sillas para las mesas. El contiguo lo adornó para convertirlo en pub –ahí recalamos, para llenar el estómago y leer el periódico local, el Road to Rainier, de periodicidad… ¡semestral!– y los otros seis restantes, en tiempos coches-cama, los acondicionó, cada uno, como una habitación.

Pocas noches tan estrellada como aquella. Pocas noches tan sorprendentes como la que el destino nos deparó. Con las primeras luces del 16 de agosto, cuando salimos al exterior, apareció majestuoso, nevado, nevado hasta sus faldas pese al calor reinante, el monte Rainier, el mayor sotovolcán del continente. Imponente: era la meca del fenómeno OVNI y una de las reservas naturales más sorprendentes del planeta, la montaña con más glaciares del país –24 lenguas de hielo milenario– y el pico más elevado de las Cascadas, la cadena montañosa más relevante del noroeste del país.
(Continúa la información en ENIGMAS 173).

Bruno Cardeñosa
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